No me consta
Ya alcanzamos ese peldaño en el que la ignorancia posee prestigio. En algún momento, no saber algo te producía vergüenza, así que te las ingeniabas para hacer creer a los demás que sí lo sabías
No me consta
Galicia
Ya alcanzamos ese peldaño en el que la ignorancia posee prestigio. En algún momento, no saber algo te producía vergüenza, así que te las ingeniabas para hacer creer a los demás que sí lo sabías. Se trataba de una habilidad casi de genio, si bien la palabra genio hoy, gracias a los usos sarcásticos, puede significar que simplemente eres tonto. Era como si no te conformases con ser tú mismo, querías ser o parecer algo mejor. Pero surgió la moda de la autenticidad, de mostrarse tal cual es uno, aunque sea un imbécil, y cambiaron las tornas. De pronto, puedes presumir o alegrarte de no saber muchas cosas. Cierto es que no saber, o decir que no sabes, te ahorra bastantes líos. A quién puede extrañar que gente listísima, al cabo de la calle de todo, estos días responda sin parar «No me consta», «No lo sé», «Lo desconozco» cuando la interroga la fiscalía por delitos que se cometieron en su entorno. Decir «No lo sé» se ha vuelto una respuesta propia de tipos que saben. Me viene a la cabeza El astillero, de Juan Carlos Onetti, cuando escribía a propósito de uno de sus personajes que «Sabía pocas cosas, y rechazaba muequeando a las que lo rondaban queriendo ser sabidas». El ser humano va desde sus orígenes en busca siempre de lo que le ofrezca una ventaja. Es una especie de instinto. A veces la ignorancia es eso: una preeminencia. Cuando mi hija tenía siete años, y un día estaba yo en mi estudio, le oí decir desde su habitación «No sé» sin venir a cuento. Me levanté y le pregunté «No sé, ¿qué?». Me miró y dijo «Es que pensé que me habías dicho algo», ejecutando sin querer una obra maestra de la ignorancia: el «No sé» por si acaso.