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Las maravillas de Altamira

Corría el año 1868 cuando Modesto Cubillas, un tejero asturiano, disfrutaba de una jornada de cacería. Su perro perseguía a una presa y cayó entre unas rocas. Modesto fue a socorrer al animal y resultó que se había quedado atrapado en la entrada de una cueva desconocida hasta el momento. A su regreso, contó el suceso entre sus vecinos, pero nadie dio mayor importancia al hallazgo. Modesto había dado con una cueva más. Y punto. Ni siquiera le dio importancia Marcelino Sanz de Sautuola hasta casi una década después

En 1875, Marcelino acudió, por fin, a echar un vistazo por la cueva que en su día le había comentado Modesto. Recorrió el espacio subterráneo todos los metros que pudo y, aunque vio algunos signos abstractos, siguió sin dar importancia a la espelunca. El 24 de septiembre de 1879 fue un día clave. Sautuola volvió a la cueva de Altamira, esta vez acompañado de su hija de ocho años, María Sanz de Sautuola y Escalante. Mientras su padre iniciaba una excavación en la entrada en busca de huesos o piedras talladas, María se internó en la cueva, curioseando por las paredes rocosas, hasta que exclamó: “¡Mira, papá, bueyes!”. La pequeña había encontrado la que luego se denominó la Capilla Sixtina del Paleolítico.

Sautuola publicó “Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander”, contando el hallazgo y otorgando a las pinturas un origen prehistórico. Por entonces, los especialistas en paleontología y prehistoria más reconocidos estaban en Francia, con Émile Cartailhac, Gabriel de Mortillet y Édouard Harlé a la cabeza, que negaron tozuda y tajantemente la veracidad de la cronología propuesta por Sautuola. Tacharon de farsa el descubrimiento y argumentaron que aquellos bisontes debían ser obra de un pintor moderno y además mediocre.

A Marcelino Sanz de Sautuola le amargaron la vida hasta su muerte en 1888, sin lograr que su descubrimiento recibiera el reconocimiento que merecía. Pocos años después, empezaron a descubrir pinturas rupestres en el sur de Francia con la misma calidad y antigüedad que Sautuola proponía para los bisontes de Altamira. Tras dichos hallazgos, Cartailhac visitó Altamira y acabó reconociendo su error. En 1902 publicó un famoso artículo en la revista “L’Antropologie”, titulado “La cueva de Altamira. Mea culpa de un escéptico”. Fue el aldabonazo para que la cueva encontrada por un cazador y las pinturas descubiertas por una niña tuvieran el reconocimiento universal como un icono del arte rupestre paleolítico.

La Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1985, una distinción que se extendió a otras 17 cuevas de la cornisa cantábrica de España en 2008, o sea, 120 años después de la muerte del malogrado Sautuola. En el Centro de Arte Rupestre (CAR) de Puente Viesgo (Cantabria), inaugurado a finales de 2022, existe una muestra permanente sobre el arte paleolítico de Cantabria y sus diez cuevas consideradas ya Patrimonio de la Humanidad.

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