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Lunes, 27 de Enero de 2020

Otras localidades

Un Monopoly con tarjeta de crédito

Charlamos con varias generaciones de la mano de la periodista Chus García para analizar cómo han cambiado las formas de jugar

Cuando uno era niño, escribir la carta a los Reyes Magos era todo un reto. Pensar qué era lo que querías pedir entre las decenas de catálogos de jugueterías fue mi primer contacto con la vida adulta. Aquello suponía tener que decidir y priorizar. Ponderabas en tu mente con quién podrías compartir aquel cachivache o, por el contrario, si preferías un juguete que solo tuvieras tú, algo exclusivo. Unas navidades decidí que quería un avión teledirigido. Todos teníamos ya coches -también teledirigidos, obviamente - con los que competíamos y era el momento de dar el siguiente paso, de conquistar los cielos. La aventura me duró unas horas porque aquel pequeño Falcon se estrelló contra el tejado de la casa de la vecina el mismo día de su estreno.

A estas horas ya todos los niños y niñas habrán desenvuelto los regalos que esta pasada noche les traían sus majestades los Reyes Magos de Oriente. No hay más que salir a dar un paseo para ver cómo las plazas y los parques de la mayoría de las localidades del país están llenas de niños y niñas estrenando sus nuevos juguetes. Para los adultos, estos son días de nostalgia. Mucha nostalgia. Seguramente, tiempo para rememorar aquel momento en el que la noche de Reyes era la más especial del mundo. No hace tanto.

El concepto de jugar ha cambiado mucho en las últimas décadas. No solo ha cambiado el lugar donde lo hacemos -o hacíamos-, sino también el tiempo que se le dedica, los objetos con los que se juega o el rol de los padres y las madres en los juegos de sus niños. “Hay mucha sobreprotección. Los niños de antes eran más libres en el momento de jugar”, apunta Imma Marín, presidenta de la Asociación Internacional por el derecho de los niños y las niñas a jugar (IPA-Spain).

"Ojalá todos sigamos disfrutando de nuestro niño interior"

Jugar es una actividad que nos permite conocer nuestros propios límites y ser capaces de superarlos. “A través del juego nos conocemos y nos formamos como personas. Los adultos lo vamos eliminando a medida que crecemos y eso es un error”, señala José Luis Pérez Candilejo, un joven profesor del colegio rural de Fuente del Arco, en Badajoz. El juego es imprescindible para el ser humano. De algún modo es la máxima expresión del hedonismo: hacer algo por el placer de hacerlo y sin esperar nada a cambio. Jugar es sinónimo de diversión. Además, está demostrado que aumenta la inteligencia, acelera el aprendizaje, fomenta la autonomía, estimula la curiosidad y mejora las relaciones sociales.

Los mayores a los que hemos escuchado recuerdan las canciones con las que jugaban a la goma elástica: “A lo lococo, a lo lococo, una viejaja se ha caídodo de una mototo”. Ahora eso ya no es suficiente. “A mí me han traído un monopoly en el que se puede pagar con tarjeta” dice uno de los niños.

Otra de las ancianas recuerda cómo cuando ella era joven jugaban al parchís, al dominó y al escondite pero solo entre ellas: “con los niños no nos juntábamos nunca”. En esto, afortunadamente, hemos mejorado como sociedad. No todo está perdido. En las plazas todavía se ven rayuelas, aunque “también jugamos a fortnite”, se apresura a decir uno de los niños.

“Los adultos ahora queremos hacer a los niños maduros antes de la cuenta. Un niño de 10 o 12 años sigue siendo niño. El ser más responsable y autónomo no está reñido con seguir siendo niño y continuar disfrutando de la infancia. Ojalá todos sigamos disfrutando de nuestro niño interior”, concluye el profesor.

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