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La pildora de Leila Guerriero

La pildora de Leila Guerriero

La periodista argentina se aproxima mediante la palabra a un presente distópico

A vivir que son dos díasA vivir que son dos días

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  • 'Cuando ya no arde', por Leila Guerriero

    Cómo es. Cómo es cuando ya no arde, cuando ya no late, cuando ya cesó. Cuando languidece, cuando se mitiga, cuando se marchita, cuando no se enciende. Cómo es. Cuando los recuerdos no lo encienden, cuando el sonido de su llave en la puerta no lo enciende, cuando las fotos viejas no lo encienden, cuando mirarle las manos no lo enciende. Cómo es cuando ya no hay risa, ni planes, ni emoción, ni gula, ni voracidad, ni ganas, ni entusiasmo, ni días buenos, ni simulacro, ni buenos modales. Qué se hace cuando cede, cuando se apacigua, cuando palidece, cuando se consume, cuando se seca, cuando se gasta, cuando se arruina, cuando se aleja, cuando se pierde, cuando se escapa, cuando se rompe, cuando se vicia, cuando se apaga, cuando agoniza. Qué se hace. Cuando se extingue, cuando caduca, cuando se esfuma, cuando concluye, cuando sucumbe, cuando termina, cuando se muere. Hay tantas cosas acerca de las cuales escribir. La decapitación de un profesor en un pueblo de Francia, la encíclica del Papa, el plebiscito por la reforma de la constitución en Chile, la elección presidencial en Bolivia, la elección presidencial en Estados Unidos, la vacuna, la operación de Maradona, el aniversario número setenta y cinco del peronismo en la Argentina, los confinamientos y los desconfinamientos, las actividades esenciales que casi nunca incluyen a la cultura, el conflicto en Nagorno Karabaj del que nadie habla, los quince millones de visones que masacrará o masacró Dinamarca para impedir que una mutación de covid-19 que se produjo en estos animales amenace el éxito de la vacuna para la especie humana. Todas cosas enormes, algunas de las cuales tienen o tendrán gran impacto en el precio de la comida, en el trabajo que quizás no tengamos, en el estado de bastarda depresión o de euforia maníaca con que empecemos el día. Y sin embargo, vengo aquí y elijo hablar del fin del mundo. Porque cómo se vive. Cuando se extingue, cuando caduca, cuando se esfuma, cuando concluye, cuando sucumbe, cuando termina, cuando se mu

    08/11/2020 | 02:58

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  • 'Alivio', por Leila Guerriero

    Y de pronto, el alivio. Después de peregrinar durante semanas en valle de sombra de muerte, de pasar horas inmensas cocidas al fuego lento del sinsentido, de beber sin ganas, de limpiar sin ganas, de caminar sin ganas, de pronto, caprichoso y sin por qué, el alivio. Fue un domingo. Un domingo de titanio, el sol humedeciendo el cielo y una luz celeste y rubia colándose entre las hojas de las plantas, los insectos brillando como chispas sobre la tierra de las macetas, el aire transformado en pura arquitectura transparente. Un domingo con los vidrios limpios, con el cuerpo limpio, con la ropa limpia, con la cabeza como una bandeja de plata, lustrada y ejemplar. No pasó nada. Fue, simplemente, como pasar al otro lado del espejo. Me desperté tarde, a las diez. Caminé hacia el estudio y, como hacía frío, aumenté la temperatura de la calefacción. Miré por la ventana, vi la terraza de los vecinos, que estaba igual que siempre, y el edificio de la esquina, que estaba igual que siempre, y la ventana en la que suele aparecer un hombre joven hablando lenguaje de señas, y de pronto sentí que me deslizaba hacia el centro del día como una fuerza benigna, nadando en luz azul con la fluidez del agua. Sentí en el cuerpo el tiempo frondoso de la infancia, acaudalado en horas, ampuloso y lento: sentí el fulgor del pasto, el sonido del agua de las zanjas, el contacto esponjoso de las ruedas de la bicicleta con el polvo, el ardor áspero del verano. Los días como estos son peligrosos, porque se terminan. Uno se aferra a ellos con la voluntad de un náufrago sabiendo, a medida que transcurren, que quedarán atrás. Dentro de poco olvidaré que la oscuridad empuja hacia la luz, pero ahora el mundo ha estallado: no tiene límites ni los necesita. Hay un verso del argentino Arnaldo Calveyra que dice: "Cosas que me pasaron durante la infancia me están sucediendo recién ahora". Hoy, ahora, nada se ha ido lejos. Todo lo que soy lo llevo conmigo. Y, por unos días, es indestructible.

