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Café Angélica: desayunos con nombre y apellido en 'el Trastevere de Madrid'

Sobaos ecológicos, tostadas con aguacate de Málaga o salmón de Alaska, leche de pasto...

Café solo con vaso de agua, como en París. /

Madrid ofrece miles de posibilidades de desayuno, pero pocas tan especiales como la del Café Angélica (calle Segovia, 9). Situado a pie de las (muy retratadas) escaleras del nuncio, este pequeño local es un compendio de detalles agradables: el café, la leche, el pan, la bollería, las sillas, la luz, las paredes...

Carlos Zamora, una de las caras visibles del "grupo de restauración sostenible" Deluz & Cía, explica con entusiasmo que enseguida se enamoró de esta zona del "Madrid antiguo" porque el horizonte, las cuestas y las escaleras le recuerdan a barrios como Montmartre, en París, o Trastevere, en Roma.

Pero de puertas hacia dentro también hay mucho que ver (y probar). El origen del café cambia cada semana (Honduras, Etiopía, Ruanda, Colombia, Brasil, El Salvador, etc.), pero este siempre procede de pequeños productores y, en segunda instancia, del tostadero propio que el Café Angélica tiene en Malasaña. Carlos Zamora también habla con orgullo de la cafetera ("una Marzocco fabricada en Florencia que es lo mejor que hay") y hasta de la precisión del molinillo.

La leche tampoco es una leche cualquiera: se la compran a un productor cántabro que solo tiene 30 vacas de pasto y la traen tres veces por semana en furgoneta, junto al pescado y la carne que sirven en La Carmencita o Celso y Manolo. "Hay gente que nos la pide para llevársela a casa", explica. "Pero mucha gente no sabe que, hasta 1972, en el centro de Madrid había vaquerías... ¡con vacas! Y era una red de pasiegos que vinieron a finales del siglo XIX para abastecer de leche a la capital".

Tostada Cabo Trafalgar. / C. G. CANO

El desayuno en el Café Angélica puede ser dulce —con sobaos hechos con harina ecológica, bizcocho casero o tarta de zanahoria, entre otras especialidades— y/o salado. Pero lo más llamativo de su carta mañanera son las tostadas, que llevan el nombre de varios cabos del mundo y apellidos que hacen referncia al origen del producto. Un juego metafórico que, sin duda, dota a su oferta de personalidad.

La tostada Cabo de Trafalgar lleva tomate rosa de Barbastro, polvo de tomate de La Mancha, aceite de Siurana y una flor de sal de Chiclana. Y la Cabo de Hornos, aguacate de Málaga y piñones de los bosques de Valladolid; pero también las hay con pollo ecológico de Segovia, quinoa y bulgur, o salmón salvaje de Alaska con matequilla y huevo...

Las sillas son un diseño —muy tradicional— del prestigioso Miguel Milà y de una de las paredes, además, cuelga un cuadro impresionista del pintor Elie Anatole Pavil que contribuye a transportar a los clientes al ambiente bohemio de las grandes capitales europeas en pleno siglo XIX. Una sensación perfectamente compatible con algo tan propio del XXI como subir a Instagram una foto del brunch con el que coger fuerzas antes de un paseo por El Rastro.

Carlos Zamora, frente al Café Angélica. / C. G. CANO

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