Martes, 04 de Agosto de 2020

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Coronavirus Covid-19

De la radio al hospital: mis dos meses como enfermero en La Princesa

Mi temor no era tanto al coronavirus como a mi propia torpeza

Me impresionó mucho tener que sostener el móvil para que un hijo se despidiera de su padre

El domingo 31 de mayo, al acabar mi turno y despedirme de las compañeras, crucé la puerta del Hospital de la Princesa y decidí, a modo de recuerdo, hacerme un selfie. Pero al verme en la pantalla del móvil pasó algo inesperado: empecé a llorar. Lloré y lloré sin poder parar. Lloré mientras caminaba hacia mi casa y, al llegar, seguí llorando un rato más. El primer sorprendido fui yo porque, normalmente, no lloro mucho. Supongo que llevaba dos meses aguantando y que salió todo de golpe.

A algunos lectores y oyentes de la SER les sonará mi nombre por cuestiones gastronómicas. Para muchos de mis compañeros llevo 8 años siendo "Carlos Gastro". Pero antes de eso –mucho antes– fui simplemente "Carlos" y trabajaba como enfermero en el Hospital de Sant Pau de Barcelona.

Me gustaba, fue una época muy bonita. Pero en 2007 decidí cambiar de vida y apostar en serio por el periodismo. Rompí con todo y me fui a El Salvador a trabajar de freelance. Por desgracia, dos años después la crisis me dejó sin colaboraciones y tuve que hacer las maletas. Volví a trabajar de enfermero, ahorré... y me apunté al Máster de El País, lo cual, contra todo pronóstico, me acabó llevando a la SER.

Tantos años después, la verdad, no esperaba volver a ponerme un uniforme de enfermero. Pero llegó otra crisis, la del coronavirus, y todo volvió a cambiar. Me ha costado escribir estas líneas. Sin las preguntas que me ha hecho Roberto Sánchez en La Ventana, probablemente, no lo hubiera conseguido.

Manos oxidadas

Mi jefe fue de los primeros en enterarse. El 15 de marzo le mandé una nota de WhatsApp planteándole que, si la situación empeoraba, quizá dejaba la SER para echar una mano donde fuese necesario. Algo que, a toda costa, deseaba que no pasara. Al fin y al cabo, que yo hiciese falta iba a ser muy mala señal.

Pero así fue. Al leer que el Gobierno aprobaba un decreto para incorporar a estudiantes de último curso (¡como en las guerras!) sentí la llamada del deber y me puse en contacto con el Colegio de Enfermería de Madrid. Fue un paso complicado. Por lo que suponía para mí y, sobre todo, porque sabía que estaba poniendo en riesgo a mi familia. Pese a todo, sentí su apoyo y ya no había vuelta atrás.

Cuando, después de unos días de papeleo, por fin estuve preparado, el teléfono empezó a sonar. En pocas horas, cuatro hospitales distintos. Pero estaban todos muy lejos y, tal y como estaban las cosas, no resultaba muy conveniente cruzarse Madrid todos los días de punta a punta y en transporte público.

El 1 de abril me incorporé –con bastante miedo– al Hospital de La Princesa. Mi temor no era tanto al coronavirus como a mi propia torpeza como enfermero porque el 90% de mi experiencia la había acumulado en distintos servicios de salud mental. Llevaba 10 ó 15 años sin poner una sonda vesical o manejar un respirador...

Un viaje en el tiempo

Mi primer día fue una toma de contacto. Me dijeron que acompañara a un enfermero que, como no daba abasto, me propuso que revisara todo el almacén para volver a familiarizarme con el material y la farmacia. ¡Fue como viajar en el tiempo!

Tras un día en la sexta y otro en la cuarta, pasé a la tercera planta. Allí conocí a Sara, la supervisora, quien me recibió con un "gracias por estar aquí" que jamás olvidaré. En la tercera, normalmente, se atienden pacientes con patología digestiva o urológica, pero en abril solo había un tipo de paciente: los que tenían coronavirus.

Una de las últimas noticias que había publicado en la SER era que el New York Times le había dedicado un reportaje a los "sanitarios kamikazes" españoles. Las imágenes de pasillos abarrotados y enfermeros fabricando EPI con bolsas de basura me había dejado muy impresionado. Pero yo –que no pisé Urgencias ni la UCI, los servicios con más presión asistencial– no vi tanto caos.

La organización del trabajo, además, me ayudó mucho. Habitualmente cada enfermero lleva sus pacientes: 10, 12... Durante la crisis del coronavirus, sin embargo, se estableció un sistema de trabajo por parejas. Durante una mitad del turno una enfermera trabajaba dentro de las habitaciones vestida de astronauta y la otra le asistía desde fuera con todo lo que fuera necesitando. Así nadie se pasaba ocho horas sudando dentro del plástico, con las gafas clavándose en la nariz, y siempre tenías a alguien cerca con quien solventar una duda.

