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Viernes, 03 de Abril de 2020

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¿Santos inexistentes?

Hay un dicho popular que asegura que "en el cielo tan sólo hay tres santos y un santito". La fresa, en forma de acertijo, tiene su correspondiente explicación. "San" es el apócope de "santo" y se usa antes del nombre propio de todos los santos, con tan sólo tres excepciones: Santo Tomás de Aquino, Santo Tomé y Santo Domingo y además hay... un San Tito

Nos imaginamos que todos ellos estarán en el cielo aunque no todos los santos están ya en las peanas, en tierra o bajo ella. Es decir, que de algunos se ha dudado de su historicidad y santidad y sus supuestos huesos-reliquias, repartidos por tumbas de distintas iglesias, tal vez no sean suyos.

Tras el Concilio Vaticano II, se realizó una Reforma Litúrgica dentro del seno de la Iglesia Católica propugnada por del Papa Pablo VI en el año 1969. En ella se deliberó qué santos tenían categoría universal (con datos históricos contrastados) y de cuáles no se podía acreditar su existencia. Los mártires de los siglos II, III y IV, cuando el cristianismo estaba muy poco extendido por el Imperio Romano Occidental, son los que más dudas ofrecían. La mayoría de estos santos eran de la zona oriental, lo que antes era Asia Central y hoy es Turquía. Y se decidió que algunos santos quedarían desprovistos de aureola –aunque no de devoción- al no estar ya reconocidos como tales. La polémica estaba servida. El razonamiento era que al no disponer la Iglesia de una biografía suficiente para acreditar su existencia (muchos datos se añadieron en el siglo XIII), no se podía afirmar que fueran históricos, si bien se permitiría su culto local. Se declaró, por tanto, que se les calificó de santos en su día más por tradición que por verificación.

Uno de esos santos ha sido San Valentín, patrono de los enamorados, y su hagiografía podría corresponder a tres mártires diferentes que fueron ejecutados en el siglo III, uno de ellos un médico romano que se hizo sacerdote y que murió en el año 270 durante el reinado del emperador Claudio II. Otro fue San Cristóbal, popularísimo patrón de los viajeros y automovilistas, un gigantón cuya efigie podía verse con su barba y su cayado en todas las puertas de las ciudades y en las catedrales. Las distintas tradiciones cristianas están de acuerdo respecto a su origen pagano y poco más se puede decir de él que no esté inventado. Santa Bárbara y Santa Verónica corrieron igual suerte. Y otro fue San Jorge, patrono de muchos países que en el Medievo pasó a ser la figura del perfecto caballero que liberaba doncellas y mataba a dragones. Jorge de Capadocia dicen que vivió en la época del emperador Diocleciano y al dar a conocer su condición de cristiano y no perseguir a los suyos, supuso su martirio. Fue en la Edad Media cuando las leyendas dicen que participa en batallas (como la de Alcoraz de 1096) contra los musulmanes dando siempre la victoria a las tropas cristianas.

En total fueron excluidos 33 santos. La Iglesia Cristiana Ortodoxa no tiene el mismo criterio y no se cuestionó "desantificar" a estos personajes precisamente por ser todos ellos de gran implantación popular.

 

 

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