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Jueves, 23 de Septiembre de 2021

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Plagas

De cómo la ciencia ha luchado contra las langostas y las plagas en Cuenca

Desde el fuego a las piaras de cerdos, la ciencia ha intentado, a veces con éxito, aplacar la furia de las plagas de langostas a lo largo de la historia

Plaga de langostas sobre Corralejo, en Fuerteventura, en la primavera de 2016.

Plaga de langostas sobre Corralejo, en Fuerteventura, en la primavera de 2016. / Juan Medina (EFE)

En algunos programas anteriores de Así dicen los documentos, que emitimos los jueves en Hoy por Hoy Cuenca, ya abordamos el grave problema que durante siglos tuvo que soportar el campo español: las sucesivas plagas de langosta que comían vorazmente aquellas cosechas, vitales para nuestros antepasados, y cómo intentaban luchar contra ellas con métodos más o menos eficaces, entre ellos, aquellos juicios en que se las conminaba a marcharse del lugar afectado. Todo sin resultado. Pero hubo propuestas que, sin duda, estaban basadas en un criterio científico, y que se pusieron en marcha, según normas que se difundieron a las justicias de cada lugar. De eso hemos hablado esta vez, como siempre con Almudena Serrano, directora del Archivo Histórico Provincial de Cuenca.

'Así dicen los documentos' en Hoy por Hoy Cuenca. / Paco Auñón

Esta vez vamos a comprobar cómo aquellos conocimientos se utilizaron y difundieron porque había que mitigar los considerables daños que ocasionaban en las tierras aquellos insectos, y que, desde luego, y como dijeron ha hecho que se mirase con la mayor seriedad el medio de su extinción.

Y para ello, durante el reinado de Carlos III, se hizo una Instrucción con una serie de artículos donde se explicaba lo que había que hacer.

En primer lugar, se debía proceder a la observación de los indicios de estos insectos, que tenían que realizar quienes estaban en contacto directo con el campo: Las justicias tomarán anualmente noticia de los pastores, labradores, guardas de montes y otros prácticos de si han observado señas de langosta, para poner en práctica los remedios que se dirán.

A continuación se explica cuál era el comportamiento de la langosta poniendo huevos, con el fin de que por todos fuese conocido el proceso de procreación de estos animales: Desova y semina la langosta adulta, y antes de morir, hincando y enterrando el aguijón y cuerpo hasta las alas en las dehesas, montes y tierras incultas ásperas y en las laderas que miran al Oriente.

Los huevos los ponían en un canuto que fermentaba en primavera y verano:

Dexando formado un canuto, que suele encerrar treinta, quarenta o cincuenta huevecillos, según lo más o menos fértil del terreno, hace esta seminación por el agosto, se fermenta y nace por las primaveras y verano.

Y se indica, además, cómo se pueden llegar a conocer esos lugares donde ponen los huevos: Para conocer los sitios donde aovan las langostas, se han de poner peritos en el estío, que observen los vuelos, revuelos, mansiones y posadas que hacen para esta obra.

Contaban con una ventaja y una ayuda que proporcionaba la Naturaleza y era que en el invierno las aves y, señaladamente, los grajos y tordos los señalan concurriendo a estos sitios a picar y comer el canuto.

Entonces, el mejor momento para acabar con aquellos canutos donde ponían los huevos las langostas era el invierno. Así vemos que se señaló en la Instrucción: El tiempo oportuno de extinguir el canuto es el otoño e invierno en que con las aguas está blanda la tierra.

Y comprobemos ahora cómo se atacaba en un primer momento a estos insectos: El primer modo de la extinción es romper y arar los sitios donde están los canutos, con las orejeras del arado baxas, con dos orejas juntas y los surcos unidos, y también con rastrillo, con lo que se saca de su lugar el canuto y quebranta, y el que queda entero lo seca, y destruye la inclemencia del tiempo.

