Sesgos, pruebas e hipótesis: la investigación policial explicada por un fiscal
Félix Martín analiza los pasos que sigue la policía en un proceso de investigación

La investigación policial explicada por un fiscal
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Hoy analizamos con Félix Martín una investigación policial. Cuando pensamos en ello, imaginamos una pista brillante, un agente muy listo, una intuición que, de pronto, lo cambia todo. Pero la realidad no se parece a eso. Una investigación buena no es la que tiene una intuición brillante, sino la que tiene un método serio para no caer en una intuición equivocada. Una idea muy diferente de lo que resulta de las series y películas en general. El gran enemigo de una investigación no siempre está fuera, muchas veces está dentro y tiene nombre: sesgo. En el sentido de creer demasiado pronto que ya sabes lo que ha pasado. Esto es peligroso porque en ese momento dejas de investigar y empiezas a confirmar. En este sentido la experiencia importa mucho, ya que te permite formular hipótesis razonables. El problema empieza cuando conviertes una hipótesis en una conclusión antes de tiempo, entonces ocurre algo muy humano: empiezas a mirar la realidad no para entenderla, sino para encajarla en la idea que ya tenías.
Un ejemplo claro de esto sería un caso en el que aparece un hombre muerto en el garaje de su casa por la mañana. No falta la cartera, ni el reloj, ni el coche. Entonces alguien dice: 'esto no es un robo'. Puede ser una deducción razonable, pero sigue siendo solo una hipótesis. Porque, si a partir de ahí, ya dejas de trabajar la línea del robo, o de una agresión circunstancial, o de un tercero desconocido, entonces no estás investigando: estás seleccionando la realidad. Imagina que ese día la víctima llevaba un lápiz de memoria con información muy valiosa y el autor lo sabía y le mató por eso. Es un robo, aunque no lo parezca. Una investigación seria no funciona así, no consiste en enamorarte de una explicación sino en obligarte a contrastarla.
Enamorarte de una explicación
Esto ocurre mucho. A veces incluso con buena intención, hay algo más peligroso que la mala fe: querer resolver pronto, querer proteger a una víctima, querer dar sentido rápido a un hecho muy grave. Precisamente por eso hace falta método, porque los prejuicios más peligrosos no siempre son hostiles. A veces son prejuicios bien intencionados. Tendemos a pensar en prejuicio como algo malo en lo moral y en este caso son más bien una trampa mental. Por ejemplo: pensar 'una viuda que llora desconsoladamente no puede estar fingiendo'. O al revés: 'alguien demasiado frío tiene que ocultar algo'. O 'si ha cambiado su versión, miente'. O 'si no pidió ayuda antes, entonces su relato no es creíble' .Todo eso son atajos mentales.
La primera gran regla de una investigación policial bien hecha
Esta regla es muy sencilla de formular y muy difícil de cumplir: no dar nada por sentado. Ni la primera impresión, ni la explicación más intuitiva. Ni siquiera la hipótesis que, de momento, parece más probable. Porque investigar bien es equivocarte lo menos posible. En la práctica esto se evita obligándote a trabajar varias líneas de investigación al mismo tiempo.
Cuando algo 'te parece claro' es cuando más riesgo tienes de equivocarte. Esto se explica volviendo al caso del garaje. Un hombre muerto. No falta nada. No hay testigos claros. En ese punto, una investigación seria no dice: 'esto es un crimen del entorno' o 'esto no es un robo'. Lo que hace es algo más incómodo: abre varias hipótesis razonables y las pone a competir entre sí.
Pensamos que un buen investigador es el que 've' rápido quién ha sido. Y en realidad un buen investigador es el que tarda lo necesario en equivocarse lo menos posible. Por ejemplo: Imagina que la pareja de la víctima tenía una relación conflictiva. Eso es un dato relevante. El sesgo sería centrar toda la investigación en esa persona desde el minuto uno.
El método sería trabajar esa línea, pero también las otras:
– comprobar coartadas en entorno
– revisar cámaras de acceso
– analizar movimientos de terceros
– ver si hay patrones compatibles con robo o no.
