EEUU: El odio, a examen
Yo, dentro de lo tóxicos que han sido estos meses, espero y deseo que al menos hoy no gane Trump. Y que todos aquellos que, con mayor o menor intensidad participan de la política, hayan tomado nota

Madrid
Poco puede añadirse a estas alturas a todo lo dicho sobre las elecciones en Estados Unidos. Ahora sólo toca esperar porque los norteamericanos están votando y son ellos los que tienen la última palabra. Pero sí que hay algo a lo que le sigo dando vueltas: y es que el fenómeno Trump –que es lo que nos preocupa a todos- no es casualidad; no lo es. De la misma forma que Berlusconi llegó a donde llegó por el fracaso general del sistema político italiano, Trump está donde está porque hace años el partido republicano decidió echarse al monte. Y eso creo que es necesario recordarlo. O porque algunos no pudieron soportar a un negro en la Casa Blanca, o porque otros vieron peligrar su parcela de poder, o por inconsciencia…por lo que fuera: pero de aquellos polvos iniciales con el llamado tea party han llegado estos lodos en forma de cafre desatado a las puertas de la Casa Blanca.
Quiero decir, Trump no existiría –por mucho dinero, por mucha tele, por mucha globalización, por mucha crisis- no existiría si un partido político, un partido con años y años de historia, no hubiera abdicado de su responsabilidad social. Porque los partidos no son sólo máquinas de cosechar votos; canalizan sentimientos, opiniones, preferencias, aspiraciones…y diseñando -y aceptando- unas reglas del juego permiten que la democracia sea un sistema si no perfecto, sí muy razonable.
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Bueno, pues es esto lo que ha saltado por los aires: una concepción cívica del juego político. Y eso me temo que no se recompone de la noche a la mañana. Porque si el racismo, la homofobia, el machismo, el matonismo, la intimidación, el insulto, el sectarismo, la mentira…si todo eso lo colocamos en el tablero y lo aceptamos como si tal cosa, entonces el futuro es de los Trump.
Yo, dentro de lo tóxicos que han sido estos meses, espero y deseo que al menos hoy no gane. Y que todos aquellos que, con mayor o menor intensidad participan de la política, hayan tomado nota. Al genio del odio, cuando lo sacas de la lámpara, cuesta muchísimo volverlo a meter. Es preferible dejar que no salga.