Además, se advertía de la importancia del ganado en este proceso de acabar con la langosta, porque a los cerdos les alimentaba mucho: La aplicación de los ganados de cerda a los sitios plagados desde el Otoño porque bozando y revolviendo la tierra se comen el canuto a que son aficionados, y les engorda mucho por lo xugoso y mantecoso que es.

Si llueve, si se ablanda la tierra y este ganado tiene cercana el agua, se consigue mejor efecto.

Además, lo que el ganado hace es que desde que empieza a nacer y siendo del tamaño de un mosquito o mosca, no toma vuelo, ni tiene otro movimiento que el de bullir. En este estado se extingue con todo género de ganados, estrechándolos con violencia, a que den vueltas, y revueltas hasta destruirlas con el mucho pisarlas.

Había un procedimiento más costoso y prolijo en aquel afán de liquidar langostas que era el uso de azadón, azada, barrapala de hierro y madera y qualquier otro instrumento con que se levanta la porción de tierra precisa para sacar canuto.

Y a quienes participasen en aquellos trabajos, se les pagaría un jornal, anotándose todo ello puntualmente en un libro: Se llamará más o menos gente según la mayor o menor abundancia de langosta, ajustando por celemines o por jornal, con la obligación de dar cierto número de ellos al día y que no exceda de un real hasta dos el celemín en canuto, proporcionando que saquen un jornal moderado los que trabajen, teniendo una persona de satisfacción que vaya sentando en un libro el número de celemines, las personas que los entregan y los maravedís que se satisfacen.

Y los canutos que recogiesen estas personas debían echarlos en zanjas abiertas, donde se eche el canuto recogido, se quebrante muy bien y cubra de tierra. Y, desde el fuego, que en tantas ocasiones se aplicó como remedio, aunque en este caso podía ser origen de mayores problemas:

Es de grande utilidad para aniquilarlas y consumirlas el poner y encender fuego sobre estas moscas, teniendo precaución de que no se comunique a los montes.

Otro consejo a aplicar era pisar y golpear según se indica a continuación: También es muy a propósito el uso de suelas de cuero, cáñamo, esparto y correas anchas atadas al extremo de un palo, el matojo o azote tomado de adelfas, salado, retamones y lo que ofrezca el terreno.

Para que esto fuese más eficaz, los trabajadores tenían que formar un círculo que coja la parte posible de la mancha y, estrechándose, la irán enxambrando hasta el centro, donde la golpearán, y azotarán con los instrumentos que lleven, quemándola después, o enterrándola para que no reviva. El precio a que se suele pagar el celemín del mosquito es medio o un real.

Cuando la langosta era adulta y desde que comenzaba a saltar se recomendaba actuar contra ella en la madrugada, noches de luna y estaciones en que por el fresco y lluvia suele estar entorpecida, parada y acobardada, y en estos tiempos hace prodigiosos efectos el ganado de cerda.

Se advierte que el medio más singular, eficaz y menos costoso es el de las piaras y ganados de cerda, especialmente si se experimentan lluvias, rocíos o nublados, con que se aterra y acobarda.

Y otro asunto no menos importante era dónde enterrar las langostas capturadas. Para enterrar la langosta se abrirán en los sitios donde se recoge y a distancia de los pueblos, zanjas y fosos correspondientes, precaviendo que despida fétidos olores por ser ofensivos a la salud pública.

Y otra previsión que debía contemplarse era que los gastos hechos en extinguir la langosta han de satisfacerse de todo el caudal existente en los propios del pueblo donde se manifieste. No habiendo caudal de propios se tomará del que hubiere sobrante de arbitrios. Y si no hubiere fondo ni de propios ni de arbitrios tomará la justicia los caudales de los depósitos con autoridad propia’.

Y todos estos remedios aplicados puntualmente no evitaban que las langostas volviesen periódicamente. Como así ocurrió en estos dos casos que he traído, uno en 1779 y otro en 1783. En la primavera del año 1779 hubo también una considerable plaga de langosta en varios pueblos de la jurisdicción del Asistente de Sevilla. Rezelando este magistrado que la plaga en el año siguiente sería mucho mayor porque con los anticipados calores se había conducido la langosta a los baldíos.

