Miércoles, 12 de Mayo de 2021

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El intento de magnicidio que pudo cambiar la historia de España

Cuando el rey Fernando el Católico bajaba por las famosas escalinatas de la Plaça del Rei de Barcelona, un campesino sacó una espada corta de debajo de su capa y le intentó cortar la cabeza. No se la cortó porque tuvo mala puntería, porque las crónicas dicen que llevaba un tajo enorme desde la oreja hasta la espalda

Un 7 de diciembre de 1492 un campesino estuvo a punto de cortarle la cabeza a Fernando el Católico. Un episodio anecdótico, no demasiado conocido por el público general, y que da buena muestra de lo casual que es la historia, de cómo el azar, el factor caos, condiciona todo lo que han vivido nuestros antepasados.

El hecho ocurrió en Barcelona. Los Reyes Católicos llevaban tiempo sin pasarse por el Principado, porque hacía casi un año de la rendición de Granada, por lo que habían estado ocupados Pero en Cataluña tenían sus propios problemas, porque el campesinado había estado en pie de guerra. En concreto, entre 1484 y 1485 se libró la 2ª Guerra Remença, cuando los campesinos se rebelaron contra sus señores feudales por lo que llamaban “los malos usos”.

En el frío otoño del feudalismo habían pasado varias epidemias terribles, el sistema socioeconómico trastabillaba, y los señores feudales no andaban demasiado boyantes, así que, por toda Europa, habían estado abusando de los campesinos para sacarles hasta la última gota de sangre. En la Corona de Aragón eran los llamados malos usos, siendo el más célebre la remença, que adscribía a los campesinos a la tierra, y les obligaba a pagar un dinero si querían poder moverse o irse a otro sitio.

Esto lo entendía Fernando el Católico que, tras derrotar a los rebeldes de la 2ª Guerra Remença, buscó un acuerdo a largo plazo con la Sentencia Arbitral de Guadalupe de 1486. La corona veía tan mal el tema de los malos usos que en el primer artículo de la sentencia ya los declara como “iniquidad evidente”, y de hecho quedan abolidos.

A Barcelona para negociar la aplicación de la sentencia

La mayoría de los payeses quedaron satisfechos porque les liberaba de esas obligaciones odiosas. Además, se perdonó a todos los rebeldes salvo a los identificados como cabecillas, que al final algunos recibirían también el perdón.

Pero la aplicación de la sentencia iba a ser complicada, y eso es lo que hacía Fernando en Barcelona: negociar con los síndicos campesinos la aplicación. Justo cuando salía de la reunión, en el Palacio Real, bajando por las famosas escalinatas de la Plaça del Rei, un campesino sacó una espada corta de debajo de su capa y le intentó cortar la cabeza. No se la cortó porque tuvo mala puntería, porque las crónicas dicen que llevaba un tajo enorme desde la oreja hasta la espalda.

A los guardias no les dio tiempo a reaccionar, pero rápidamente agarraron del brazo para que no hubiera otro intento y empezaron a apuñalarle, aunque el rey, medio desmayado y en shock como estaba, pidió que no le mataran. No por bondad, claro, sino porque habría que interrogarle por si era un remença descontento con el acuerdo, y había más gente implicada.

Al menos eso es lo que pensaron tanto la reina Isabel como los demás nobles castellanos. El eclesiástico Andrés Bernáldez, el cura de los Palacios, como se le conoce mejor, escribió que llegaron a pensar que toda la ciudad de Barcelona estaba en su contra y presta a levantarse. Pero luego, cuando interrogaron al hombre, un payés llamado Joan de Canyamàs, parece que demostró estar un poco ido de la olla, y actuar en solitario. Dijo que le tenía envidia al rey porque las cosas le iban bien, y que el diablo le decía al oído cada día que tenía que matarlo porque el rey le había quitado lo suyo.

Un magnicidio que hubiera cambiado el curso de la historia

De esta manera, quedó descartado el complot, aunque tuvo que convencerles porque nadie habló de los remenças ni se alteraron los acuerdos. A Canyamàs lo ejecutaron a lo bestia a los pocos días, el 12 de diciembre. El castigo para el intento de regicidio tenía que ser “ejemplar”: le cortaron la mano con la que había atacado al rey, y luego le fueron sacando ojos, tetas, la nariz, los pies, le arrancaron el corazón por la espalda, y luego quemaron lo que quedaba.

Tras ello, la historia transcurrió como la conocemos: cosa de un mes después, Cristóbal Colón llegó desde esa tierra que había encontrado al otro lado del Atlántico y Fernando el Católico se enteró de que tendría que pagar con las leoninas condiciones que Colón les había colado en las Capitulaciones de Santa Fe.

En una ucronía en la que Canyamàs tuviera éxito, Fernando jamás habría sabido de esas Indias y la historia política del país tendría unas bases y un desarrollo distinto.

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