¿La cocina une?
Me decía ayer Yanet Acosta, a propósito de unos cursos que imparte sobre comunicación y gastronomía, que la cocina, a diferencia de la religión, el fútbol o la política, une. Al oír sus palabras me pasó eso que pasa a veces: durante unos segundos le di vueltas al asunto (dejando que Yanet siguiera hablando sola) y se me ocurrieron argumentos a favor y en contra.
¿Qué hago en esos casos, cuando ni yo sé qué pensar? Callarme, claro. Y seguir escuchando a Yanet, que siempre se aprende algo. Pero alguien (creo que Hollywood) me enseñó que a la hora de tomar decisiones complicadas suele ser útil escribir en una libreta los pros y contras del asunto, y a eso voy (aunque no en formato lista, por lo que, aviso: si eres de lo que anda buscando toptens y resúmenes de lo mejor, te has equivocado de ventanilla).
Yo soy tímido. No suelo entablar conversaciones porque sí, como hacen algunos colegas periodistas (a los que admiro). Pero hace unos meses le pedí a dos chicas del control de seguridad de la radio que me guardaran un libro muy gordo de recetas, para no ir tan cargado, y al volver a buscarlo me dijeron ¡que les había encantado! Que se lo prestase “por favor”. Dos chicas con las que llevaba meses intercambiando monosílabos y a las que, gracias a un libro de recetas, pude conocer un poco más. Une 1 – Divide 0.
Ocho plantas más arriba, en la redacción de la SER, cada vez más gente me pregunta a qué restaurante podría llevar a cenar a su pareja, o me cuenta que le encanta cocinar y que este fin de semana ha preparado un bizcocho riquísimo. Conversaciones bastante irrelevantes, no nos engañemos, pero que sirven para socializar (en los ascensores de Gran Vía 32 se puede coincidir con gente muy variada) y que arrojan una conclusión reveladora: todos comemos y a todos nos gusta disfrutar haciéndolo.
El otro día entrevisté al chef Paco Roncero, que dentro de poco participará en un encuentro gastronómico hispano-alemán, y al preguntarle por Christoph Rüffer, su homólogo germano, me soltó que, al final, todos los cocineros hablan el mismo idioma. Como los futbolistas o los mimos, vaya. Para marcar el 4-0 me basta con una enumeración de platos: tortilla española, paella, migas, jamón serrano…
No hay episodio de Españoles por el mundo en el que no se trate la melancolía alimentaria. ¡Y es que la comida une! ¡El nacionalismo gastronómico existe!
Pero no te confíes, Yanet. Me basta con otra enumeración para iniciar la remontada: pa amb tomàquet, lacón con grelos, spaghetti alla carbonara… Uno se siente de donde come y eso, incluso en la era de la globalización, también divide. Palabra de catalán.
Con Juliana, mi antigua compañera de piso, me llevaba siempre bien… excepto cuando cocinábamos juntos porque era muy cuadriculada y no aceptaba mis intentos de sabotaje a las recetas brasileñas.
Algo similar, a escala 1:1.000.000, claro, a lo que sucede en el mundo de la alta cocina. El eterno debate entre lo nuevo y la tradición. La vieja disputa entre los que creen que Ferran Adrià es un revolucionario, el mejor chef del mundo, y los que opinan que eso no es cocina y que donde esté “un buen guiso de mi madre”, que se quite lo demás.
Algo de eso hay también entre los partidarios de la Guía Michelin y los que ponen en duda su criterio, aferrándose (por ejemplo) a la lista de los 50 best de Restaurant.
Dentro de unos días sabremos quién se ha quedado fuera esta vez y, muy probablemente, oiremos a algún que otro chef despotricando. Como cuando la guía roja francesa se olvida de alguno de nuestros más ilustres cocineros, pero con distintos protagonistas.
Pero puestos a hablar de restaurantes caros: ¿acaso hay algo que divida más que el dinero? A todos nos gustan los productos delicatesen, en general, pero no todo el mundo se los puede permitir. Y vale: todo es cuestión de prioridades. Hay quien se lo gasta en un partido de fútbol, quien se lo gasta en un coche, quien se lo gasta en un bolso y quien se lo gasta en una experiencia gastronómica. Pero también hay quien no se lo gasta en nada porque no lo tiene… y hasta aquí puedo leer.
¿4-4? Ahí va la puntilla: ¿nunca habéis visto cómo, mientras alguien cocina (ella, normalmente), otro ve la televisión espachurrao en el sofá? La cosa está cambiando pero, hasta donde yo sé, esa imagen sigue viva. Un hecho que, además de divisor, es injusto. Así que mi conclusión, Yanet, es que sí pero no.
* Imagen: cartel promocional de 'La dama y el vagabundo' (Disney).

Carlos G. Cano
Periodista de Barcelona especializado en gastronomía y música. Responsable de 'Gastro SER' y parte del...




