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Jueves, 23 de Enero de 2020

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Tres décadas de pactos con los nacionalistas: concesiones y acuerdos de un modelo hoy comprometido

PP y PSOE negociaron y cedieron para cerrar acuerdos con las formaciones nacionalistas desde principios de los 90. Pese a la multitud de pactos, nunca cerraron un gobierno de coalición y en su lugar se consolidó un sistema que hoy ve achicarse los espacios para el entendimiento. ERC es ahora la llave del sistema que marcó las relaciones políticas durante tres décadas

José María Aznar junto a Jordi Pujol en 1996. /

Inmersos ya en la dinámica de la negociación, PSOE y ERC tensan y destensan la cuerda que podría conducir a la investidura. El Partido Socialista se muestra optimista, mientras Esquerra, por pose negociadora o por convicción, se resiste a alimentar la ilusión socialista y deja caer mensajes de enfriamiento en público junto a otros que abren la vía del entendimiento en privado. Por el camino habrán de decidir si recibe luz verde el primer ejecutivo de coalición para gobernar España, del que formará parte Unidas Podemos, otro elemento con varias aristas inéditas. En este clima, vuelven a sonar los reproches contra Sánchez por estar dispuesto a pactar con ERC; aunque este es precisamente uno de los pocos elementos que no constituye una novedad. Una formación nacionalista vuelve a jugar el papel de llave, como tantas veces en las últimas 4 décadas.

De las 15 elecciones que se han celebrado desde 1977, solo en cinco ocasiones las urnas han arrojado un gobierno de mayoría absoluta (1.982, 1.986, 1.989 -una mayoría técnica, pues el PSOE obtuvo los mismos escaños, 175, que la suma de todos los demás partidos-, 2.000 y 2.011). Las otras 10 citas electorales obligaron a los aspirantes al gobierno a entenderse con otras formaciones. La más de las veces estos eran partidos nacionalistas o, también llamados, partidos de ámbito no estatal. El sistema español alumbró así una lógica por la que los partidos nacionalistas y regionalistas pivotaron de un lado a otro del eje ideológico y fueron sostén fundamental de gobiernos de distinto signo. La emergencia de nuevos partidos estatales que llegaron a alcanzar gran fuerza, Ciudadanos, Podemos y Vox, tampoco ha logrado eliminar su decisiva influencia. Ahora concurre una nueva circunstancia: quienes fueron socios nacionalistas recurrentes defienden, hoy un proyecto cuyo núcleo es la separación de España, el país del que pueden decidir su gobierno.

González, CiU, PNV y el primer gobierno de coalición frustrado

Tras una década de mayorías absolutas, el PSOE de Felipe González pagó en 1.993 el desgaste de escándalos como los GAL, la crisis económica y el precio de años en el poder. Cayó de los 175 a los 159 escaños y precisó por primera vez de apoyos externos para cerrar la investidura. Aunque el acuerdo con Izquierda Unida hubiera sumado, los socialistas descartaron esta posibilidad y miraron a la antigua Convergència i Unió y al PNV.

Pujol y González en la Moncloa. / EFE

Con la formación catalana, el PSOE acordó la cesión del 15% de la recaudación del IRPF, el acceso a los fondos europeos de cohesión y un mayor grado de autogobierno. González abrió incluso la puerta a una coalición con CiU, pero los de Pujol rechazaron entrar en el ejecutivo. Lo mismo hizo el PNV, que votó a favor en la investidura bajo la promesa de desarrollar el Estatuto de Gernika; pero rechazó asumir la cartera de Industria porque no existía un acuerdo programático cerrado. Tampoco a su favor el hecho de que PSOE y CiU bastaran por sí mismos para cerrar la investidura. La legislatura acabó antes de tiempo, cuando los catalanes decidieron no apoyar los presupuestos de 1996 y precipitaron la convocatoria de elecciones.

Aznar, Pujol, el Pacto del Majestic, el catalán en la intimidad y 400.000 millones

De la noche electoral, en la que frente a la sede del PP la militancia cantaba "Pujol, enano, habla castellano", a la obtención de una mayoría que Aznar llamó "suficiente" medió una negociación que llevó al entonces líder de la renovada derecha a explicar que él hablaba catalán en sus círculos íntimos. El gusto de Aznar por la lengua catalana se extendió también al nivel competencial.

PP y CiU eligieron el Hotel Majestic de Barcelona, que acabaría dando nombre al acuerdo, para celebrar la cena clave. Aquella noche larga cerraron un pacto de gobernabilidad que comprometía a CiU toda la legislatura, pero le otorgaba varias victorias. El partido de Pujol cifró en 400.000 millones de pesetas (más de 2.400 millones de euros) la cantidad que percibiría Cataluña entre 1.996 y 2.000. Las cuentas incluían la cesión del 33% de lo recaudado a través del IRPF, el 35% del IVA, el 40% de impuestos especiales y la cesión de nuevas competencias. La Generalitat se hizo así con la gestión de los asuntos de tráfico, las políticas de desempleo, los puertos y la cabeza de Aleix Vidal-Quadras. Pujol exigió quitarle de en medio y Vidal-Quadras, entonces líder del PP en Cataluña y uno de los mayores detractores del modelo de inmersión lingüística impulsado por Pujol, fue sacrificado por su partido.

