Lunes, 30 de Noviembre de 2020

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'Eugenia Grandet', el dinero como motor del mundo

Una novela extraordinaria, llena de detalles, que describe al avaro por excelencia y que pinta a una mujer muy particular

Honoré de Balzac nació en Tours en 1799 y murió en París en 1850. Es uno de los novelistas más relevantes de la primera mitad del siglo XIX francés. Trabajador incansable y escritor prolífico, elaboró un ciclo de varias decenas de novelas agrupadas bajo el título 'La comedia humana', con la intención de reflejar y describir en detalle la sociedad de su tiempo. Podemos destacar 'La piel de zapa', 'El médico de aldea', 'Papá Goriot' o 'Las ilusiones perdidas'.

'Eugenia Grandet' se publicó en 1833 y es una novela extraordinaria, llena de detalles, que describe un mundo que casi podemos tocar, que describe al avaro por excelencia, que habla del dinero como motor del mundo y que pinta a una mujer muy particular, de provincias, sacrificada y dependiente.

'Eugenia Grandet' se convirtió rápidamente en un texto clásico. Es una obra que posee aparentemente el mérito de representar la novela realista en su mejor forma: una intriga simple y bien llevada, unos personajes concretos, un contenido comprensible y una moral irreprochable. El éxito de 'Eugenia Grandet' no dejó de aumentar. Forma parte de las novelas más reimpresas entre 1860 y 1899, se convierte en una presencia regular en concursos y aulas, y figura en el programa de oposiciones a las cátedras universitarias de 1889.

La elección de las provincias para situar la novela puede sorprender, y Balzac es el primero en reconocerlo. Las provincias resultan lejanas y desconocidas; no poseen 'ni relieves ni salientes'; son monótonas, silenciosas y secretas, de una naturaleza en apariencia 'hueca'». Pero la realidad es mucho más tormentosa. Pasiones y misterios, dramas, desenlaces en una sola palabra; todo tipo de acontecimientos se dan en ellas.

Las provincias son una prodigiosa reserva de fábulas para quien está dispuesto a mirar muy de cerca y con paciencia. Porque ignoran lo accidental y lo fútil, obran a largo plazo; bajo un aspecto insignificante, la vida adopta en ellas aires de tragedia; las desgracias se transforman allí en destinos.

Del mismo modo que la arqueología (ya cruzada con la sociología) pretende reconstituir a partir de un fragmento de arquitectura un mundo como suma de costumbres, la práctica novelesca debe interpretar, plantear relaciones, remontarse a la fuente de los comportamientos.

Por consiguiente, todo se sostiene y tiene sentido: el carácter de un personaje se lee tanto en su indumentaria como en sus particularidades físicas o en su interior, el menor detalle tiene valor de indicio, toda parte conduce al conjunto que ilumina. En busca ya de un origen que será la idea fija del naturalismo, obsesionado por los modelos y las ciencias que convoca en desorden, el realismo en literatura plantea así su legitimidad. En realidad, solo aspira a una racionalidad bien entendida.

"Gran geógrafo de las pasiones"

Balzac sabe escribir con simplicidad sin ser simple. No basta decir que es un excelente conocedor de los sentimientos humanos: desde que en 1829, en 'La fisiología del matrimonio', analizó los menores movimientos del corazón en su relación con la sociedad, se aseguró la fidelidad y la admiración de un público ante todo femenino. "El señor Balzac aborda el tema del sexo como un confidente que consuela, un confesor similar a un médico", observa Sainte-Beuve.

El escritor construye su intriga sentimental sobre dos verdades a las que inscribe en el orden de la 'naturaleza'. Ambas poseen la misma importancia, y solo existen unidas. Balzac empieza ensalzando las delicias de un nacimiento: la llegada del amor, su reconocimiento y los cambios repentinos que produce (entre ellos la coquetería). A continuación detalla los pensamientos que genera el amor y las virtudes que suscita: piedad, modestia, probidad, simplicidad, generosidad y pudor.

Balzac pinta lo que denomina el 'ilotismo' de las mujeres de provincias

El 'ilotismo' se refleja en la condición de esclava sin autonomía y sin deseo que define a la señora Grandet, a su criada, más tarde a Eugenia, sin ambages, no para proponer un remedio.

Tras leer 'Eugenia Grandet', las mujeres aplaudieron la obra y expresaron su entusiasmo al autor. Se identificaron con la heroína como habrían podido hacerlo con una hermana o una amiga, la compadecieron, lloraron con ella y comprendieron su dolor.

Como escribió Balzac: "Entre las mujeres, Eugenia Grandet tal vez sea un tipo, el de la abnegada que se enfrenta a las tempestades del mundo y se hunde en ellas como una noble estatua robada en Grecia y que, durante el transporte, cae al mar donde permanecerá para siempre ignorada".

Allá donde Molière pintó la avaricia, Balzac ha querido mostrar al avaro. El avaro de Balzac no es, como en Molière, la caricatura viva de un conocido defecto. Se llama Félix Grandet, mide 1,62 m; come de pie una tostada y bebe un vaso de vino blanco; desde 1791 lleva una corbata negra y un sombrero de cuáquero. Antes de ser un arquetipo, es un individuo definido por una condición.

La avaricia posee su 'fisiología': sus manifestaciones se describen, su actividad se analiza, sus signos forman un sistema y se interpretan. La pasión de Grandet se lee en sus ojos, amarillos como el color de las monedas que manipula. Una economía de fachada, hecha de pequeñeces y mezquindades, oculta así una inmensa satisfacción interior, un placer tan egoísta como desenfrenado.

El dinero como motor del mundo

Pero es que en 'Eugenia Grandet', el dinero no es solo un valor; es una energía, un temible campo magnético que lo atrae todo hacia sí y al que todo conduce. El 'realismo mítico' está ahí: en ese dinero en sumas, en cifras, en cálculos arrojados a manos llenas en la novela y que hacen de Eugenia Grandet una epopeya de la riqueza que se está constituyendo, una novela picaresca sobre el arte de acumular beneficios, una ficción del provecho.

A pesar de las apariencias (entre ellas un vocabulario muy marcado por las finanzas y el derecho notarial), Balzac no tiene otra intención que mostrar, más allá del carácter pasmoso de los gastos, la extraordinaria movilidad de la fortuna, el formidable enmarañamiento de los negocios durante la Restauración, el dinero como resorte, como motor, como fuente viva.

(El texto se ha extraído en gran parte de la introducción de Martine Reid a la edición de Penguin Clásicos)

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