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Alexandra David-Néel

Se hizo anarquista, musulmana y luego budista. Y hasta hizo sus pinitos de cantante de ópera. Atravesó desiertos y montañas, recorrió miles de kilómetros y entró en la ciudad prohibida de Lhasa. Aquella muchacha nacida en una familia de la burguesía francesa decimonónica, tuvo una vida longeva, dedicada a la aventura, la antropología, los viajes, la meditación, la filosofía y el estudio de tradiciones ancestrales

Con 15 años ya había viajado por Holanda y atravesado el canal de la Mancha, a los 17 viajó a Suiza con un libro del filósofo estoico Epicteto como único equipaje. A los 18 años visitó España en bicicleta (sin decir una palabra a su familia, como siempre). En París, tal fue su interés por el anarquismo, que escribió un libro que ninguna editorial se atrevió a publicar. Con la ayuda de un amigo, consiguió hacer una autoedición y, a pesar de que no llegó a tener mucho éxito, terminaría siendo traducido a cinco idiomas. En uno de esos viajes, en 1900, Alexandra conocería al que se iba a convertir en su marido. Fue en Túnez donde su vida se cruzó con la de un ingeniero de ferrocarriles Philippe Néel, con quien se casaría cuatro años después. Tenía ella 36 años.

Pero es en 1911 cuando sufre una crisis vivencial y espiritual y tiene el deseo de alejarse de su casa, de su marido y de conocer el mundo del lejano y exótico oriente. Ella lo define con claridad: "sólo me quedan dos opciones: marcharme o marchitarme". En agosto de 1911 (contando 43 años) se despidió de su marido para hacer un viaje en solitario a la India, que en principio debía durar 18 meses, pero no volvieron a verse hasta 14 años más tarde, aunque mantuvieran una fructífera correspondencia. "He emprendido el camino adecuado, ya no tengo tiempo para la neurastenia", le escribía a su marido en el barco hacia Egipto, primera parte del trayecto. Luego seguirían otros viajes por mar a Ceilán, la India, Sikkin, Nepal y Tíbet.

Pasa por muchas peripecias que va relatando en sus libros, incluyendo ser recibida por el Dalai Lama, que ya había oído hablar de ella, siendo la primera mujer occidental que se encuentra con él. En 1914 conoce a un joven tibetano de 14 años llamado Yongden, que enseguida reconoce en ella a su maestra y la acompañará en todas sus expediciones. Y a sus 56 años, Alexandra quiere llegar a Lhasa y para ello se disfrazó de peregrina tibetana. Lo que se suponía que iba a ser una ruta de tres meses acabó convirtiéndose en una odisea de más de tres años en los que se tendrá que enfrentar a animales, bandidos, el frío, las tormentas y el hambre. Alexandra era la primera mujer occidental que había entrado en la ciudad santa y prohibida. Y en Tíbet vio a los lung-gom-pa y creó su propio tulpa e hizo cosas que hoy nos parecen increíbles…

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