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Viernes, 15 de Noviembre de 2019

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'Los chicos de Gambia' que conquistan Granada

Gilbert y Sam son de Gambia, pero trabajan en Saleres, un pueblo de menos de 100 habitantes en el Valle de Lecrín, en Granada. En Gambia, su Gobierno les perseguía por ser activistas medioambientales. Aquí cultivan la tierra y venden productos en mercados de la zona.

James, Ernest y Sam, en uno de los terrenos que les ha cedido el Ayuntamiento del Valle /

La carretera que sube a Saleres es estrecha, llena de curvas que bordean la montaña. Es un pueblo de casas blancas, cuestas empinadas y un entresijo desordenado de calles sin salida. No viven más de 100 personas.

Una anciana está pelando una naranja en la puerta de su casa. En la de al lado, vive Gilbert, un activista medioambiental perseguido por la dictadura de Yahya Jammeh, en Gambia. "El Medio Ambiente no está en la agenda del Gobierno de Gambia, ni ahora, ni con Jammeh y eso es muy deprimente. Nos dimos cuenta de que lo que debíamos hacer era hablar y actuar. Así que empezamos a organizar reuniones por la noche porque por el día era muy peligroso. También organizamos manifestaciones, salimos a protestar..."

Gilbert lideraba esas protestas hasta que lo metieron en la cárcel. "Solo pasé un par de días. La presión que hizo mi pueblo les forzó a liberarme, pero luego mi nombre empezó a aparecer en todos lados, en los periódicos, por la calle... El Gobierno busca a las personas que pueden suponer una amenaza".

Gilbert, en la cancha de Baloncesto de Saleres / Sara Selva

Vive en esta casa, con vistas al Valle de Lecrín, con amigos de España, Italia, Inglaterra, Líbano y de su propio país. Allí, cultivan el campo y luego venden los productos en mercados de la zona. Lo llaman "regenerando la tierra, regenerando vidas". "Desde aquí continúo con mi trabajo y es fantástico porque es exactamente el trabajo que estaba haciendo allí, en África. Es el único trabajo en el que me siento yo mismo. Me da la oportunidad de ir al campo, de trabajar allí y crecer como persona".

María Llanos nos escucha mientras hablamos. Es una de las fundadoras de este proyecto. "La idea es revitalizar la zona. Impedir que la gente joven se marche, pero también venir con personas que tienen interés en darle vida al pueblo. Hay muchas personas interesadas en que esta tierra vuelva a dar sus frutos". Gilbert asiente con energía, la misma que muestra al hablar. "El proyecto no solo se centra en la agricultura, también creamos diversidad. Aquí, ya lo veis, vivimos personas de todas partes del mundo. Queremos favorecer la integración, crear una solución que nos beneficie a todos".

Fachada de la casa de la cultura de Saleres / Sara Selva

Sam llegó aquí hace poco menos de un año. También es de Gambia y también  activista medioambiental. "Si creas primero una conexión con la tierra, creo que es más fácil encajar en una sociedad. Es más fácil que le caigas bien a los españoles, si saben que te gustan sus tierras", dice bromeando. Sam vive en Granada con otros dos amigos de Gambia: Ernest y James. "Nosotros somos refugiados, somos un ejemplo de que esto ya está funcionando. Se puede ayudar a muchas personas así, porque muchos refugiados tienen ese problema: el problema de la integración. Están expuestos a una cultura completamente diferente y no saben por dónde empezar, pero si los juntas en un proyecto y creas el ambiente, ganan confianza".

Les seguimos por uno de los terrenos que les ha cedido el Ayuntamiento del Valle. "Mirad, aquí estamos cultivando lechugas, brócoli...", dice intercalando el español y el inglés. "¿Es zanahora o 'sanahoria'?". Mientras recorremos el campo, Sam nos va explicando cuál es la mejor manera de cultivar. "Siempre es bueno plantar habas en los laterales, porque protegen el resto de cultivos. Hay que darle a las plantas lo que necesitan". "Hemos escuchado muchas historias aquí en España. Nos cuentan que Andalucía solía ser una zona donde la gente se dedicaba a la agricultura, pero los jóvenes están huyendo de esa vida. Cuando fuimos al Ayuntamiento, les contamos nuestro proyecto y les dijimos que queríamos trabajar el campo, ¡se emocionarion muchísimo".

Sam, cogiendo limones en uno de los terrenos que les ha cedido el Ayuntamiento de Valle / Sara Selva

Sam ve, en ese desinterés en trabajar en el campo, una oportunidad. "Me da pena, pero también es positivo porque antes había mucha competencia, ahora no...". Una oportunidad que han aprovechado españoles y extranjeros para vivir y trabajar juntos, devolviéndole vida a una zona despoblada de Andalucía. "Mucha gente se está dando cuenta de todo lo que te puede ofrecer una zona rural", nos explica Gilbert, "es un reto y es difícil, pero... ¿Quién va a solucionar el problema? Alguien tiene que ir a esas zonas, darles vida y así reducir los retos".

Kartong, el pueblo en el que vivían, está a 3.700 kilómetros de Saleres. Pero da igual Gambia o Granada, Sam y Gilbert lo tienen claro. "Imagina, por un momento, que no estuviéramos aquí. Estoy seguro de que habría más peces en el mar, más zanahorias, más lechugas, árboles... Todo seguirá creciendo sin nuestra ayuda, la naturaleza no nos necesita. Pero imagina si fuera al revés, si todo eso desapareciera y solo quedáramos nosotros... No sobreviviríamos, ¿verdad? Entonces, ¿qué estamos haciendo?"

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