Sábado, 24 de Octubre de 2020

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Del otro lado

"No creo que la poesía nos haga mejores. Nos potencia, nos destila, a veces nos salva. Otras nos susurra cosas que no sabíamos que sabíamos, como esos versos de Glück con los que entendí de un golpe todo lo que necesitaba saber sobre la aniquilación y el amor"

Es raro estar del otro lado. Del lado de los que dicen “Yo la conozco”, mientras tantos se preguntan “¿Quién es?”. Porque esa pregunta –quién es- es casi siempre la que me hago yo. Me la hice en 2009, cuando ganó Herta Müller, y en 2011, cuando ganó Tomas Tranströmer. A Elfriede Jelinek, que ganó en 2004, la conocía sólo por una película fabulosa, La pianista, protagonizada por la siempre temible Isabelle Hupert, que está basada en un libro suyo. Ahora estoy en la orilla en la que casi nunca estoy: en la orilla de los que saben. La semana pasada Louise Glück, una poeta estadounidense, ganó el premio Nobel de Literatura y yo sé perfectamente quién es. La descubrí en 2008, por azar y curiosidad. Tomé uno de sus libros en una librería, lo abrí, me topé con el poema llamado Parecido terminal, que cuenta la última vez que vio a su padre, y quedé convertida a su religión. ¿Cómo se lee la poesía? Quizás con una inteligencia secreta que permite comprender lo incomprensible. Puedo leer a poetas complejos sin entender una palabra y, así y todo, sentir un peso, una gravedad en el cuerpo, como si alguien estuviera trabajando por dentro, haciéndome más grande y peor. Me pasa con La tierra yerma, de T. S. Eliot, un poema que a veces entiendo perfectamente y otras me enceguece y dejo de entenderlo por completo, aunque siempre me devuelve al estado de brutalidad virginal que tenía cuando me inseminó por primera vez. Louis Glück es otra cosa. Manipula materia noble e innoble, mitos y vida cotidiana, babas y mocos y los dioses griegos, y los lleva a una existencia amplificada pero siempre comprensible. Tiene una levedad espesa, inteligente y densa, con versos como “Observamos el mundo una vez sola, en la infancia/ Lo demás es recuerdo“. Leí todos sus libros publicados por el editor español Manuel Borrás, que llevaba vendidos hasta ahora apenas unos docientos volúmenes de su obra. Cuando supe que le habían dado el premio sentí felicidad y orgullo, como si esa mujer capaz de ser un oráculo cansado o de bruñir un adjetivo con un golpe de luz fuera mi pariente. Leerla produce majestuosidad, enervación y pena. Cada vez que entro en sus libros vuelvo a ser la persona que era cuando la leí por primera vez: alguien triste de una manera fértil. Una mejor peor persona. Porque no creo que la poesía no haga mejores. Nos potencia, nos destila, a veces nos salva. Otras nos susurra cosas que no sabíamos que sabíamos, como esos versos de Glück con los que entendí de un golpe todo lo que necesitaba saber sobre la aniquilación y el amor: “desde el principio,/ desde niña, creí/ que el dolor quería decir/ que no me amaban./ Que amaba, quería decir”. Ave, señora Glück. Que el premio la trate con respeto. Por muchos más libros que nos hagan temblar.

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