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Martes, 28 de Enero de 2020

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Decía Ana Frank

Decía Ana Frank: “Cuando escribo, puedo deshacerme de todos mis problemas.” Todas las niñas de trece años creen tener inenarrables problemas; a veces, efectivamente, los tienen.

Todo el mundo conoce su historia. Durante décadas, Ana ha sido la jovencita más conocida del mundo: su silencio de ratoncito atrapado en La casa de atrás se ha roto en adaptaciones de su Diario, en musicales, películas, exposiciones y frases repetidas. La mirada de esa niña, la sonrisa que imaginamos apagándose en el campo de concentración debería servirnos como lección para un mundo que no aprende nada del sufrimiento de los débiles. Ana, su alegría, sus berrinches, su vitalidad, sobreviven porque alguien le regaló un diario y porque ella, como tantas otras niñas entonces, ahora algunas también, quería ser escritora.

Como Hamlet, Ana está encerrada en una cáscara de nuez, y se siente, aún así, reina del espacio infinito. Es más, le estorban los adultos. El Diario, que debemos a la labor de edición de su padre, Otto, contenía en el original observaciones crueles y mordaces sobre sus compañeros de encierro, comentarios sobre sus propios padres que fueron silenciados y la observación silenciosa pero constante de su cuerpo, de su deseo y su sexualidad. Tengo ganas de escribir y aún más de sondear mi corazón sobre toda clase de cosas, decía.

Las últimas palabras de esta jovencita y de su hermana, cuentan quienes las sobrevivieron, fueron los gritos para que cerraran la puerta del barracón de Bergen-Belsen en el que murieron. Habían enfermado de tifus, y su litera estaba cerca de la entrada, con lo que el frío les golpeaba con crueldad. El ser humano es tan mezquino que siente más compasión por un desgraciado si este cuenta con talento. Medimos el valor de la vida humana así, por grados. Lamentamos en la muerte y la tortura de Ana la escritora que perdimos con ella, mientras dejamos en la oscuridad al resto de aquellas prisioneras, o la privamos del derecho de no haber vuelto a escribir jamás, de haber quemados aquellas notas en las que se confesaba y se encontraba.

Años más tarde, su padre confesó que no conocía demasiado a Ana, que de hecho, ni siquiera se entendía siempre bien con ella. Que había comenzado a comprenderla al leer su diario. Añadía que cuando niños y adultos de todo el mundo le preguntaban si creían que Ana hubiera sido una gran escritora nunca contestaba. Que solo podía hacer suposiciones que no llevaban a nada. Le dolía ese futuro fantasma de su hija, la breve llama extinguida de su vida y su talento. Creo que el hecho de que uno de los libros más influyentes del siglo XX haya sido escrito por una niña, por una escritora aficionada, es una lección de humildad para muchas mentes. Un recordatorio de que la literatura se alimenta de amor, de violencia y de muerte, como la propia existencia. Las palabras se cargan o se despojan de verdad cuando se usan, y cuando se viven o cuando en cambio se atesoran y se apolillan.

Ana cuenta con la misma rabia que cualquier adolescente actual que no le gusta este mundo, que los mayores hemos contraído con ella una deuda que no deseamos pagar, que sufre por aquello de lo que no es responsable, y que quizás aún no sea tiempo para cambiarlo, para un giro de la historia. No fue la primera. Desde luego, no ha sido la última. Pero, como ella indicaba ¿a quién le interesa lo que una niña tiene que decir?

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