Domingo, 29 de Noviembre de 2020

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'Cumbres borrascosas', la pasión por el exceso

La novela adquiere progresivamente un poder transgresor que nos ofrece una potente mezcla compuesta por la satisfacción de las fantasías y la fascinación del horror

Emily Brontë, la quinta de seis hermanos, nació en 1818 y murió en 1848, con 30 años. Se crió en la parroquia del pueblo de Haworth, en Yorkshire. Aunque no se trataba de la pequeña aldea que ha inventado la leyenda popular, sino de una localidad de casi 5.000 habitantes con una industria textil floreciente, la vida de Emily en Haworth estuvo en gran medida confinada a la esfera familiar; vivía aislada en una casa en las afueras del pueblo, con la iglesia y el camposanto delante como salvaguardia, y el páramo detrás como vía de escape.

Su infancia quedó ensombrecida por la muerte: primero de su madre, en 1821, y luego de sus dos hermanas mayores, Maria y Elizabeth, en 1825. No es de extrañar que cuando de niña empezó a escribir historias, las llenara a modo de consuelo milagroso, de personajes que volvían de entre los muertos con cierta regularidad.

Publicó 'Cumbres borrascosas' en 1847. Ese año la novela más leída fue 'Jane Eyre', de su hermana, Charlotte Brontë. No fue hasta el siglo XX cuando la novela de Emily empezó a disfrutar de la popularidad y de la consideración crítica que merecía. Con el paso del tiempo 'Cumbres borrascosas' se ha convertido en uno de esos textos excepcionales, como 'Frankenstein' o 'Drácula', que han trascendido sus orígenes literarios y han entrado a formar parte del léxico de la cultura popular y una de las novelas en lengua inglesa sobre la que más se ha escrito. Es absolutamente excesiva, compleja, pero es un disfrute que hay que saborear por lo menos una vez en la vida.

A diferencia de las novelas industriales de Charles Dickens, 'Cumbres borrascosas' no muestra ningún compromiso con problemas sociales de gran alcance: su entorno está tremendamente desvinculado. Gimmerton, parece remota, desconocida y se presenta apenas de manera esquemática. El reino de 'Cumbres Borrascosas' y de la Granja de los Tordos funciona como un mundo aparte, una realidad en exclusiva para el texto, de modo que cuando los personajes abandonan ese mundo, como lo hace Heathcliff, da la impresión de que desaparecen misteriosamente en el vacío.

Un mundo oscuro y apasionado de reclusión y tortura

Al igual que la novela gótica, 'Cumbres borrascosas' crea un mundo oscuro y apasionado de reclusión y tortura, de fantasmas y niños cambiados. Y comparte también con los románticos la obsesión por la autoridad de la imaginación y la emoción, y la preocupación por la influencia de la formación en la infancia y por la relación del hombre con el medio natural. Su foco es 'antisocial', y no ético o comunitario, y su personaje central, Heathcliff, encarna una variante del héroe byroniano.

Aunque 'Cumbres borrascosas' escandalizó a muchos de sus primeros lectores, disfrutó no obstante de un éxito modesto en su día. Los críticos contemporáneos reconocieron en una u otra medida su "excelencia intrínseca", y el interés por la obra se avivó tras la muerte de Emily en 1848, tanto por afinidad con el éxito de las novelas de Charlotte, como por la creciente fascinación en torno a la biografía de las Brontë.

Al principio, la publicación casi simultánea de las obras de tres hermanas anónimas despertó una enorme curiosidad, puesto que denotaba una extraordinaria concentración de talento en una sola familia, curiosidad que alimentaron más adelante los sorprendentes detalles de la existencia aislada y excéntrica de las Brontë en los páramos de Yorkshire.

El persistente poder de fascinación de 'Cumbres borrascosas' proviene del hecho de que la novela no solo incorpora elementos de diversos géneros, sino que también cuestiona los distintos elementos creando tensión entre ellos.

