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Territorios Talismán: entre estatuas y obeliscos

Existen grandes estatuas colocadas en lugares abiertos y públicos, como en la entrada de puertos o en las cimas de montañas para ser bien vistas. No están para decorar sino para mandar un mensaje. ¿De qué? Conociendo su propósito y el entorno donde se halla, es un mensaje de índole proteccionista sobre aquello que pueda hacer daño, sean enemigos visibles e invisibles, tormentas, invasiones, calamidades o de lo que usted se quiera imaginar, pero es indudable que se erigieron con la finalidad de dar visibilidad y protección a un territorio.

Se sea consciente o no, el símbolo ejerce siempre su influencia. A veces, con el trascurso del tiempo, esa intencionalidad oculta se va olvidando y nadie recuerda los motivos del por qué se levantó esa estatua. Por lo general, están ahí puestas con un fin apotropaico sobre esa localidad o ciudad, además de ofrecer cordialidad y acogimiento, extendiendo los brazos o las manos. Ocurre en Córdoba, en Mesina, en Palencia, en el Cerro de los Ángeles o en Río de Janeiro, por citar unos cuantos ejemplos en el ámbito católico. Ocurre, asimismo, en otras partes del mundo, menos confesional.

Uno de los talismanes usados en el mundo cristiano es el “detente”. Nombre muy expresivo para lo que sirve. Aunque lo quieran enmascarar de otra cosa, pretende dar suerte y bendiciones de todo tipo, incluida la de detener cualquier influencia maligna. Se trata de un pequeño emblema hecho en tela que se lleva sobre el pecho con la imagen del Corazón de Jesús. Fue en el año 1720, durante una terrible plaga en Marsella, que esta pequeña Salvaguardia, como así se la llamó, se difundió entre todos los fieles. Miles de estos emblemas los repartieron por toda la ciudad y alrededores. La leyenda piadosa relata que poco después la plaga cesó y se creyó que fue por esta razón y no por los paliativos médicos. Se hizo tan popular que incluso en el juicio de la reina María Antonieta, se adujo en su contra un pedazo de papel muy fino que se encontró entre sus pertenencias, en el que una de estas imágenes estaba dibujada, con la llaga, la cruz y la corona de espinas, y con la frase: “Sagrado Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros”. De nada le sirvió para conservar su cabeza sobre los hombros.

También hay otros elementos y objetos más paganos con la misma finalidad protectora. Nos referimos a los obeliscos. En Egipto lo tenían claro. Era para ellos el símbolo que unía tierra y cielo, poder y eternidad. Los antiguos egipcios fueron les llamaron “tejen”, que en lengua jeroglífica significa protección o defensa. Los obeliscos, por su forma y función, llegaron a Europa. Uno de ellos fue a parar al Vaticano que hoy decora la Plaza de San Pedro. El mismo que una vez estuvo en el antiguo templo de Heliópolis. Y resulta paradójico que el icono más destacado de esta monumental plaza romana, epicentro espiritual del catolicismo y símbolo del poder papal, sea de un claro origen pagano.

 

 

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