Martes, 30 de Noviembre de 2021

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Catalina II La Grande, emperatriz de todas las Rusias

Hace poco se ha estrenado en televisión la miniserie "Catalina La Grande" que recorre la vida de la monarca más poderosa de la historia de Rusia. En esta ocasión protagonizada por la actriz Helen Mirren que intenta dar vida y credibilidad a la que fue emperatriz durante 34 años, desde 1762 hasta su muerte en 1796

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Una vida llena de azarosas circunstancias que fue de menos a más, teniendo en cuenta que ni era rusa ni se llamaba Catalina. En realidad, era una modesta princesa alemana que a los 14 años de edad fue enviada a Rusia con el único fin de que se casase y diese un heredero al imperio. Efectivamente, se casó muy joven con Pedro III, que al final se convirtió en zar, aunque le duró poco el poder, a los pocos meses fue destronado por su propia esposa mediante una revolución palaciega (de él se dice que nunca fue ni querido por el pueblo ni demasiado hábil en política) y desde entonces Catalina luchó por crear una nueva Rusia más ilustrada, en instaurar nuevos aspectos en la legislación, la política, la religión y la moral, además de la medicina, el arte, la cultura y la educación.

A pesar de ser mujer y de su origen extranjero, consiguió mantenerse en el trono y reinar sola, eso sí, acompañada de numerosas intrigas y de numerosos amantes, sobre todo un apasionado romance con Grigory Potemkin, un militar y general con el que mantuvo una relación muy intensa tanto en lo personal como en lo político. No solo compartieron cama, sino que fue su confidente y junto a él conquistó la península de Crimea, luchó contra los turcos y llevaron a Rusia a expandirse y convertirse en toda una potencia mundial. Por otro lado, mantuvo una fatídica relación con su hijo Pablo, un joven ansioso por gobernar del que las malas lenguas decían que ni siquiera su padre fue Pedro III sino uno de los amantes de Catalina llamado Sergei Saltikov.

El libro biográfico que ha escrito Robert K. Massie sobre ella nos presenta tres versiones distintas que se han dicho a lo largo de los años: la de una mujer culta (su biblioteca tenía 44.000 ejemplares) e ilustrada que mantenía correspondencia con Diderot y con Voltaire; la de una mujer promiscua que cambiaba constantemente de amantes (la llamaron la “Mesalina del norte”), y la de una gobernante despótica, decidida a modernizar Rusia a toda costa y que por tal razón mereció por ello que se la recordase como “la Grande”.

No cabe duda que durante su reinado la economía rusa creció considerablemente merced a una mano de obra casi gratuita, a las medidas liberalizadoras del comercio y la industria y a una política inmigratoria que favoreció la colonización agrícola, especialmente entre Crimea y Kuban, y la fundación de ciudades como Sebastopol y Jerson.

Fundó numerosas escuelas y hospitales y trató de europeizar el país, para lo que invitó a la corte a numerosos intelectuales e impulsó el uso de la lengua francesa en los círculos nobiliarios y cortesanos. Catalina murió en San Petersburgo el 17 de noviembre de 1796 dejando a su hijo Pablo un trono con más luces que sombras y que desde entonces ya nada fue igual.

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