A vivir que son dos díasLa píldora de Leila Guerriero
Opinión

El extraño método de limpieza del hombre con quien vivo

"Se trata de un reflejo de la desigualdad: las mujeres dedican veinte horas más por mes que los hombres a las tareas domésticas"

El extraño método de limpieza del hombre con quien vivo

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Hoy salí a correr a las nueve de la mañana. Cuando salí, el hombre con quien vivo estaba fregando la cocina: hornallas, horno, perillas. Regresé a las diez y cuarto y seguía fregando. Terminó a las doce. No limpió ninguna otra cosa. Durante el confinamiento por la pandemia, destinábamos los fines de semana a limpiar. En dos horas y media yo había limpiado mi estudio, un cuarto, la cocina y la sala. Él, en el mismo periodo, sólo había refregado los azulejos del baño.

Cada vez que limpia algo lo hace como si no hubiera mañana: a fondo y como si eso no fuera a ensuciarse nunca más. Si la emprende con la heladera, la pule como si quisiera hacerla renacer, pero no está interesado en la limpieza de cabotaje: puede lustrar un mueble durante cuatro horas y dos días más tarde, cuando ese mueble tenga una pátina de polvo, ni se le ocurrirá pasarle una gamuza. Lo suyo es la limpieza de gran calado y, por tanto, la ejecuta de manera esporádica porque no tiene tiempo para hacerlo una vez por semana.

Podría sacar conclusiones. La más hostil seria que su método es una manera astuta, quizás inconsciente, de evadir la tarea basándose en la idea de que: "Si no lo hago así no estoy dispuesto a hacerlo y, como no siempre tengo tiempo para hacerlo así, no lo hago casi nunca". La más obvia. y políticamente correcta, es que se trata de un reflejo de la desigualdad: las mujeres dedican veinte horas más por mes que los hombres a las tareas domésticas y, como saben que la limpieza de hoy deberá repetirse hasta la eternidad, no se les pasa por la cabeza limpiar los zócalos con un cepillo de dientes.

Puede ser, pero a veces pienso que él friega así porque es su manera de devolverles a los objetos algo de la perfección perdida, restituirles una juventud imposible. En su cuento, como la vida misma, Loorie Moore dice: "Para que el amor dure es imprescindible tener ilusiones o no tener ninguna". Digamos que elijo tener ilusiones.

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