Miércoles, 25 de Noviembre de 2020

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'La guerra de los mundos', una novela contra el imperialismo

Una obra sobrecogedora desde su inigualable párrafo inicial hasta su espléndido desenlace

Herbert George Wells nació en 1866 y murió en 1946. Escritor, novelista, historiador y filósofo británico. Será recordado por sus novelas de ciencia ficción y de hecho es frecuentemente citado como el 'padre de la ciencia ficción'. Un cráter del lado oscuro de la Luna lleva su nombre.

El autor francés Julio Verne llevaba años practicando un género nuevo, consistente en narraciones didácticas que divulgaban los conocimientos científicos del momento al tiempo que formaban a los jóvenes lectores, transmitiéndoles de un modo ameno los valores del socialismo romántico. La Gazette propuso al joven Wells emularle con pequeños cuentos que reflejasen el apogeo científico que estaba viviendo el siglo, pero que también se atrevieran a especular sobre las consecuencias negativas que aquella imparable erupción de inventos podría tener para el mundo. Ahí empezó todo.

Cuatro novelas que fundaron el género de la ciencia ficción

En un lapso de apenas cuatro años publicó 'La máquina del tiempo', 'La isla del Dr. Moreau', 'El hombre invisible' y 'La guerra de los mundos', en 1898. Cuatro novelas que hablaban de temas que hasta ese momento nadie había tratado. Cuatro novelas que fundaron el género de la ciencia ficción.

Sin embargo, se distanció de muchos de sus contemporáneos al ser uno de los primeros pensadores que advirtió del peligro de confiar ciegamente en las máquinas. Siempre postuló que era el hombre quien debería dominar a las máquinas, y no al revés.

Durante la última época de su vida, Wells asumió la tarea de defender en escritos y conferencias todo aquello que considerara positivo para el progreso, así como en criticar los grandes conflictos bélicos que asolaron Europa.

Y es que H. G. Wells fue toda su vida un izquierdista convencido. De hecho, su primera novela, 'La máquina del tiempo' de 1895, trataba fundamentalmente la lucha de clases. Convencido de la necesidad de un sistema social más justo, se uniría a la Sociedad Fabiana, cuyo objetivo era instaurar el socialismo de forma pacífica, si bien las diferencias con ciertos miembros (por ejemplo Bernard Shaw) acabaron por distanciarlo del grupo.

Wells criticó la hipocresía y la rigidez de la época victoriana, así como el imperialismo británico y en su novela 'Ann Verónica' de 1909, se adelanta a lo que serían los movimientos de liberación femeninos. Wells estaba convencido de que la especie humana podría ser mejorada gracias a la ciencia y a la educación.

Todas las obras de H. G. Wells están influidas por sus profundas convicciones

En 'La máquina del tiempo' (1895) abordó el tema de la lucha de clases; en 'La isla del doctor Moreau' (1896) y en 'El hombre invisible '(1897), los límites éticos de la ciencia y la obligación del científico de actuar de forma ética más allá del poder que le otorgan sus descubrimientos; en 'La guerra de los mundos' (1898), la crítica de los usos y costumbres de la época victoriana y las prácticas imperialistas británicas.

'La guerra de los mundos' fue una de las últimas novelas de ciencia ficción que escribió Wells, quien terminó por acatar los consejos de su editor que no cesaba de instarle a usar su innegable talento en novelas más ambiciosas que le granjearan el sitio que merecía en la historia de la literatura. Si quería que la fama que se había labrado fuese duradera, sus obras debían ser algo más que un exuberante y aturullado despliegue de imaginación. "Puedes hacer cosas mejores, mucho mejores; para empezar, tendrías que tomarte a ti mismo mucho más en serio", le escribió Henley en una de sus admonitorias cartas.

