Domingo, 25 de Octubre de 2020

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Prisciliano

«¿Quién fue Prisciliano, ese español de ayer que ahora sale de su tumba —dejando vacío el hoyo del apóstol en la catedral jacobea— y se tira otra vez al monte para predicar con el ejemplo oscuras y antiguas verdades por los campos de Galicia?», se preguntaba en uno de sus artículos, en 1981, Fernando Sánchez Dragó, quien tuvo el acierto de rescatarlo del casi olvido en el que estaba sumergido en su famosa obra Gárgoris y Habidis

De hecho, fue el propio Dragó quien dirigió en Pontevedra, aquel mismo año, un congreso dedicado por entero a este personaje bajo el auspicio de los Cursos de la Universidad Menéndez Pelayo, y quien más ha ayudado a esbozar un retrato de tan oscuro protagonista histórico.

Así pues, según Dragó, Prisciliano fue «cabeza visible de una tropilla nómada de predicadores que vindicaban el ayuno, el amor libre, el éxtasis, la magia blanca, el corpus hermeticum de los gnósticos alejandrinos (...), la libertad de interpretación de los textos sagrados, el panteísmo emanista y naturalista, el uso de métodos y sustancias psicodélicas, la vida comunitaria, la igualdad entre hombres y mujeres, la desigualdad entre personas y homúnculos —y en líneas generales— el eterno retorno al cristianismo de los orígenes y la progresiva ascendencia hacia formas impalpables de existencia».

Sus doctrinas, su forma de pensar y de actuar no encajaron nunca con la época que le tocó vivir... y eso le costó la vida. De hecho, está aún por escribirse su biografía definitiva, que a buen seguro será tan apasionante como una novela de aventuras y donde se podrá comprobar la gran importancia que tuvo este personaje en nuestra particular historia compostelana.

En el año 378 Higinio, entonces obispo de Córdoba, advertía seriamente sobre el peligro de un tal Prisciliano en tierras de Lusitania. Interesaba que circulara esta imagen negra de quien —según referiría más tarde Sulpicio Severo— se creía que, desde su juventud, practicó la magia. Al menos una cosa sabemos a ciencia cierta de él: Prisciliano se estableció en la Gallaecia romana hasta que en el 380 un concilio en Zaragoza lo condena por hereje y le obliga a abandonar su reducto de seguidores y partir hacia Roma para pedir clemencia al Papa.

Cuando el emperador Máximo condenó a Prisciliano a ser ejecutado como culpable de maleficium —brujería— murieron con él dos clérigos, Felicísimo y Armenio; su acomodada amiga Eucrocia (también llamada Ágape), viuda de Delfidio, y Latroniano, un poeta cristiano de suficiente renombre como para ser incluido en las Vidas de hombres ilustres, de San Jerónimo. Tras su ajusticiamiento, lejos de ser olvidado, tanto su figura como su doctrina pronto alcanzaron inesperadas cotas de popularidad. Escribe Sulpicio Severo: «Sus seguidores, que antes lo habían honrado como santo, después comenzaron a darle culto como mártir... Es más, jurar por Prisciliano se consideraba entonces juramento supremo.»

Fue así como, según todos los indicios de que disponemos, en el año 388 se recogieron sus restos de la iglesia de Tréveris y se introdujeron en un sarcófago de piedra que fue llevado a su vez en una embarcación hasta las costas gallegas. A partir de ese momento, surge un culto que en el siglo IX se solapa con el del apóstol Santiago…

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