Yo, en los dos meses que he pasado en La Princesa, habré preguntado 100.000 millones de cosas y siempre he obtenido respuesta. Los hospitales están llenos de enfermeras y auxiliares valiosísimas a las que nunca reconoceremos lo suficiente. Gente tan formada, generosa y entregada como Vanesa, Lucía, Virgi, Amparo, Edu, Diana, Sonia, Jackie, Tere, Marta, Alba, Marina, Patri, Gustavo, Vicky, Sara...

Los refuerzos

Buena parte de la plantilla estaba de baja. Por eso, de repente, aparecieron enfermeras venidas de centros de salud, de clínicas privadas, de quirófanos que habían cerrado... ¡Incluso estudiantes de enfermería! Me quito el sombrero ante todas esas chicas de 20 años que, cuando ha hecho falta, con mucha generosidad y poco sueldo, han ayudado a sostener el sistema sanitario público español. ¡Chapó!

Porque sí, claro, hemos vivido situaciones muy duras. El día que Diana me contó cómo había vivido estos dos meses sentí un orgullo infinito: noches sin dormir, entrega absoluta con o sin EPI, esfuerzos titánicos a cambio de una sonrisa...

A mí me impresionó mucho tener que sostener el móvil para que un hijo (cincuentón) se despidiera de su padre (nonagenario). ¿Cómo te despides de tu padre por teléfono, sabiendo que tienes poco tiempo y sin siquiera tener claro si te está escuchando? ¿Qué dices en un momento así? Yo solo alargué el brazo e intenté cumplir con mi función de intermediario. Cacé alguna palabra suelta, algún "te quiero mucho". Y pasados unos minutos me puse al teléfono y le dije que íbamos a cuidarle hasta el final tan bien como pudiéramos. Y él lloró como un niño pequeño. Y me dio las gracias. Y me preguntó que si a continuación podía llamar su hermana...

Lo que peor llevé, de todas maneras, fue sentir que estábamos haciendo una enfermería de batalla porque, en muchas ocasiones, no podíamos entrar en las habitaciones tantas veces como hubiese sido necesario. Muchos de los pacientes eran abuelitos con algún tipo de demencia. Personas mayores solas e incapaces de manejar un smartphone con el que llamar a sus nietos. Pacientes con dolor que se lamentaban sin parar durante horas y que, a menudo, se sentían abandonados.

Había una abuela especialmente entrañable. No supe mucho de ella ni de su vida, pero vi a mi propia abuela en alguno de sus gestos. Una tarde, después de haberle puesto todos los calmantes que podíamos ponerle, de haber estado hablando con ella y de haberle acomodado en la cama tan bien como habíamos podido, decidí volver a entrar y acariciarle la espalda. Solo eso. Pero fue mágico. Dejó de quejarse al instante y sentí que estaba aliviando su dolor. No pude quedarme mucho...

Otro día vi como un paciente empeoraba de repente. Aumentábamos la cantidad de oxígeno y no respondía. Avisamos a los médicos de guardia y, en cuesión de minutos, la habitación se llenó de gente. Todo empezó a pasar muy deprisa. Llevaba años sin presenciar una situación tan crítica y me quedé bloqueado. Por suerte fui consciente de mi propia inutilidad y me aparté, dejando que actuaran otras compañeras. Al poco, el paciente ingresaba en la UCI. Tuvo suerte. No siempre había sitio.

Un final casi feliz

También he compartido buenos momentos. Visitas a pacientes que mejoraban día a día y con los que aprovechaba la toma de constantes para saber más de ellos y de sus vidas. Les preguntaba qué emisora estaban escuchando, si habían hablado con su familia por teléfono, si estaban siguiendo los ejercicios respiratorios... Y a muchos les he visto recoger sus cosas para volver a casa. ¡Los supervivientes!

A principios de mayo la situación de la pandemia había mejorado bastante y el hospital fue volviendo, poco a poco, a la normalidad. Nosotros, en la tercera, cerramos el servicio y nos pasamos tres o cuatro días limpiando y desinfectando a fondo. Ampolla por ampolla, carro por carro... Una de esas tardes, como no teníamos pacientes a los que atender, decidimos bajar a la puerta de Urgencias para aplaudir. ¡Qué subidón! Al ir vestido de blanco, los vecinos nos aplaudían como si les fuese la vida en ello. Jamás había sentido tanto agradecimiento. Todos éramos uno.

Pero aunque hay momentos mágicos y también divertidos, el trabajo en un hospital es duro. No todo el mundo es capaz de convivir día tras día con el miedo, el dolor o la muerte. Y es triste pensar que en España, donde hay miles de personas que tienen ese superpoder, a veces les tratamos mal. Muy mal.

Muchos compañeros se han lamentado estos días de que los aplausos de las 20.00 iban a quedar pronto en el olvido y de que su situación a medio plazo iba a seguir siendo tan precaria como antes del coronavirus: contratos temporales, horarios imposibles, destinos sin sentido, formación desaprovechada... Ojalá no sea así porque se merecen –nos merecemos– algo mejor. Ojalá hayamos aprendido la lección. Tendremos que seguir luchando.

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