Lunes, 01 de Marzo de 2021

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'El hombre que llegó a ser rey', el mejor relato de Kipling

Viajar al Kafiristán supone traspasar la frontera y adentrarse en lo desconocido, que nos atrae y fascina, y donde nos aguardan la aventura, la gloria y también la tragedia

Rudyard Kipling nació en Bombay en 1865 y murió en Londres en 1936. Con seis años fue enviado a Gran Bretaña para cursar sus estudios y regresó a la India en 1882. Allí trabajó como periodista, experiencia que influiría en su estilo literario, directo y muy preciso. Después viajó por África, Asia, América y Europa, para establecerse de nuevo en Gran Bretaña. La obra de Kipling fue reconocida por la crítica y el público contemporáneo, le ofrecieron diversas condecoraciones que siempre rechazó. Solo aceptó en 1907 el Premio Nobel de Literatura, siendo el primer británico en obtenerlo.

Los últimos años de su vida los dedicó a viajar junto a su esposa, intentando apaciguar el dolor de haber sobrevivido a la muerte de dos de sus tres hijos. Su restos reposan en la Abadía de Westminster, honor reservado a los hombres ilustres del Imperio Británico. Publicó cinco novelas, más de 250 historias cortas y 800 páginas de versos entre las que están 'Kim', 'El libro de las tierras vírgenes' o 'Capitanes intrépidos', que ya os hemos contado en 'Un libro una hora'.

'El hombre que llegó a ser rey' es un relato de Kipling muy conocido. Se publicó en 1888, en la editorial Wheeler’s Railway Library de Allahabad (India), formando parte de la colección de relatos titulada 'The Phantom Rickshaw'. El cine popularizó extraordinariamente este relato, con el título 'El hombre que pudo reinar'. John Huston hizo una gozosa adaptación a la pantalla, en 1975, protagonizada inolvidablemente por Sean Connery y Michael Caine .

Una novela corta basada en una historia real

Kipling basó las líneas más generales de esta novela en la historia real del masón norteamericano Josiah Harlan, hombre culto y aventurero con conocimientos militares que hizo su primera entrada en Afganistán disfrazado y que llegó a príncipe en aquel cruel, turbulento y despótico país de la primera mitad del siglo XIX.

Sin embargo, para informarse geográficamente, Kipling recurrió a la edición entonces en uso de la Enciclopedia Británica, que también ofrece a sus aventureros para que se ilustren sobre el terreno que piensan recorrer, donde se habla de una tierra caracterizada por sus arcaicos e indómitos habitantes, definidos especialmente por ser tribus no mahometanas enclavadas en la escabrosidad de sus valles fronterizos y refugiadas allí como en un islote en medio de un océano musulmán, adornado con los mitos de su raza blanca y de su descendencia más o menos directa desde las gentes del gran Alejandro.

Viajar al Kafiristán supone traspasar la frontera y adentrarse en lo desconocido, que nos atrae y fascina, y donde, de seguro, nos aguardan la aventura, la gloria, la fortuna y, también, la derrota y la tragedia. El abismo de la frontera, de la pérdida o el fracaso y la necesidad de la aventura confirman la necesidad del mito, y es en el mito donde nuestros héroes logran su gloria definitiva, perdurando en nuestro recuerdo. Rudyard Kipling logró inmortalizar ese ideal y ese ideario en el que es posiblemente su mejor relato, y logró convertir a Danny Dravot y Peachey Carnehan en dos referentes insuperables, junto con Kim, del ideal de aventura en la India Colonial británica.

La técnica narrativa de Kipling en este relato reúne varios modos de exposición que se suceden y alternan: de forma directa, hablando el autor en primera persona; directa del protagonista, poniéndose a sí mismo en tercera persona; e indirecta del personaje en primera persona. La vivacidad de la narración es así sorprendente y cambia los focos de la formidable historia, entra en el mismo temple de los aventureros, en sus mentalidades, formación, motivos, planteamientos y conductas.

La gran paradoja de Kipling

La gran paradoja de Kipling es que su India tiene mucho más que ver con lazarillos y quijotes que con el brillo de las condecoraciones en la pechera de un virrey. Tiene más que ver con la busca que con la gloria. Hay en el Kipling indio una cierta gracia del lumpen, vivido como un mundo sin pecado original, con algo del encoger de hombros dickensiano.

Sus personajes quedan deslumbrados al pensar en lugares donde "el oro abunda sobre las rocas como el sebo en las chuletas de carnero", y si huyen del alcohol y las mujeres es, sencillamente, porque nada les gusta más. Pero el Imperio, en su grandeza, no es más que el decorado de sus sueños y disparates. Lo que cuenta en Kipling es la inocencia sin la que es imposible la aventura, y eso debe de ser lo que nos atrae en él, porque todos hemos suspirado alguna vez por ser reyes de nuestro Kafiristán particular para volver a aterrizar, resignados, sobre nuestra mera condición de hombres.

El relato cuenta un viaje imaginario, pero anclado en un contexto bien real: claramente histórico, más imprecisamente geográfico en sus detalles, pero no en su ubicación, y literario como expresión artística de las lejanías imperiales. Además de basarse el relato en el acceso a la región perdida y la estancia en ella, todo él está salpicado de referencias a lugares. Da la impresión de que Kipling utilizó estas indicaciones como algo consabido en lo que pensaba que sería su público lector. 

Este artículo contiene en su mayor parte fragmentos del prólogo de Eduardo Martínez de Pisón y del epílogo de Ignacio Peyró, de la edición de la Editorial Fórcola, con nueva traducción de Amelia Pérez de Villar

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