Así, por ejemplo, el placer por los detalles familiares que transmite el realismo del texto rivaliza con el poder transgresor del género fantástico y del terror, satisfaciendo de este modo nuestro gusto por las 'emociones de identificación' así como por las 'emociones de sorpresa'. De modo similar, la intensidad y el escapismo del romance de la novela tiene su contrapeso en el sagaz entendimiento y en la objetividad de la exploración psicológica.

La concepción popular tiende a centrar la grandeza de la novela en el poder de la relación central del libro entre Catherine y Heathcliff.

La atracción de la obra como historia de amor 

En cierto nivel, la novela parece celebrar un amor trascendente que traspasa los límites de la autoridad, de lo terrenal e incluso de la muerte. Catherine y Heathcliff comparten un compromiso de resistencia y comprensión consumadas, y al plantear una relación como esta, la novela reconoce e invoca explícitamente un deseo universal de encontrar al Otro ideal.

Puede que la pasión mutua que sienten Catherine y Heathcliff se haya convertido en sinónimo de la aventura amorosa arquetípica. Sin embargo, la suya es en realidad una relación cuasi incestuosa, extrañamente carente de erotismo que amenaza con socavar certidumbres tan básicas como la de la identidad individual.

El hecho de que 'Cumbres borrascosas' haya atraído tantas capas de adiciones culturales puede verse como una manera de responder a ese carácter perturbador. Es un libro que genera tensiones —entre el sueño y la realidad, entre el yo y el otro, entre lo natural y lo sobrenatural, entre el realismo y el melodrama, entre la estructura formal y el caos emocional—, pero que las deja sin resolver.

Desde el punto de vista formal, la novela siembra la confusión en torno a los nombres. El lector debe lidiar no solo con nombres cambiantes, sino con una duplicación desconcertante que a menudo complica la identificación individual. Además, las similitudes entre generaciones ayudan a desdibujar las diferencias. El linaje parece confuso, ya que, por ejemplo, Hareton, el sobrino de Catherine, se parece más a ella que su propia hija Cathy, y al mismo tiempo parece más hijo de Heathcliff que el hijo biológico de este, Linton.

El poder transgresor de la novela

'Cumbres borrascosas' adquiere progresivamente un poder transgresor que nos ofrece una potente mezcla compuesta por la satisfacción de las fantasías y la fascinación del horror. Esta transgresión de los límites tiene lugar a nivel literal y también metafórico. Algunos críticos han señalado la obsesión de la novela por los límites físicos, como muros, ventanas, vallas, umbrales y cerraduras. Estos límites acostumbran a estar custodiados y, con la misma frecuencia, acostumbran también a ser vulnerados. De este modo, pese a que un personaje tras otro traten de hacerse con el control de su mundo dejando a los otros encerrados dentro o fuera de él, la novela documenta el fracaso de cada uno de estos intentos.

El alto nivel de violencia de la novela, al parecer al alcance de cualquier personaje, pone también en tela de juicio los supuestos acerca de los límites restrictivos del comportamiento civilizado. Tal vez Heathcliff ocupe una posición tan al límite, que en algunos momentos parece rozar a la bestia y en otros al diablo, que no nos choque su 'ferocidad semisalvaje'. No obstante, hasta los representantes del mundo civilizado de la Granja traicionan la débil línea que separa restricción y abandono, cultura y naturaleza.

El poder transgresor de la novela es todavía más patente en sus devaneos con los tabúes fundamentales, en especial los del incesto y la necrofilia. Para ser exactos, en la novela, claro está, no llega a cometerse incesto porque a Heathcliff y a Cathy no los unen lazos de sangre y, en cualquier caso, su relación nunca se consuma. De todos modos, hay un elemento seudoincestuoso en el vínculo que los une, dado que se han criado como hermanos.

En algunos aspectos, el mundo de la novela al completo es como un sueño. Geográficamente remoto, social y temporalmente aparte, es un mundo que funciona al margen de toda norma. Las transgresiones de la identidad, la sexualidad y los tabúes son propias del estado de sueño, que ofrece un reino sin censuras, libre de las rigideces de la lógica; un espacio en el que no se aplican límites. En los sueños, uno puede ser al mismo tiempo el observador y el participante, el yo y el otro.

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