Cocinitas, mandolinas y freidoras de aire: lo que los cacharros de cocina dicen de ti
Algunos han sido útiles durante años, pero de otros nos habíamos encaprichado y, en realidad, no los usamos más que una o dos veces al año

Bocados literarios | Utensilios de cocina
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Madrid
Era yo bastante pequeña –debía de tener cuatro o cinco años, ya que no habían nacido todavía mis hermanos— cuando los Reyes Magos me trajeron como regalo una batería de cocina de juguete.
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Era de aluminio, como las que se usaban entonces en todas las casas (aún no habían llegado las cazuelas esmaltadas y mucho menos las de acero inoxidable) y mis padres me ayudaron a repasar los nombres de los distintos utensilios para que los identificase bien. Había dos cazuelas o cacerolas de distintos tamaños, una perola o marmita, dos cazos, una sartén, un escurridor y un cacharro hoy olvidado pero que entonces resultaba imprescindible: el cuece leches, que era como un cazo alto con una sola asa curva y una tapa con agujeros; servía para desinfectar, hirviéndola, la leche que comprábamos a granel en lecherías de barrio de dudosa higiene. Es que aún no se había generalizado el método del pasteurizado de los alimentos, aunque el científico francés Louis Pasteur lo había inventado casi un siglo antes, en 1864.
Mi batería para jugar a las cocinitas era igual que la de los mayores, solo que en miniatura, y me admira pensar cómo, con ese exiguo equipamiento, preparaban a diario nuestras madres comida para toda la familia.
Artilugios decepconantes
En sucesivos años, los Reyes siguieron equipando mi hogar de juguete: un año, una vajilla con platos llanos, hondos y de postre; otro, un juego de tacitas y una tetera; y hasta una vez me trajeron una lechería minúscula, con su mostrador de cinc y sus jarros medidores de distintos tamaños, para que de ama de casa de muñecas me reciclase como pequeña comerciante de barrio, todo ello sin salir de casa. Mi madre me proporcionaba una leche ficticia, hecha con agua y almidón, que yo vendía a unas clientas invisibles, también ficticias.

Hoy no solo los Reyes Magos, sino también Papá Noel o Santa Claus traen entre sus regalos utensilios de cocina que no son juguetes para niños, sino artefactos destinados a los adultos: cazuelas, juegos de cuchillos de cocina —que, por venir insertos en un taco de madera, en los catálogos suelen identificarse como tacoma—, cafeteras, ollas a presión, batidoras, moldes para dulces, ralladores y mandolinas, sandwicheras y freidoras de aire, tostadores de pan, parrillas, raclettes y juegos para hacer fondue, hornos y hasta robots de cocina que prometen hacerlo todo ellos solos, sin más esfuerzo que el de programarlos y apretar un botón.
Son tantas las cosas que no nos caben en los armarios e invaden la superficie de la encimera de la cocina. Nada parecido a la sobriedad de las cocineras domésticas de las generaciones anteriores, cuyos juegos de cazuelas, metidas unas dentro de otras, apenas ocupaban una balda del armario de cocina o una parte de un vasar.

Muchos de esos regalos, recibidos con ilusión, serán útiles durante años, quizás durante décadas; disfrutaremos de su uso y de las comidas que elaboramos con ellos. Otros acabarán siendo un poco decepcionantes porque no funcionaban como esperábamos, o porque descubrimos que al final resulta más práctico y expeditivo hacer lo mismo con medios tradicionales, o porque nos habíamos encaprichado con ellos, pero en realidad no los usamos más que una o dos veces al año.
Sería bonito hacer una foto de cada uno de esos regalos navideños culinarios y guardar las imágenes en una carpeta o en un álbum. Independientemente de si nos resultaron útiles o no, dentro de un tiempo, de años o de décadas, podremos repasar esa galería de imágenes, recordar los momentos en los que los recibimos y qué significaron para nosotros entonces. Y reflexionar por medio de esos objetos acerca de cómo ha ido cambiando nuestra vida, qué cosas perduran y cuáles hemos dejado atrás.