Se puede pensar: 'esto es ineficiente, estás investigando muchas cosas a la vez'. Y es justo al revés; es más ineficiente equivocarte pronto que abrir varias líneas al principio. Porque si te equivocas al inicio y construyes todo sobre esa base, puedes perder semanas o meses, dejar de recoger pruebas importantes y contaminar la investigación. Esto en un juicio es letal, ya que si el tribunal percibe que solo investigaste una opción desde el principio, la conclusión no es que acertaste, sino que no investigaste. Desde la perspectiva de la Fiscalía, cuando vemos una investigación donde se han abierto varias líneas, se han trabajado y se han descartado con datos… nos da mucha más seguridad que una investigación 'demasiado clara' desde el principio.
El momento más peligroso de una investigación
Este momento es cuando una línea empieza a encajar. Aunque al principio pueda parecer buena noticia, ocurre algo muy humano. Durante días estás manejando hipótesis abiertas, caminos que no llevan a nada… y de repente aparece algo que tiene sentido: una contradicción relevante, un dato que no encaja, una relación que no se conocía... Y el cerebro hace clic: 'ya lo tengo'. Ese pensamiento, puede ser el inicio del error, porque a partir de ese momento puedes dejar de investigar y empezar a confirmar. Lo que encaja lo das por bueno y lo que no encaja lo relativizas. Imaginemos que en nuestro caso del garaje aparece algo: la pareja de la víctima no puede explicar bien dónde estaba en un momento concreto. Eso es un dato importante, pero sigue siendo un dato. No es una prueba, no es una conclusión. Ahora bien, si en ese momento el investigador piensa: 'esto ya está' empieza el efecto túnel. Ese efecto túnel conlleva varias cosas:
– se intensifica todo lo que apunta a esa persona
– se dejan de practicar diligencias sobre otras líneas
– se interpreta cualquier incoherencia como culpabilidad
– se deja de buscar lo que podría desmentir esa hipótesis
En ese momento un buen investigador hace algo muy importante: se obliga a tensionar su propia hipótesis. Es decir:
– busca datos que la contradigan
– comprueba si resiste.
– sigue trabajando las otras líneas, aunque sea a menor intensidad
– verifica cada paso
La diferencia entre interpretar e investigar
La diferencia entre interpretar e investigar parece sutil pero es clave ya que permite dar un significado que luego la investigación comprueba si es correcto. Es importante no confundir estos dos procesos, para comprenderlo mejor imaginemos que en nuestro caso aparece algo: una persona del entorno cambia su versión. Primero dice que no vio nada, luego reconoce que sí estuvo cerca, luego matiza. La reacción intuitiva es clara: 'está mintiendo'. Ese es el salto automático, eso es interpretar. Investigar sería otra cosa: ¿por qué cambia la versión? Puede ser por miedo, nervios, mala memoria o sí, efectivamente, una mentira relevante; pero no lo sabes todavía.
El dato es la contradicción. No la conclusión.
Otro ejemplo es el de una persona fría, distante. La interpretación sería: 'no le afecta… algo raro hay'. Pero puede ser carácter, forma de gestionar emociones, bloqueo... no hay una forma 'correcta' de reaccionar.
Otro ejemplo importante es el de una persona que tarda en denunciar algo. La interpretación que se le suele dar es que si fuera verdad, lo habría dicho antes. Pero sabemos que eso no funciona así; hay víctimas que tardan, que dudan o que sienten vergüenza.
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DescargarEl siguiente paso: el método
Con todo esto, un investigador no puede quedarse en 'todo puede ser cualquier cosa'. Aquí entra el método otra vez, cada dato se tiene que comprobar. Si alguien cambia su versión: se contrasta con otros testimonios, con datos objetivos, con cámaras, con posicionamientos, con registros. La regla es no trabajar con lo que crees que significa un dato, trabaja con lo que puedes comprobar de ese dato.
La conclusión es que investigar no es solo buscar fuera, es vigilar cómo piensas tú por dentro, controlar tus propias prisas e intuiciones y eso es muy exigente.




