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Los carnavales más libres

El historiador Santiago Moreno recupera las coplas de la Segunda República en Cádiz

Portada del libro "Las coplas del Carnaval durante la Segunda República"

Portada del libro "Las coplas del Carnaval durante la Segunda República" / Editorial UCA

"Los carnavales de la Segunda República en Cádiz fueron los más libres que se habían vivido hasta ese momento". El historiador gaditano Santiago Moreno cree que las coplas cantadas entre 1932 y 1936, justo antes de la guerra, fueron las que se acercaron más a esa utopía de la fiesta, la que no entiende de cadenas, prohibiciones o censuras. ¿Se podía cantar de todo? "No", aclara el autor. Pero nunca antes los autores y componentes habían sido tan libres. Y a algunos aquella libertad les costó la vida.

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Las coplas del Carnaval de Cádiz durante la II República (1932-1936) es el título de la nueva investigación realizada por Moreno sobre el carnaval, que ya ha hecho una enorme labor para repasar lo que supuso la represión franquista durante la fiesta. Ha sido publicado por Editorial UCA, la editorial de la Universidad de Cádiz. "A finales del siglo XIX se instaura la censura sobre el carnaval y ese control va a durar hasta 1931. Así que esos cinco años, entre el 32 y el 36, fueron de mucha libertad", ha explicado el historiador en una entrevista en Radio Cádiz.

"No es que se pudiera cantar de todo. Sobre todo había libertad para abordar temas religiosos. Era algo más peliagudo el tema político, por ejemplo, los sucesos de Casas Viejas (la matanza de varias personas en Benalup en 1933 mientras se sofocaba una revuelta) pero, dentro de esta censura, fueron libres. Más libres que antes", señala Moreno. Dejó de ser obligatorio ir al concurso para cantar, aunque aún así todas las agrupaciones debían pedir instancia al Ayutamiento. Así surgió en esta etapa las precursosas del carnaval ilegal o callejero.

"El concurso estaba menos encorsetado que ahora. No estaban obsesionados con las modalidades o con los tipos. Había murgas, coros, coros de a pie... y después podían cantar diferentes piezas, cuplés, tangos, valses, mazurcas...", detalla el autor. Muchos de los chistes iban para el clero y algunas agrupaciones se disfrazaron de religiosos como Frailazo y sus tragabuches, como se llamó en 1932 a la conocida como murga de San José.

El último carnaval de ese modo fue el de 1936, meses antes de que el 18 de julio se produjera el alzamiento militar. "El carnaval del 36 no se olía lo que iba a pasar. Coincidió con las elecciones de febrero, que dieron la victoria al frente popular. Y hubo una eclosión de alegría". La guerra impuso a golpe de disparos, muerte, y represión el silencio al carnaval gaditano.

El Gobierno promulgó una norma que prohibió todo carnaval a partir de 1937, prohibición que en Cádiz no se levantaría levemente hasta 1948, cuando tras la fatídica explosión del 47, a modo de cierto alivio, se permitió que se celebrara las entonces conocidas como fiesta de los coros, que terminarían derivando en un nuevo carnaval. Pero antes de que eso llegara muchos de los que disfrutaron la libertad del carnaval de la Segunda República fueron duramente castigados.

Moreno ya escribió sobre la represión que sufrió más de un centenar de carnavaleros. "Frailazo y sus tragabuches habían sido durante el 32 objeto de ataques e intento de prohibición de la ultraderecha, así que cuando estalló la guerra la murga de San José fue muy perseguida. Su director, Guillermo Crespillo, apareció con dos tiros en la plaza de Viudas en agosto del 36, cuando aún no había ni consejo de guerra. Varios componentes también fueron asesinados". Otros pudieron escapar. Destaca la historia de Rafael Luna, quien llegó a esconderse en una barca en el mar y se pasó dos meses metido en el bote a modo de topo flotante. Topos en Cádiz también hubo, aquellos que buscaron refugios ocultos en sus propios hogares y se pasaron largo tiempo en la sombra.

Uno de los que se tuvo que esconder fue Cañamaque, uno de los grandes autores del carnaval que consiguió la mayor gloria hasta que fue prohibido el carnaval y terminó el final de sus días pasando la gorra como un mendigo mientras tocaba la bandurria. En aquellos años en los que haber tenido vínculos con el carnaval te podía condenar la muerte.

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