Croquetas, no
Entre todos los asuntos vitales que podrían tratarse en estas fechas, incluida la Resurrección de Cristo, nunca están las croquetas. Están la guerra, Trump, el fascismo, la Luna, pero no las croquetas

Galicia
Entre todos los asuntos vitales que podrían tratarse en estas fechas, incluida la Resurrección de Cristo, nunca están las croquetas. Están la guerra, Trump, el fascismo, la Luna, pero no las croquetas. Generan demasiado consenso, supongo. Todo el mundo se muestra siempre dispuesto a probarlas, aunque después estén regulares o malas. Por mi parte, estoy dispuesto a no comerlas nunca, aunque en realidad estén buenísimas. «Croquetas, no», me gusta anunciar al sentarme en un restaurante, y ver el comienzo de cualquier carta. Buenas o no, nuestra reacción ante ellas implica una rendición. Son tan fáciles de pedir que es siempre el momento de pedirlas el que aprovechamos para no complicarnos la vida. Para todo lo demás, buscamos a menudo el camino difícil. Es leer la palabra «Croqueta» en una carta y allá vamos: queremos croquetas. La escena es familiar: llegas al restaurante, y al principio cuesta estudiar el menú. Ya se sabe que elegir cansa. Así que te pones de cháchara. Aparece el camarero, al que le pides un par de minutos. Al final, te concede diez. Y lo primero que dices es «Unas croquetas, ¿verdad?». ¿Por qué pasa eso? Porque la croqueta te exime de pensar. Ya piensa ella por ti. Se supone que a todo el mundo le gustan, así que, por qué no. Bastante complejo es ya el mundo. Qué clase de animal serías si te negases a su facilidad. Pues no. Qué importa que estén ricas. Obliguémonos a elegir otra cosa solo porque es más difícil. Declarémosle la guerra, aunque sea por un mes. Mejor una guerra contra las croquetas que contra un país. Otro día hablamos de la ensaladilla.




