La València olvidada: inscripciones romanas en la basílica de la Virgen (por César Guardeño)
En esta ocasión no vamos a mirar hacia arriba, a las grandes cúpulas o campanarios, sino al suelo, concretamente a los pies de la Basílica de la Virgen de los Desamparados

La València Olvidada: Inscripciones romanas dela basílica de la Virgen (04/01/2026)
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València
Mucha gente pasa por la Plaza de la Virgen, se apoya en el zócalo de la Basílica para esperar a alguien o hacerse una foto, y quizá desconoce que justo detrás está una parte de la historia de Valencia de hace casi dos mil años.
En el zócalo de piedra que hay entre las dos puertas de entrada de la Real Basílica de Nuestra Señora de los Desamparados hay un auténtico museo al aire libre en el que podemos encontrar seis inscripciones romanas que son auténticos spolia, materiales reutilizados que nos cuentan quiénes vivían aquí cuando Valencia era una colonia del Imperio Romano y su nombre era Valentia.
¿Cómo llegaron esas piedras allí?
El hallazgo se produjo a partir del 27 de abril del año 1652, cuando se puso la primera piedra de la Basílica. Para construirla, hubo que derribar las antiguas Casas del Arcediano, que estaban justo encima de lo que hoy sabemos que era parte el Foro Romano de Valentia. Al excavar los potentes cimientos necesarios para la levantar la basílica empezaron a salir a la luz las inscripciones romanas que hemos comentado. También aparecieron fragmentos de estatuas de mármol, cabezas y torsos; capiteles de orden corintio; fustes y basas de columnas de piedra y mármol que formaban parte de los pórticos del Foro; monedas de plata y bronce de diversas épocas (republicanas e imperiales), que ayudaron a identificar la antigüedad del asentamiento y muros de sillería y fragmentos de pavimentos originales de la plaza pública romana, entre otros tesoros arqueológicos.
Hay que recordar que estamos hablando de 1652. En aquella época no había arqueólogos con pinceles, ni fotos, ni escáneres 3D. ¿Entonces cómo es posible que sepamos de manera tan detallada y casi inventariada todo lo que apareció al derribar esas casas? ¿Alguien se dedicó a tomar apuntes entre tanto escombro?
Pues aquí entra en juego una figura fascinante: José Vicente del Olmo. Era el secretario del Santo Oficio de la Inquisición, pero también un erudito. Él publicó en 1653 una obra llamada Lithologia, donde transcribió estas piedras. El arquitecto, Diego Martínez Ponce de Urrana, decidió que, en lugar de tirarlas, debían integrarse en el zócalo de la fachada principal como muestra de la antigüedad de la ciudad y la verdad es que fue todo un acierto, pues nos permite leer y saber cómo fue la València Imperial de los siglos II y III d.C.
Si nos ponemos justo enfrente de la fachada principal de la Basílica, de espaldas a la fuente del Turia... ¿Qué es lo que vemos si recorremos el zócalo de izquierda a derecha?
La verdad es que es un recorrido fascinante. Son seis piezas que no solo nos hablan con palabras, sino con sus materiales.
Si empezamos por la izquierda, la número 1 es una dedicatoria al dios de la medicina, Asclepio (el Esculapio romano). Es del siglo II d.C. y está tallada en Lapis Saguntinus, una piedra caliza de color gris azulado muy compacta que traían de Sagunto. Era un material de prestigio, lo que nos indica que el culto a la salud era prioritario en el foro.
Y aquí voy a hacer un pequeño apunte sobre por qué aparece Asclepio (nombre original griego) y no Esculapio (adaptación romana). Y es que, aunque Valentia era una colonia romana, las élites locales y los libertos cultos solían preferir la terminología griega para demostrar su nivel cultural.
La piedra fue mandada tallar por Lucio Cornelio Higinio. Su cognomen, Higinio (del griego Hygiéia, que significa salud), refuerza esta vinculación con el mundo helénico. Es muy probable que Higinio fuera un liberto (esclavo liberado) de origen griego o muy influenciado por su cultura, que decidió honrar al dios con su nombre original.
Y es muy probable que cerca del foro de València pudiera existir un santuario previo o una fuerte influencia de comerciantes griegos que ya adoraban a Asclepio antes de la romanización total del panteón.
Las número 2, 3 y 4 son inscripciones familiares, aunque esta última tiene una historia diferente. Pertenecen a la familia de Sertoria y son del siglo II d.C. Aquí el material cambia radicalmente: es piedra de Xàtiva, el famoso mármol de Buixcarró. Es una caliza marmórea muy bonita con esos tonos rosáceos tan característicos que aún hoy vemos en muchos palacios de València.
Las inscripciones número 2 y 3 están dedicadas a la misma mujer: Sertoria Máxima. Lo curioso es ver quién paga el homenaje. En la número 2 es su marido, Marco Antonio Avito, quien le dedica el pedestal. Y en la número 3 es su propia hija, Antonia Lépida. Es un retrato de la burguesía local de la época; una familia acomodada que decide usar el mármol rosa para dejar constancia de su linaje en pleno foro.
La número 4 es quizá la más emocionante y humana de todo el zócalo. También es de mármol de Buixcarró y del siglo II d.C., pero aquí el protagonista es Anatellon. Un nombre de origen griego, seguramente pertenecientes a un liberto, un esclavo que había conseguido su libertad. Y él es quien le dedica esta piedra honorífica a su antigua patrona, Antonia Lépida, la hija de Sertoria que mencionábamos antes. Es el retrato perfecto de la escala social romana: un antiguo esclavo que prospera y, en señal de gratitud o lealtad, paga de su bolsillo un monumento de mármol rosa para su señora.
La quinta inscripción tiene "truco". Parece que alguien la intentó borrar. Es la que está dedicada a Julia Mamea, la madre del emperador Alejandro Severo. Es una pieza de piedra caliza del siglo III d.C. y tiene una historia sangrienta detrás. Madre e hijo fueron asesinados por sus propias tropas en el año 235 d.C., en un campamento militar en Germania, poniendo fin a la dinastía Severa. Así que cuando ellos cayeron en desgracia, se les aplicó la Damnatio Memoriae, el borrado oficial de su nombre de todos los monumentos.
Pero lo más curioso es que se mantuvo el texto en el que se menciona a los Valentini Veterani et Veteres. Pero ¿quiénes eran exactamente y por qué se empeñaron en dejar sus nombres grabados en piedra?
Pues eran el "alma" de València. Es como si hoy en València tuviéramos dos ayuntamientos distintos en la misma plaza: uno para los valencianos de "toda la vida" y otro para los nuevos residentes.
Los Valentini Veteres ("Los Antiguos") eran los descendientes de los primeros pobladores que fundaron la ciudad en el año 138 a.C. (posiblemente soldados de las campañas de Décimo Junio Bruto, de origen itálico).
Y los Valentini Veterani ("Los Veteranos"), eran soldados licenciados de las legiones romanas que fueron asentados en la ciudad en una segunda fase, mucho después de la fundación original.
La sexta inscripción es, técnicamente, un pedestal honorífico dedicado al emperador Marco Aurelio Probo, que gobernó entre los años 276 y 282 d.C. Es una pieza de piedra caliza en la que hay una dedicatoria monumental a este emperador. Es un texto extenso que lo describe como un 'ilustre príncipe' y destaca su 'piedad, justicia y fortaleza', entre otras virtudes y títulos. Y en la base aparecen nuevamente nuestros Valentini Veterani et Veteres.
Texto: César Guadeño
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Quique Lencina
Filólogo de formación y locutor de profesión, actualmente forma parte del equipo digital de Radio Valencia...