También el PNV apoyaría la investidura de Aznar, pese a que sus votos no eran imprescindibles para desatascarla, y pese a que las relaciones entre ambos partidos habían sido muy tensas en la legislatura anterior. El PP buscó un acuerdo más amplio que reforzara su mayoría y sentó a Mayor Oreja a negociar con Iñaki Anasagasti y Xabier Arzalluz. El trato otorgó una nueva metodología para el Concierto Económico vasco que aumentaba la capacidad fiscal de Euskadi, la recaudación de impuestos por el alcohol, el tabaco y la gasolina y la devolución del patrimonio que durante la Guerra Civil le fue incautado al PNV. Junto al dinero, la promesa de desarrollar el Estatuto vasco y el compromiso de financiar el Acuerdo Interprofesional Vasco para la Formación Continua.

Como hiciera González, también Aznar abrió la puerta a introducir ministros de partidos nacionalistas en su gabinete. Nunca ocurrió. Pujol rechazó la oferta en la siguiente legislatura. "Imagínese un ministro de CiU en el Gobierno: no podría decir el Gobierno de la nación porque España es plurinacional y nuestra nación es Cataluña, y lo digo con todo respeto y con toda lealtad constitucional y no constitucional", declaró entonces. "Tenemos una determinada idea de España y del papel de Cataluña en España", la idea que años después cambió radicalmente y que entonces el PP no vetaba.

Los últimos acuerdos: de Zapatero a Rajoy

González y Aznar abrieron el camino, aunque ya en 1.979 Adolfo Suárez recibió el 'sí' de Partido Andalucista, Partido Aragonés y Unión de Pueblo Navarro. Zapatero y Rajoy lo siguieron, pero el camino fue cambiando. Zapatero logró la investidura en 2.004 solo con la oposición del PP. El ambiente en la cámara y la sociedad tras la segunda legislatura de Aznar, que pasó por la catástrofe del Prestige, el 'No a la guerra' y la contestada gestión del 11-M, favoreció el apoyo a los socialistas. El acuerdo más significativo fue el que llevó a ERC al 'sí', mientras CiU se quedó en la abstención. Zapatero había prometido aprobar un nuevo estatut para Cataluña, uno que respetaría el texto que saliera del Parlament. Después vendría la recogida de firmas del PP, el recurso ante el Tribunal Constitucional y un clima de enfrentamiento y polarización crecientes.

En su segunda legislatura, Rajoy solo obtuvo el apoyo de Ciudadanos y Coalición Canaria, y logró la investidura a través de la abstención del PSOE; pero rehízo sus relaciones con el PNV y se entendió en algunos momentos con los independentistas catalanes. Convergència, PNV y ERC se abstuvieron en 2.016 para permitir que Ana Pastor presidiera el Congreso. Los nacionalistas vascos apoyaron después los presupuestos del PP, pero en una demostración del modelo por el que se han regido las relaciones de gobierno, giró de posición hasta contribuir a la caída de Rajoy en la moción de censura que siguió a la sentencia de la Gürtel.

El modelo encogido. De la participación en la gobernabilidad a los proyectos de ruptura

El catedrático de Sociología Juan Díez Medrano relata en su libro 'Naciones divididas...' los intentos del nacionalismo catalán por obtener influencia en el gobierno estatal desde el siglo XIX y la evolución del nacionalismo vasco. De acuerdo con su tesis, el nacionalismo histórico catalán trató de influir en las políticas estatales para girarlas a su favor a través de numerosos proyectos políticos. La frustración de todos esos intentos llevó, explica Díez Medrano, a que las élites catalanas consideraran otras opciones que ya no buscaban girar para sí las palancas de España. Cada vez más al margen del marco común. Su libro, no obstante, es anterior al crecimiento del independentismo en la última década.

"No creo que la participación en las investiduras" en el actual periodo democrático haya servido para alejar a los partidos de las tesis más radicales, señala el doctor en Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid, José Rama. A su juicio, no se trata de la intención de buscar acuerdos con estas fuerzas políticas sino del modelo empleado. Rama subraya lo extraño de que nunca haya habido un gobierno de coalición que sí se ha dado en muchas ocasiones a nivel autonómico. Mientras un pacto de coalición compromete a los socios con la acción de gobierno, aumentando su responsabilidad y la impresión de participación en un proyecto común, el apoyo externo ha puesto a estos partidos en posición de actuar como "partidos bisagra y con capacidad de chantaje", que aprovechaban la ocasión para aprobabar en el Congreso medidas para sus respectivas Comunidades.

"Su rol no ha sido el de capacitadores de gobiernos estables y suficientes sino, más bien, el de partidos de chantaje. De hecho, han pivotado a izquierda y derecha sin ningún problema, sobre todo en los casos del PNV y de la antigua CiU", sostiene Rama. La alternativa, insiste, era compartir verdadero poder y, con él, compromiso a través de fórmulas que se aproximaran a la coalición. En el actual escenario, parte de los socios que fueron clave pasan a ser, a lo sumo, aliados a corto plazo y en aspectos puntuales. Y es ahora cuando nace el primer gobierno de coalición de la historia, el que habrá de embridar las aspiraciones irreconciliables y tratar de recuperar, al menos, algunas voluntades.

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