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Felicitas Martínez: la vida discreta de una conquense en el Museo del Prado

Natural de Ribatajada, pasó los veranos de su infancia en Albalate de las Nogueras, estudió en Cuenca y trabajó 47 años en la mayor pinacoteca de España

Felicitas Martínez, entre Cuenca, la lectura y las salas del Museo del Prado

Felicitas Martínez, entre Cuenca, la lectura y las salas del Museo del Prado

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Cuenca

Hay trayectorias vitales que no se explican con una sucesión de fechas, sino a través de los lugares recorridos, las lecturas acumuladas y las personas que dejan una marca profunda.

La de Felicitas Martínez Pozuelo es una de ellas: una vida tejida entre los pueblos de Cuenca, Madrid, los libros y casi medio siglo de trabajo silencioso en el Museo Nacional del Prado.

Hija del molinero de Ribatajada (EATIM del municipio conquense de Sotorribas), lectora precoz, mujer impulsada por becas, esfuerzo y una madre decisiva, Felicitas ha sido testigo privilegiada de transformaciones personales e institucionales sin necesidad de ocupar el primer plano. Desde esa discreción, su relato se convierte en memoria viva de una época.

Con Pérez Sánchez en noviembre de 1981 en una comida de homenaje a José Manuel Pita Andrade y a Alfonso E. Pérez Sánchez en el Hotel Victoria.

Con Pérez Sánchez en noviembre de 1981 en una comida de homenaje a José Manuel Pita Andrade y a Alfonso E. Pérez Sánchez en el Hotel Victoria.

Con Pérez Sánchez en noviembre de 1981 en una comida de homenaje a José Manuel Pita Andrade y a Alfonso E. Pérez Sánchez en el Hotel Victoria.

Con Pérez Sánchez en noviembre de 1981 en una comida de homenaje a José Manuel Pita Andrade y a Alfonso E. Pérez Sánchez en el Hotel Victoria.

La primera imagen de la memoria

Cuando Felicitas mira atrás, no aparecen fechas concretas, sino escenas. La primera imagen que conserva pertenece a una infancia muy temprana, cuando aún no había cumplido los tres años.

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“Mi hermano era un bebé y lo tenía mi madre en su regazo… yo quise cogerle un pie y él me dio una patadita… se me fue la mano contra la estufa y me quemé un poco”, recuerda. Esa escena doméstica, sencilla y dolorosa a la vez, se ha fijado como el primer recuerdo consciente de su vida.

Aunque nació y vivió en Ribatajada, Felicitas sitúa sus recuerdos más felices en Albalate de las Nogueras, el pueblo vecino al que se accede por la hoz del río Trabaque, donde pasaba los veranos siendo muy pequeña. Allí estaban gran parte de sus familiares y, sobre todo, una figura central: su abuelo materno. “Es el único abuelo que yo conocí”, explica, evocando paseos al huerto, excursiones a las cuevas del carril y comidas improvisadas de queso. “Yo me iba con mi abuelo y era feliz”.

En su jubilación con Matías Díaz Padrón y otras compañeraas.

En su jubilación con Matías Díaz Padrón y otras compañeraas.

En su jubilación con Matías Díaz Padrón y otras compañeraas.

En su jubilación con Matías Díaz Padrón y otras compañeraas.

El padre lector

La figura paterna aparece asociada al silencio y a la lectura en el molino harinero en Ribatajada. Felicitas reconoce que su padre era una persona autoritaria, pero subraya una enseñanza esencial: la coherencia moral. “Fue una persona siempre justa, cabal… me inculcó valores que me han acompañado toda la vida”, afirma. A pesar de las dificultades que marcaron la vida de sus padres, lo recuerda como alguien que logró una vejez serena, “sin rencores”, después de una existencia compleja.

Ese aprendizaje no verbal, basado en el ejemplo más que en las palabras, se integró de forma natural en su manera de estar en el mundo.

En su jubilación en diciembre de 2018.

En su jubilación en diciembre de 2018.

En su jubilación en diciembre de 2018.

En su jubilación en diciembre de 2018.

