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Viernes, 29 de Mayo de 2020

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Isabel Barreto

Transcurrieron 26 años hasta que Álvaro de Mendaña zarpara de nuevo desde el virreinato de Perú en busca de las anheladas riquezas de las islas Salomón, archipiélago que había descubierto en 1568, para hacer un asentamiento más definitivo

Aunque tenía la aprobación del rey Felipe II, se encontró con el rechazo de las autoridades coloniales descontentas con los resultados del primer viaje. Durante más de un cuarto de siglo aquellas islas perdidas en el Pacífico habían sido dejadas de la mano de Dios, por suerte para los nativos que ya sabían cómo se las gastaban los exploradores cada vez que invocan el nombre de ese dios. Fue el nuevo virrey, García Hurtado de Mendoza, quien patrocinó la nueva expedición gracias a la influencia de una mujer que se convirtió en la esposa de Mendaña, la gallega Isabel Barreto, que utilizó su dote para financiarla.

Álvaro de Mendaña conoció a la mujer de su vida. A sus 45 años de edad, “flaco, truhan, espadachín y buscafaldas impenitente”, según palabras de su biógrafo, se casó con una joven de 19 años y muy despierta en lo tocante a asuntos administrativos. Era Isabel Barreto que, en esos momentos, se hallaba “en lo mejor de su juventud, pujante su sana belleza, lozana y gallarda”.

El 16 de junio de 1595 zarpan cuatro navíos desde el puerto de Paita rumbo a las islas Salomón. Álvaro, Isabel y tres de sus hermanos van en la nao capitana, la San Gerónimo, de 300 toneladas. Es una expedición privada donde el virrey aporta los efectivos militares y Mendaña había convencido a mercaderes y colonos para que participaran en una aventura donde podían ganar prestigio y dinero, aunque también podían perder la vida. Los historiadores coinciden en afirmar que esta travesía constituye la mayor distancia recorrida por naves españolas durante todo el siglo XVI.

Las islas Salomón no las encuentran, pero descubren varias islas del archipiélago de Las Marquesas. Siguen su rumbo y en la isla de Santa Cruz (cuyo nombre actual es Nendo), Álvaro de Mendaña muere de malaria el 18 de octubre de 1595. Antes dejó en manos de su cuñado Lorenzo el título de almirante de la expedición y nombró a Isabel gobernadora y heredera universal de todos sus bienes. Decisión que no fue bien aceptada por parte de su tripulación. Lorenzo fallece al cabo de unos días por una flecha envenenada y a partir de ese momento, Isabel Barreto se convierte en la primera mujer que ostenta el cargo de almirante en una flota naval española. Y ahí también empezaron sus problemas para hacerse con el control. Isabel tomó el mando de la expedición y a las pocas horas de hacerlo un grupo de marineros, al mando del maestre de campo, encabezó una rebelión que fue sofocada con autoridad y ahorcamientos.

Al final ponen rumbo a las Islas Filipinas. Según el piloto mayor y cronista Pedro Fernández de Quirós, las crueldades de Doña Isabel eran épicas. Llegan a Manila menos de 100 personas de las 378 que embarcaron. Isabel Barreto se casó con Fernando de Castro, un hidalgo venido a menos y con él se fue a Perú y luego a Madrid en el año 1609 para reclamar sus derechos y títulos. En Perú se pierden las huellas de la que fuera la primera y por ahora única “almirante de la flota española”.

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