Su insistencia acabó por minar a Wells, que se olvidó de la fantasía y se aplicó a escribir novelas más serias. Siguiendo la estela de Dickens, escribió 'El amor y el señor Lewisham', la historia de un joven corriente y moliente que se precipita hacia un matrimonio autodestructivo. Esta novela fue la primera de una larga serie de obras en las que, siguiendo los consejos de Henley, utilizó sus propias experiencias y reacciones como cantera de materiales narrativos.

Luego llegaron 'Kipps: la historia de un hombre sencillo', 'Ann Veronica' o 'Tono­-Bungay', considerada su obra más artística. En el último tramo de su vida también publicó numerosas obras de carácter enciclopédico, como la ambiciosa 'Breve historia del mundo'. Por ninguna de ellas, sin embargo, es recordado hoy en día. Por suerte, aunque por aquel entonces ni él ni su editor lo supieran, H. G. Wells ya había hecho Historia.

Parte de la vida de Wells transcurrió en una de las épocas más favorables para la inventiva: la época victoriana. Durante ese período, la ciencia experimentó un progreso espectacular, sembrando el mundo de maravillas. Se inventó la máquina de vapor, el teléfono, el ferrocarril, el gramófono, la máquina de escribir, se implementó el alumbrado eléctrico, incluso el cine empezó su andadura a finales del siglo XIX.

Resulta lógico que para el ciudadano de ese tiempo, acosado por todas aquellas innovaciones, los científicos se convirtieran en los nuevos sacerdotes. Eran capaces de trastocar las creencias más arraigadas, como hizo Charles Darwin con su teoría de la evolución, a la par que asentaban las bases del mundo moderno.

Un inigualable párrafo inicial y un espléndido desenlace

La mente de Wells creó con 'La guerra de los mundos' una novela apocalíptica en la que aceptó la tesis de que podrían existir marcianos inteligentes, los dotó de la naturaleza agresiva y los envió a medirse con el todopoderoso ejército humano en una confrontación nunca vista hasta entonces, con ambos bandos convertidos en títeres de lo que, en el fondo, no dejaba de ser una lucha evolutiva.

En un tono periodístico que casi parecía la crónica de unos sucesos imposibles, Wells narró con gran minuciosidad una destrucción sin el menor esfuerzo ni atisbo de misericordia, como si los humanos no les merecieran más respeto que las cucarachas. 'La guerra de los mundos' es una novela vibrante, muy desasosegante, y con un final extraordinario. Tal vez ahora estemos más acostumbrados, pero hay que pensar en lo que supuso para el lector de 1898.

En 'La guerra de los mundos', Wells usa la invasión marciana como excusa para criticar el antropocentrismo, advertir del proceso de militarización de Alemania, que acabó conduciendo a la Primera Guerra Mundial, y cargar contra el imperialismo británico. No es difícil ver en el desdén con que los alienígenas pisotean los valores y la autoestima de los terráqueos, el mismo desprecio que los británicos, y los europeos en general, mostraban por los indígenas, como revelaba la colonización de África o de Tasmania, donde en poco tiempo cinco mil aborígenes habían quedado reducidos a un número casi insignificante.

'La guerra de los mundos constituye' toda una lección moral para una época cautivada por la eclosión de la tecnología. Es una obra sobrecogedora desde su inigualable párrafo inicial hasta su espléndido desenlace. Aparte de constituir toda una lección moral para una época cautivada por la eclosión de la tecnología, se trata de uno de los mejores finales que ha cerrado nunca una novela.

El éxito de la obra se debió también a la sorprendente vuelta de tuerca que supuso para las historias de invasiones alienígenas, que hasta el momento habían presentado al ser humano como el sumo conquistador del cosmos, colonizando planetas merced a su impresionante tecnología, mientras ahora apenas mostraba una patética resistencia ante la superioridad marciana.

Ha tenido muchas adaptaciones cinematográficas y es famosísima la dramatización radiofónica de Orson Welles, de la que su autor renegó calificándola de "ultraje".

(Este texto está basado en su mayor parte en el magnífico prólogo de Félix J. Palma en la edición de Penguin Clásicos)

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