Martes, 14 de Julio de 2020

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Nicolás Flamel

Tuvo la suerte de encontrar un libro mágico, una obra que le puso en contacto con los arcanos de la ciencia más profunda, capaz de transformarle a él mismo como persona

Cuenta la leyenda que una noche Flamel tuvo un sueño en el cual un ángel se acercaba a su cama, sosteniendo en sus manos un libro escrito con caracteres extraños en la portada. Pasó el tiempo y un día Flamel ve entrar en su librería a un hombre con un mamotreto en la mano dispuesto a venderlo, cuyo título era El libro de Abraham, el judío. Era un desconocido cuyo rostro coincidía con el del ángel que se le apareció en sueños unos días antes e inmediatamente se dio cuenta de que todo aquello era una señal. Compró el libro por dos florines. Se puso a ojearlo y lo que aparecía en esa obra rebasaba ampliamente sus conocimientos. No era capaz de entenderlo ni traducir sus caracteres. Tenía que buscar a alguien más sabio que él que le ayudara en tal empresa.

Casi todos los judíos que vivían en Francia habían abandonado el país tras la persecución, así que no había quien le ayudara. Sabía que quedaban todavía algunos judíos en España, así que copió una porción del libro y partió en busca de un traductor. Empleó veintiún años en intentar descifrarlo. Un libro que casi hipnotizaba, que embriagaba con sus textos e ilustraciones. Pero no estaba solo en el empeño. Flamel escribe en su autobiografía:

“Así pues, teniendo en mi casa tan bello libro, yo no había más que estudiarlo día y noche. Entendía muy bien todas las operaciones que él demostraba, pero no sabía en absoluto con que materia era menester empezar; esto me causaba una gran tristeza, me obligaba a estar en solitario y me hacía suspirar a cada momento. Mi mujer Perenelle, a la que amaba tanto como a mí mismo, a la cual había desposado hacía poco, estaba muy asombrada de todo esto y me consolaba y me preguntaba con todo el coraje si ella podría librarme del fastidio. Yo no pude contener mi lengua y le dije todo, asi que le mostré el hermoso libro, del cual, en el mismo instante en que lo vio quedó tan prendada como yo mismo y encontró un extremo placer en contemplar sus bellas cubiertas, los grabados de imágenes y retratos, los cuales ella entendía tan poco como yo mismo...”

Para entenderlo del todo, viajó a España. Aprendió criptografía y alquimia. Debía y quería ser iniciado en las artes ocultas. Era el único modo de desentrañar los arcanos del dichoso grimorio. Consultó a cuanto cabalista encontró en su camino. Se dio cuenta de que había que ser más precavido y tener mucho cuidado a quien revelaba sus datos. El trabajo duro lo que tenía que hacer él mismo. Se dispuso a recorrer el camino de Santiago como un peregrino más. Y es en León donde encuentra las claves y a su gran maestro… ¿Logró descifrar el libro y logró encontrar al final la piedra filosofal? Muchos misterios se ciernen en torvo a su figura.

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