    01/11/2020 | 03:21

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  • 'Ojalá', por Leila Guerriero

    Fue el miércoles a la mañana. Desde mi departamento se ve el pequeño teatro que está al otro lado de una avenida. Funciona en una casa vieja, al fondo de un largo pasillo que, en verano, está repleto de jaulas con pájaros y macetas con flores pasadas de moda, un paisaje que, por algún motivo, me hace pensar en el campo y en visitas esporádicas a parientes políticos que tenían casas con galerías cubiertas y macetas con malvones y hortensias. Yo casi nunca voy al teatro –ni a ese ni a ningún otro-, pero conozco al dueño: es un hombre de unos setenta años que abrió el sitio hace tres décadas, y lo maneja en sociedad con su hijo. En épocas normales hay mucho público, las obras se mantienen varios meses en cartel, y algunas pasan a salas más prestigiosas. Ahora está cerrado desde marzo, cuando comenzó el confinamiento obligatorio en Buenos Aires, y los teatros no tienen perspectiva de abrir. Durante todos estos meses, cada vez que salí a hacer las compras vi, debajo de la puerta de entrada, hojas secas y una cantidad asombrosa de sobres con facturas de luz, de gas, de agua, de impuestos municipales. Pero el miércoles pasado vi, desde la ventana de casa, a dos operarios que colocaban una escalera en la vereda, descolgaban el cartel del teatro e izaban, en su lugar, el de una inmobiliaria con la leyenda de Se vende o se alquila. El hombre con quien vivo estaba tomando el desayuno en la cocina y lo llamé. Le señalé el teatro y le dije: “Mirá”. Él miró. Vio el movimiento de los hombres, el ballet mortuorio de los carteles como ataúdes suspendidos en el aire, y me dijo: “Era esperable”. Después, me pasó un brazo por los hombros y siguió diciendo, sin ironía: “Pero todo va a volver cuando haya una vacuna. Apenas el mundo se ponga en marcha, van a volver los autos, el amontonamiento en el subte y en los colectivos, los bocinazos, los gritos, el smog, las palomas contaminadas, las plazas sucias de basura, las bolsas de plástico tiradas en la calle, las peleas de borrachos”. Cu

    25/10/2020 | 04:15

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  • 'Del otro lado', por Leila Guerriero

    "No creo que la poesía nos haga mejores. Nos potencia, nos destila, a veces nos salva. Otras nos susurra cosas que no sabíamos que sabíamos, como esos versos de Glück con los que entendí de un golpe todo lo que necesitaba saber sobre la aniquilación y el amor"

    18/10/2020 | 04:44

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  • 'Padre de nadie', por Leila Guerriero

    Me conozco poco. Soy un misterio para mí misma, pero sé que algunas cosas me hicieron, en parte, lo que soy.

    11/10/2020 | 04:05

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  • 'El exorcismo', por Leila Guerriero

    "Yo rogaba tener deseos de ser otra cosa: abogada, médica. Otra cosa. Rogaba que la escritura me abandonara el cuerpo"

    27/09/2020 | 04:14

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  • 'La pena y la nada', por Leila Guerriero

    'Todo lo que estaba mudo, muerto, revivió y corcoveo bajo ese látigo infame y me dije que ya estaba bien, que había que moverse y afilar el hacha, y encender el fuego'

    20/09/2020 | 03:11

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  • 'Diez años sin Fogwill', por Leila Guerriero

    "Decir que era políticamente incorrecto es insultarlo. Es como decir, de un asesino serial, que tiene un problema de conducta. Pensaba en picado. Sin opción a eyectarse antes de chocar"

    13/09/2020 | 04:33

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  • 'La calma', por Leila Guerriero

    "Caminé hacia la calma con convicción y voluntad guerrera, susurrando la melodía del recogimiento, repitiéndome en silencio los virtuosos versos de la alegría, deslizándome por las horas gloriosas de la ausencia de martirio".

    06/09/2020 | 04:54

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  • 'Predadores', por Leila Guerriero

    El miedo tiene muchas formas. La más exitosa combina dos vertientes: una concreta y otra fantasmal. El resultado es un miedo absoluto que hace que, aún cuando el individuo no esté sometido a la situación que le infunde terror, continúe aterrado por amenazas fantasmales de diversa índole. Por ejemplo, frases del tipo: “Si contás lo que sucedió, te van a pasar cosas horribles a vos o a tu familia”. El individuo no sabe cuáles son las cosas horribles que podrían pasarle, pero no logra salir del círculo del miedo: el componente fantasmal ocupa hasta el último resquicio de su razón. Sobre todo si el individuo tiene tres o siete o doce años. No hay manuales para infundir un miedo de esta categoría, pero los predadores sexuales de niños parecen tener las instrucciones tatuadas en los genes. El abuso sexual infantil sólo puede ejercerse porque, entre el abusado y el abusador, hay una relación asimétrica: de edad, de experiencia, de poder. En este mismo momento, miles de chicos están encogiéndose en sus cuartos porque escuchan los pasos de su predador acercarse por el pasillo. Y no pueden hacer más que eso, encogerse y esperar, paralizados por el miedo fantasmal que amenaza con que algo terrible sucederá si hablan, si cuentan que papi o el abuelo o el tío o el profesor les hacen tal cosa. Pero se pone peor: porque, de hecho, es posible que ya hayan hablado, que le hayan contado lo que sucede a mami o a la maestra o a la abuela. Y es posible que mami o la maestra o la abuela no les hayan hecho mucho caso, o les hayan ordenado callarse para evitar que la policía se lleve a papi de casa, o les hayan sugerido no decir nada si no quieren ser el hazmerreír del colegio. Acaba de estrenarse en Netflix el documental Gimnasta A que relata cómo el médico Larry Nassar abusó de cientos de niñas y adolescentes del equipo nacional de gimnasia de Estados Unidos, y la forma en que entrenadores y federativos del comité olímpico hicieron caso omiso de las denuncias en contra de Nassar, que datan de 1997.

    04/07/2020 | 04:13

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