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Jueves, 27 de Febrero de 2020

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INVERFEST

Un baile con Christina Rosenvinge

La artista madrileña culmina en el Inverfest su gira de presentación de 'Un hombre rubio'

Christina Rosenvinge, en el concierto de este viernes que la sala Joy Eslava ha acogido en el marco de Inverfest.

Christina Rosenvinge, en el concierto de este viernes que la sala Joy Eslava ha acogido en el marco de Inverfest. / C. G. CANO

Quizá no sea la mejor compositora del indie, ni la más innovadora, ni la mejor voz, pero sí ha sido muy persistente y nunca ha dejado de hacer buenas canciones así que, con el paso de los años y gracias, sobre todo, a esas letras punzantes susurradas como solo ella sabe, Christina Rosenvinge se ha convertido en un referente. Ayer su público se lo agradeció llenanado la sala Joy Eslava de Madrid —el mismo lugar donde hace dos años presentó las canciones de Un hombre rubio (El Segell, 2018)— y ella correspondió, literalmente, con un baile.

El concierto, enmarcado en el festival Inverfest, sirvió también como broche final de la gira, completando un ciclo marcado por la catarsis emocinal y un reconocimiento público que llevaba tiempo atascado, pero que —gracias el Premio Nacional de las Músicas Actuales— parece que por fin ha empezado a consolidarse.

La intensidad del show fue claramente de menos a más. Empezó con tres de sus temas nuevos, Niña animal, El pretendiente y Berta multiplicada, para luego empezar a bucear en su extenso repertorio en castellano: Jorge y yo, Romeo y los demás ("una canción que escribí para hacer las paces con todos los hombres de mi vida") y la espléndida Mi vida bajo el agua, con la que metió una marcha más.

La segunda parte del concierto fue la mejor. Con La distancia adecuada empezó a dejarse a llevar ("no bailaba así desde el ¡Chas! Y aparezco a tu lado", bromeó) y con Alguien tendrá la culpa puso a todo el mundo a cantar, así que llegó a lo mejor de Un hombre rubio en velocidad de crucero: la emocionante Romance de la plata, los divertidos gritos de Ana y los pájaros y el mantra de La flor entre la vía, con la que reivindicó que "no somos hijos de nadie porque todos empezamos algo".

Su faceta más rockera apareció con La muy puta, una canción con la que Christina Rosenvinge siempre se crece y que ayer acabó cantando de rodillas y tirada en el suelo del escenario. Reservó para el final La tejedora y Afónico —de lo más parecido a PJ Harvey o Nick Cave que tenemos en España— y se despidió para volver enseguida, sabiendo que había dejado a todo la slaa con ganas de más.

En la letra del primero de sus bises, La piedra angular, canta que "ojalá se pudiera ir bailando hacia atrás". Versos que ella interpretó sentada en el suelo del escenario para, a continuación, proclamar que quería dar las gracias bailando... ¡Y eso hizo! Aprovechó el tramo instrumental del tema para bailar, entre el público, con unos cuantos fans visiblemente emocionados.

El listón ya estaba muy alto así que tuvo que echar mano de la irrestible sencillez de La absoluta nada para luego rematar con los mamporros que con tanta dulzura susurra en Anoche — El puñal y la memoria. Nada que ver su aparición (haciendo ¡Chas!) de hace 32 años, claro. Pero por el camino ha conquistado a públicos de distintas generaciones y celebrar ese éxito bien merecía un baile.

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