Jueves, 01 de Octubre de 2020

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ENTREVISTA

Francesco Tonucci: "¿Es posible que la escuela no pare, si ha parado el mundo?"

El psicopedagogo italiano defiende que la crisis sanitaria del coronavirus se presenta como una oportunidad única para transformar todo lo que no funciona en el sistema educativo

"Elisa, una niña peruana de nueve años, nos dijo que no podía entender lo que pasaba en el mundo porque estaba en la escuela. Eso es una fotografía dramática de lo que puede ser la escuela", lamenta el experto en educación

Francesco Tonucci, durante una entrevista en la Cadena SER en octubre de 2015

Francesco Tonucci, durante una entrevista en la Cadena SER en octubre de 2015 / Cadena SER

El experto en educación Fabricio Caivano dice que Francesco Tonucci es “la reencarnación de Mafalda”. No le falta razón a la hora de definir a alguien que ha dedicado toda una vida a escuchar a los niños. A hacer (y hacerse) preguntas impertinentes. A estudiar cómo las calles, los jardines o las plazas de un barrio pueden convertirse en el elemento más importante en el proceso de aprendizaje de los más pequeños. Francesco Tonucci, uno de los psicopedagogos más relevantes de nuestro tiempo, nos habla desde su casa en las montañas de la Toscana, desde donde no ha parado de trabajar durante la crisis sanitaria para investigar cómo la pandemia puede ser una oportunidad única para transformar todo lo que no funciona del sistema educativo actual.

En apenas una semana el coronavirus logró paralizar el mundo. Se detuvo el tráfico en las ciudades, se cerraron negocios, nos encerramos en nuestras casas. Y mientras todo eso ocurría, la educación adoptó como lema “la escuela nunca para”. ¿Es posible que la escuela no pare, si ha parado el mundo?, se pregunta Tonucci. “Los niños siguieron estudiando los dinosaurios, Groenlandia, o la fotosíntesis simplemente porque estaba previsto en sus libros de texto”, critica el psicopedagogo italiano mientras recuerda el testimonio de Elisa, una niña de nueve años residente en Lima (Perú): “Elisa nos dijo que no podía entender lo que pasaba en el mundo porque estaba en la escuela. Eso es impresionante, una fotografía dramática de lo que puede ser la escuela”, lamenta Tonucci.

“Los niños siguieron estudiando los dinosaurios, Groenlandia, o la fotosíntesis simplemente porque estaba previsto en sus libros de texto”

Según el psicopedagogo italiano, debería aprovecharse esta oportunidad para por fin escuchar la opinión de los más pequeños. Él lo hizo, y extrajo como conclusión que los niños estaban felices de pasar más tiempo con sus familias, pero hartos de hacer deberes y seguir las clases a través de una pantalla. “El juego era un derecho fundamental, una necesidad irrenunciable como comer, pero de esto no se ha hablado”.

¿Teme que de esta salga una generación de niños tristes?

 Depende de nosotros. Los niños no serán tristes si pueden ser niños. Si pueden jugar. Y jugar significa salir, encontrar un amigo o amiga, decidir un juego, buscar el lugar adecuado para esto y vivirlo en autonomía. Jugar no es tirarse por un tobogán. Los adultos deberían pensar más en su infancia, en lo que fue significó para ellos. Esto podría ayudar mucho a no repetir los errores.

Y para que los niños sean niños, Tonucci es un firme defensor de dejarlos salir a la calle sin la compañía de un adulto. Solo así, explica el psicopedagogo, les pasarán cosas, imaginarán y tendrán algo que contar al regresar a casa. Ahora mismo, dice, “la transgresión es un lujo que los niños no pueden vivir porque pasan la vida acompañados de sus padres o sus profesores”.

“La transgresión es un lujo que los niños no pueden vivir porque pasan la vida acompañados de sus padres o sus profesores”

Convencido de que cuando los más pequeños salen a las calles, las ciudades se vuelven más seguras, Francesco Tonucci impulsó a principios de los años noventa el proyecto La Ciudad de los Niños. Una iniciativa que pone a la infancia en el centro de la planificación urbana porque “una ciudad que sea adecuada para os niños, será mejor para todos”, según el psicopedagogo. A su proyecto se han sumado más de 200 ciudades de todo el mundo, y a estas alturas, sus buenos resultados están más que comprobados. Tonucci explica: “Los niños tienen la capacidad de obligar a los adultos a hacerse cargo de ellos y cuidarse. Tenemos experiencias en ciudades problemáticas, como el Gran Buenos Aires, donde los hechos criminales en algunos de los barrios más conflictivos se redujeron a la mitad a principios de los años 2000”. En definitiva, “los niños consiguen mucho más que cientos de policías o cámaras de seguridad en las calles”.

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