Para asegurar su reproducción no sólo dirigió los más estrechos encargos de las justicias de los pueblos, donde la plaga estaba descubierta sino es que circuló todos los de la provincia una orden con varias prevenciones que aprobó el Consejo, y mandó igualmente comunicar a todas las provincias.

En el año 1783, en una Instrucción se contemplaba otro modo de acabar con las langostas: el fuego.

Sin duda, lo más peligroso que se podía intentar porque de ahí debieron derivar incendios. Por eso, en aquella Instrucción, se dieron pautas sobre cómo hacerlo para evitar disgustos derivados de incendios: El remedio del fuego está ya antes claramente recomendado y mandado. El poner y encender fuego sobre estas moscas, con qualquiera materias que ofrezca y se halle por aquellos sitios, es de grande utilidad para aniquilarlas, y consumirlas, pero teniendo gran precaución de que no haya riesgo de que se comunique el fuego a los montes.

También es nuevo el modo de poner la paja para el incendio de los insectos, es a saber, formando una línea corba a la altura de dos o más palmos en figura de una C, a la parte donde haya de finalizarse la operación, y vatir hacia ella con retamas o ramos, las langostillas, hasta acorralarlas en el círculo, cerrándolo entonces, esparciendo en su medio paja y poniéndole fuego por todas partes, repitiendo en los parages y términos donde se vean manchas hasta lograr abrasarlas enteramente. Y, sobre todo, debiéndose evitar el peligro de que el fuego gane yerbas o monte, no es seguro el camino en que un viento pueda llevar hacia ellos la paja encendida y causar el daño que se desea precaver.

Ejemplos de plagas en Cuenca

Vamos a finalizar recordando alguno de aquellos episodios de plagas sucedidas en España y, en concreto, en Cuenca. La primera ocurrió en el año 1783 y afectó a una gran parte del centro de España, algo que tuvo unas claras consecuencias en la economía de aquellos pueblos y ciudades.

Ocurrió otra plaga muy considerable de langosta en las provincias de Toledo, la Mancha, Extremadura y Partido de Talavera y, lógicamente, se dieron órdenes para su extinción, que fueron las siguientes: Las justicias de los pueblos en que se descubriere ovación o seminación de langosta harán arar los terrenos infestados, con distinción entre los de dominio particular y baldíos de los pueblos, con facultad de que unos y otros puedan sembrar estos terrenos infestados por una o dos cosechas.

Ahora vamos con los casos de Cuenca. Durante el siglo XVII y XVIII tenemos documentadas algunas que afectaron a diferentes lugares. Por ejemplo, en el año 1694 hubo una terrible plaga en bastantes pueblos, que fueron Jabalera, Garcinarro, Saceda del Río, Valdemoro, Portalrubio de Guadamejud, Gascueña, Mazarulleque, Vellisca, Saceda Trasierra, Alcázar del Rey, Carrascosa del Campo, Olmedilla del Campo, Loranca del Campo, Naharros, Valparaíso de Abajo, Torrejoncillo del Rey y Horcajada de la Torre.

Y a todos estos pueblos se envió una Vereda con órdenes sobre cómo proceder, matar y extinguir la plaga. Las veredas eras documentos que se conducían por los verederos a todos los pueblos a los que se necesitaba dar a conocer alguna noticia, decreto real, órdenes, mandatos, etc., y se tomaba nota del día y fecha en que se había dado notificación. Como estas plagas eran recurrentes, periódicamente se debían tomar medidas contra aquellos insectos. Y así ocurrió en el año 1757, en que se comunicó al Intendente Corregidor de Cuenca otra Instrucción para actuar contra los insectos.

Las plagas del campo, tan nefastas en la agricultura y temidas por los agricultores que desde antaño fueron motivo de gran preocupación y búsqueda de remedios a la hora de actuar contra ellas.

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