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Jueves, 19 de Septiembre de 2019

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Emigración de ida (y vuelta)

Nos vamos hasta Lisboa para charlar con jóvenes que se acaban de mudar a la capital lusa y ancianos que llevan toda la vida en ella sobre qué significa ser un emigrante para ellos

Tarta por la celebración del 100 aniversario de la SEB /

Ser emigrante ya no es lo que era (afortunadamente). Margarita es palentina, tiene 99 años y llegó a Lisboa siendo una niña. Allí se casó, montó su propia tienda donde trabajó hasta jubilarse y, desde hace años, la cuidan en la Sociedad Española de Beneficencia. Esta institución se fundó en 1917, en plena I Guerra Mundial, cuando la comunidad española en Lisboa se reunió y consideró oportuno crear esta casa para ayudar a los emigrantes españoles más necesitados. Comenzó siendo un colegio de niñas de la emigración pero, con la creación del Instituto Español dejó de tener sentido y se fue convirtiendo en lo que es ahora: una residencia de ancianos en la que viven los emigrantes españoles más desfavorecidos en la capital lusa. El edificio representa en parte esa utopía de Saramago de juntar España y Portugal. Desde que abres la puerta comienzas a escuchar español y portugués indistintamente porque de las 43 plazas con las que cuenta, aproximadamente, la mitad son para españoles y la otra mitad para portugueses. Es un lugar de encuentro y convivencia entre los dos lados de a raia.

José Aser Castillo preside a sus 80 años esta institución y comenta que el perfil del emigrante se ha ido transformando con el tiempo: “La emigración de españoles a Portugal siempre fue bastante intensa y como pasa siempre empiezan haciendo los trabajos que otros no quieren. Con todo, hoy las necesidades no son tan importantes como antes porque tampoco la emigración es la misma. Antes se emigraba a Portugal por razones económicas y hoy es por las empresas o por la formación.”

Y es que desde hace años empresas españolas de deslocalizan a Portugal para ahorrarse costes. Allí el sueldo mínimo apenas sobrepasa los 600 euros mientras en España es de 900. Fue sonado, por ejemplo, el caso del Grupo Konecta Lisboa, un call center que atiende las llamadas del mercado español para empresas como Vodafone o Mapfre y donde unos 100 trabajadores españoles protagonizaron una huelga en protesta por la vulneración de sus derechos laborales.

En estos tiempos de modernidad líquida, como diría Bauman, todo parece más efímero. La emigración también. “Yo entré por una empresa y era para toda la vida. Ahora las empresas ya no tienen respeto por el trabajador” relata Castillo que trabajó como ingeniero en el sector de la energía.

Guillermo y Juan Carlos son dos jóvenes graduados que afirman no sentirse emigrantes. Acaban de llegar a la capital portuguesa hace unos meses como muchos jóvenes españoles que van allí en busca de trabajo. Aunque sea precario. No saben cuánto tiempo se quedarán, pero tienen claro que va a ser algo temporal. Hace unos años la ex ministra de empleo Fátima Báñez empleaba el eufemismo “movilidad exterior” para referirse a la fuga de cerebros que se estaba produciendo en nuestro país como consecuencia de la crisis económica. Ellos son dos ejemplos aunque saben que volverán. Juan Carlos estudió un doble grado en derecho y ciencias políticas y es rotundo cuando le pregunto sobre quedarse toda la vida en el extranjero: “Esto es algo temporal. Estamos aquí de paso”. “No nos sentimos emigrantes porque cuando pensamos en irnos de España lo vemos simplemente como una opción más". "Nuestros abuelos lo hacía por necesidad extrema” añade Guillermo.

El cambio de mentalidad entre generaciones es evidente, pero hay algo más. La prisa por vivir y acumular experiencias de los jóvenes, por moverse y por estar cambiando constantemente de no se sabe muy bien qué. El “para toda la vida” ya no está de moda y ser emigrante, a veces y con suerte, tiene billete de vuelta.

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