Sábado, 24 de Octubre de 2020

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Padre de nadie

"Me conozco poco. Soy un misterio para mí misma, pero sé que algunas cosas me hicieron, en parte, lo que soy"

Me conozco poco. Soy un misterio para mí misma, pero sé que algunas cosas me hicieron, en parte, lo que soy. Cosas como la poesía, como el cine de Kieslowsky, como haber sido irradiada desde la infancia por Mafalda, el personaje de Quino. Cuando empecé a leerla, a los seis años, él ya había decidido no dibujarla más. Leí sus libros como se leen los libros de devoción: la Toráh, el Corán, la Biblia. Ella era más inteligente que sus padres, veía más allá, pensaba más allá. Mientras ellos ambicionaban comprarse el primer auto, ella se preocupaba por el hambre y el rol de las mujeres. Era magnífica, pero me inoculó una desadaptación desesperante. Quino la había equipado con una mirada compasiva hacia el mundo adulto que yo, un artefacto de carne y hueso, no tenía: el mundo adulto me parecía arbitrario, injusto, prepotente, cobarde, y me sentía respaldada en esos sentimientos por Mafalda, pero mis desplantes, mis desobediencias, mis rebeldías, chocaban de frente con frases como "Soy tu madre y vas a hacer lo que te digo". Allí donde Mafalda miraba con piedad yo sentía una ira legionaria. Pero, más allá de esos efectos colaterales que poco tienen que ver con la mirada dulzona que suele derramarse sobre el personaje, después de Mafalda Quino hizo obras majestuosas que recopiló en libros como Mundo Quino, Quién anda ahí, o Potentes, prepotentes e impotentes. Era un dibujante soberbio, con una erupción de ideas brutales en las que primaba el tema de los débiles y los poderosos. Lo entrevisté dos o tres veces y siempre fue, para mí, un perfecto desconocido. Tenía una inteligencia seductora mezclada con una sensibilidad que lo hacía sufrir mucho: lloraba al leer noticias sobre niños migrantes o ejecuciones de grupos islámicos, y había un lado oscuro en él que me hubiera gustado desentrañar. En una entrevista le preguntaron si dibujaría el final de Videla y Pinochet y respondió: "Espero que terminen lo peor que puedan. Algo con mucho sufrimiento, no una muerte rápida". Yo leí, en eso, la crueldad de los tímidos e imaginé una viñeta impublicable. La última vez que lo entrevisté estaba muy afectado por el glaucoma y casi no veía. Le pregunté si se le seguían ocurriendo cosas y me dijo: "No. Me las censuro. Me hace muy mal que se me ocurran cosas y saber que no las puedo dibujar. Estoy todo el tiempo frenándome la imaginación". Cuando le pregunté, inevitablemente, por Mafalda, me dijo: "A veces siento que la gente me reprocha como a un criminal de guerra que hace años mató a nueve personas: los nueve personajes de la historieta. Me tratan como si fuera un asesino". Murió la semana pasada y yo no dejo de preguntarme si, con la insistencia que pusimos en hablar de este hombre, que se negó conscientemente a tener hijos, como del padre casi cándido de una magnífica criatura de seis años, estuvimos a la altura de lo que fue.

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