Martes, 18 de Enero de 2022

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El trabajo de la ilusión

Mis padres alimentaron la ilusión, la dejaron crecer durante tanto tiempo como fue posible. Ellos sabían que después el mundo nos hace cosas terribles. Y también que, cuando se ha vivido en toda su potencia, esa ilusión permanece sólida como un refugio nuclear y nos recuerda que los dragones existen pero que pueden ser vencidos.

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Por una circunstancia que no viene al caso, recordé hace poco una frase de Chesterton que dice "No leemos cuentos de hadas porque creamos en dragones; leemos cuentos de hadas para saber que los dragones pueden ser vencidos". Pensé en la importancia del combustible que cargamos en la niñez y en cómo la calidad de ese combustible depende de lo que los adultos decidan hacer con nosotros: destrozarnos o trabajar para fortalecernos. Las navidades de mi infancia se celebraban en la casa en la que me crié, en una ciudad de la pampa húmeda argentina, con habitaciones repletas de juguetes y libros. El rito de la felicidad empezaba días antes, con mi abuelo trayendo cajones de cerveza y frascos de adobo para el lechón, que mi abuela preparaba moliendo durante horas ajo y sal gruesa en un mortero. Recuerdo a mi padre acarreando hielo y bebidas, las heladeras rebosantes, las pilas de frutas, los manteles saliendo de los cajones en los que habían permanecido un año envueltos en papel azul para no perder la blancura, el calor y los ventiladores. Pero antes de que la casa se llenara de parientes, mi hermano y yo recibíamos a Papá Noel en la intimidad de nuestra familia de cuatro. Al caer la tarde, cuando el sol dejaba apenas un rastro de su fulgor fatídico, mi padre nos llevaba al patio o a comprar algo de último momento y, al regresar, encontrábamos la casa en penumbras, adormecida por el calor de fragua que aún salía del horno en el que se había asado el lechón. Entonces mi madre llegaba alborozada desde las habitaciones y gritaba con exaltación: “¡Chicos, me parece que escuché ruido cerca del arbolito de Navidad!”. Mi hermano y yo corríamos hacia el living frenéticos, con la esperanza de ver una ráfaga de la chaqueta roja de Papá Noel. Aunque nunca lo encontrábamos, mi madre insistía: “¡¡¡Miren, acaba de salir por la ventana, yo lo vi!!!”. En ese momento se encendían las luces y ahí estaba todo: el árbol de Navidad con sus adornos, el pesebre, las pilas de regalos. Patines, muñecas, autitos, juegos de mesa, libros, trajes de baño. Ahora, después de tantos años, siento reverencia y respeto por el trabajo que hicieron mis padres. Alimentaron la ilusión, la dejaron crecer durante tanto tiempo como fue posible. Ellos sabían que después el mundo nos hace cosas terribles. Y también que, cuando se ha vivido en toda su potencia, esa ilusión permanece sólida como un refugio nuclear y nos recuerda que los dragones existen pero que pueden ser vencidos.

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