Domingo, 20 de Septiembre de 2020

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Los niños recuperan las calles

Bru Rovira nos invita a conocer "la ciudad de los niños" de Pontevedra, un proyecto urbanístico donde los más pequeños son el centro de la planificación urbana. Además, acompañamos a algunos alumnos del colegio Marcos da Portela en su camino escolar

Tres niñas caminan hacia el colegio en el barrio pontevedrés de Monte Porreiro

Tres niñas caminan hacia el colegio en el barrio pontevedrés de Monte Porreiro / AFP / MIGUEL RIOPA

Cree el psicopedagogo italiano Francesco Tonucci que cuando las calles se llenan de niños, la ciudad se vuelve más segura. Y eso mismo han querido comprobar en Pontevedra, cuando en 1999 hicieron una importante reforma urbana: peatonalizaron varias calles del centro histórico y redujeron la velocidad a 30 kilómetros por hora. ¿La idea? Que las personas, y no los coches, tomaran el protagonismo de la ciudad. Así han logrado rebajar hasta un 60% la contaminación y llevan 8 años sin muertes de peatones en sus calles.

La filosofía de este proyecto se materializa en los denominados caminos escolares, un proyecto integral de convivencia que persigue que los niños vayan solos al colegio: que se relacionen entre ellos, que les pase algo, tengan cosas que contar y aprendan a tomar sus propias decisiones sin que haya un adulto delante.

El programa ya existe en otras ciudades de España, pero es probablemente en Monte Porreiro donde funciona mejor. Se trata de un barrio obrero, a unos 15 minutos del centro de Pontevedra, donde viven, principalmente, familias jóvenes y, por supuesto, muchos niños.

Antonio, voluntario de los caminos escolares, regula el tráfico en un cruce del barrio de Monte Porreiro. / V.R.

Cuentan los vecinos que gracias a los caminos escolares los niños llegan "más espabilados" al colegio, se mueven con más seguridad por las calles y el barrio está más cohesionado. Porque en el proyecto no solo están implicados los alumnos, sus padres, el colegio... sino también las tiendas del barrio, que funcionan como zonas de seguridad si un niño se pierde o necesita ayuda; y los voluntarios, que van cada mañana a regular el tráfico en los cruces más importantes de la ruta.

Son vecinos de todo tipo: personas con discapacidad, gente mayor, personas que viven solas... y a todos les entusiasma esta cita con los niños que les hace sentir útiles y les alegra el día. Sentirse parte de la comunidad, explicaban, resulta mucho más atractivo que ir cada uno a la suya.

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