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Jueves, 09 de Abril de 2020

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Marino tiene casi 100 años, ha vivido dos monarquías y una república, tiene un nieto transexual y lleva 40 años leyendo 'El País'

Sobre el movimiento feminista dice: "Antes la mujer no podía ni sacar dinero del banco. No podía hacer nada. Que quiera sus derechos y ser igual que el hombre, en todo, me parece bien"

Marino Rodríguez Martín tiene casi 100 años. Un siglo en el que ha visto pasar a reyes y dictadores, ha vivido dos monarquías, una república y una guerra. Hablando de política nos dice que se queda con la democracia. Ha trabajado desde la infancia, pasando por sacristías y tabernas. A los 11 años fue monaguillo, a los 12 tabernero, poco después entró en una barbería a mojar caras y barrer pelos y de adolescente se empleó de mozo en unos ultramarinos. Hoy y desde hace 60 años, vive en Madrid, en el barrio de Moratalaz, en un segundo piso sin ascensor y sigue bajando y dando un paseo por sus calles si no a diario cada dos días. A unos meses de cumplir los 100, Marino aún se toma su cañita, lee su periódico y no perdona la siesta. Así que hemos quedado a media mañana. Me abre la puerta junto a Nico, su nieto, paso al salón y lo primero que veo sobre la mesa es un libro y así empieza nuestra conversación hablando de libros. Del último de Falcones, que es el que está leyendo, 668 páginas de libro que no le tiran para atrás.

Es su pasión, la lectura, y eso que Marino no fue a la escuela. Me cuenta que cuando era pequeño en su pueblo, Casarrubios del Monte en la provincia de Toledo, no había colegio. Pero a él las letras le fascinaron siempre y empezó a aprenderlas en la cocina mirando las puntillas del vasero. Unas puntillas que recortaba su madre del papel de los periódicos que le dan en la casa donde iba a servir. Yo, recuerda marino, le decía: “madre, ¿qué letra es esa?, ¿y esa otra? Y así fui aprendiéndolas. La curiosidad le llevó a conocer las letras, pero, además, Marino invertía todo lo que tenía en seguir leyendo. Los 15 céntimos de paga que le daba su padre a los 11 años ya los invertía en tebeos.

Marino nos habla también de la guerra, de la vida cotidiana en un Madrid donde caían bombas y seguían yendo al cine. Y de su movilización cuando aún no había cumplido los 18. Nos llamaron, explica, la quinta del chupete o del biberón y "me enviaron al frente de Extremadura". Recuerda que le destinaron a un pueblo donde tenía como misión subir a la torre de la iglesia todos los días y enviar el parte meteorológico. El fin de la guerra le llevó hasta un campo de concentración. Acabé en Valsequillo, me cuenta, "porque estábamos solos un cabo y yo, vimos pasar una columna de prisioneros y como conocíamos a algunos de los presos nos sumamos a ellos". Y sigue explicando que los llevaron hasta la provincia de Córdoba caminando y estuvo prisionero en ese campo de concentración durante seis meses.

Después de la guerra, Marino siguió con su vida. Una vida normal, trabajó 35 años en la misma empresa, se casó, tuvo dos hijos, compró su pisito, siguió yendo al cine, celebró la llegada de la democracia y los cambios de una sociedad que cada vez, nos dice, avanza más deprisa. Este hombre casi centenario se ha sumado a los cambios, tiene móvil, ve la televisión a la carta, se ríe al comentar que la enciclopedia que tiene en la estantería ya no sirve para nada pero se mantiene fiel a la lectura diaria y en papel del que es su periódico desde que salió, el diario “El País”.

Y ahora toca hablar de tolerancia. Porque en eso Marino es un maestro. Nico, su nieto, que ha estado con nosotros a lo largo de toda la entrevista, era, hasta no hace mucho, su nieta. Le pregunto por ese cambio y me dice que “si él vive feliz así, pues encantado. Por qué voy a estar yo enfadado. Al contrario, ahora tengo un nieto y una nieta que antes eran dos nietas”. Eso es una lectura en positivo y lo demás son tonterías. Ya puestos le pregunto por otra transformación, la del papel de la mujer, y ahí Marino, sin dudarlo, responde que le parece “muy bien, muy bien, muy bien. Antes la mujer no podía ni sacar dinero del banco. No podía hacer nada. Que quiera sus derechos y ser igual que el hombre, en todo, me parece bien”.

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