La madre como motor de decisiones

Si hay una figura que atraviesa todo el relato de Felicitas es la de su madre. No solo como madre, sino como mujer adelantada a su tiempo. Fue ella quien decidió que su hija debía estudiar cuando no era lo habitual. “Habló con la maestra de mi pueblo y le dijo: ‘A mí me gustaría que mi hija pudiera estudiar’”, recuerda.

Gracias a ese impulso, Felicitas se presentó al examen de ingreso, lo aprobó y comenzó un camino académico que marcaría su futuro. Ese empuje se repitió una y otra vez: desde animarla a viajar sola fuera de España siendo muy joven hasta enseñarle a no ponerse límites. “Siempre me ha animado… para que yo no me pusiera barreras”, resume. Para Felicitas, su madre fue, sencillamente, “una persona de mente muy avanzada”.

Leerlo todo: del periódico a Cortázar

La pasión por los libros nació con el propio aprendizaje de la lectura. Felicitas no identifica un título concreto como detonante, sino una actitud constante: leer todo lo que caía en sus manos. “Leía hasta el periódico, las tiras ilustradas que aparecían”, explica.

Con el tiempo llegaron lecturas más decisivas. Recuerda especialmente Rayuela, de Julio Cortázar, como un libro que marcó su adolescencia y primera juventud. La obra del autor argentino la ha acompañado siempre, igual que El Principito, libro que ha regalado sistemáticamente a sobrinos y sobrinos nietos como forma de iniciarlos en la lectura.

Museo del Prado

Museo del Prado / Cristina Arias

Museo del Prado

Museo del Prado / Cristina Arias

47 años en el Museo del Prado

La llegada de Felicitas Martínez al Museo Nacional del Prado no fue fruto de un plan preconcebido, sino de una combinación de circunstancias. Sin embargo, aquel inicio acabó convirtiéndose en una trayectoria de 47 años. Cuando entró, en 1973, el museo contaba con muy poco personal. “Había un director, un subdirector y dos o tres conservadores”, recuerda.

A lo largo de las décadas hizo “de todo”: desde tareas administrativas hasta afrontar innovaciones tecnológicas inéditas en la institución. Fue quien utilizó el primer telefax del museo y quien manejaba el télex para comunicarse con museos como el Hermitage o el Pushkin durante intercambios de exposiciones y obras.

En los años ochenta participó en procesos clave como la informatización de los inventarios, cuando se decidió digitalizar fondos que hasta entonces solo existían en registros manuales. Un trabajo silencioso, imprescindible y pocas veces visible.

El cuadro de Las meninas en el Museo del Prado de Madrid.

El cuadro de Las meninas en el Museo del Prado de Madrid. / Carlos Alvarez

El cuadro de Las meninas en el Museo del Prado de Madrid.

El cuadro de Las meninas en el Museo del Prado de Madrid. / Carlos Alvarez

Las Meninas

Si tuviera que elegir un lugar dentro del Prado, Felicitas no duda: Las Meninas. No solo por su relevancia artística, sino por la experiencia personal de haber vivido de cerca su restauración. “Le pude dedicar bastante tiempo a la contemplación”, explica. Para ella, el cuadro de Velázquez representa “la cumbre de la pintura”, aunque reconoce la grandeza de muchas otras obras del museo.

Música, memoria y una donación

La música forma parte inseparable de su biografía emocional: REM, Serrat, Franco Battiato. Canciones asociadas a recuerdos, ciudades como París y amistades de toda una vida. Pero también hay un gesto final que resume su manera de entender la memoria y el legado: la donación de una importante colección de libros de arte al Ayuntamiento de Albalate de las Nogueras.

La decisión surgió de una necesidad práctica derivada de vivir en un piso pequeño y se transformó en un acto simbólico. “Me puede hacer muy feliz que lo que yo he reunido con tanto amor vaya a un sitio al que yo le tengo tanto cariño”, explica, subrayando que es también un homenaje a su madre, “que sé que le hubiera hecho muy feliz”.

La historia de Felicitas Martínez Pozuelo no es la de los grandes titulares, sino la de quienes sostienen instituciones, transmiten cultura y construyen memoria desde la constancia. Entre pueblos, libros y salas de museo, su vida demuestra que también desde el silencio se deja huella.

Paco Auñón

Paco Auñón

Director y presentador del programa Hoy por Hoy Cuenca. Periodista y locutor conquense que ha desarrollado...

 

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