Martes, 25 de Enero de 2022

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Desentumecerse

Pensé en la multitud de pequeñas incertidumbres, melancolías y euforias que me habían atravesado en las últimas horas: el vacío al despedirme del hombre con quien vivo, los arrumacos a las gatas, la contemplación jubilosa de los edificios camino del aeropuerto, la orfandad y el cansancio mientras esperaba en la sala de embarque, la alegría de saber que iba a encontrarme con amigos, las preguntas: ¿otra vez aquí, esto es lo que quiero?

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Hay un poema de Jack Gilbert, muy eficaz, que dice: “Quiero contarte de mi vida privada/ entre personas que tienen que luchar cuerpo a cuerpo/ con su propio corazón para sentir algo, como si fuera/ antinatural”. Hubo un momento, en septiembre de 2021. El avión despegaba desde Buenos Aires rumbo a México. Era mi segundo viaje fuera de la Argentina desde 2020 pero el primero por trabajo. Veía desde el aire las luces de la ciudad, ese tópico casi navideño, pensando en todo lo que me había pasado en las últimas horas y en lo que sentía allí, logrando altura. La tensión de esperar el resultado del PCR, la tensión al cargar los datos de la declaración jurada para salir del país, la tensión al completar el formulario requerido por Migraciones para entrar en México. Y, antes de eso, la revisión del equipaje de mano para una ausencia de pocos días, las inseguridades acerca del trabajo que iba a hacer: ¿saldrá bien, recordaré las preguntas que preparé para la mesa redonda? Pensé en la multitud de pequeñas incertidumbres, melancolías y euforias que me habían atravesado en las últimas horas: el vacío al despedirme del hombre con quien vivo, los arrumacos a las gatas, la contemplación jubilosa de los edificios camino del aeropuerto, la orfandad y el cansancio mientras esperaba en la sala de embarque, la alegría de saber que iba a encontrarme con amigos, las preguntas: ¿otra vez aquí, esto es lo que quiero? Nada muy distinto a lo que sentía antes del virus, de que el mundo se detuviera, esa mezcla de excitación y arrepentimiento, ese deseo de partir mezclado con la voz primitiva que dicta quedarse en casa. Pero quedé atónita al ver el contraste entre la variedad de esas sensaciones y la monocromía glauca en que me había sumido durante un año y medio: el supermercado, las ventanas del zoom, las semanas indiferenciadas, el murmullo incesante del televisor. Percibir la magnitud ciclópea de la temperatura monocorde que se había instalado en mi existencia fue como ver la isla de plástico que flota a la deriva por el océano: algo completamente muerto en medio de tanta cosa viva. Un monstruo refrigerado que me estaba comiendo el corazón.

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