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Domingo, 15 de Diciembre de 2019

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Filipo II: El misterio del padre de Alejandro

En un momento indeterminado entre el 360 y el 359 a.C., Filipo, hijo de Amintas III, hermano de Alejandro II y de Pérdicas III, se hizo con el poder del reino de Macedonia. Su tumba descubierta en la década de 1970 ha sido recientemente el foco de atención de una airada controversia científica.

Texto de Mario Agudo www.mediterraneoantiguo.com

Con la coronación de Filipo cambió para siempre su historia, la de Grecia y la del mundo conocido. Justino, cuyo testimonio no es precisamente muy agradable con el soberano, describe de una manera muy sintética lo que ocurrió en aquellos años: “mientras cada uno de los estados griegos deseaba ostentar la hegemonía, todos perdieron su soberanía” (JUS, VIII, 1).

Efectivamente, mientras atenienses, beocios, focidios, tesalios y lacedomonios siguen enfrascados en conflictos sangrantes, Filipo echa mano de su habilidad diplomática, de su gran visión política, de su sagacidad militar y de su valor, para convertir el pequeño y amenazado reino de Macedonia en la potencia hegemónica de Grecia, lo que abona el terreno para que la gesta de Alejandro fuera posible. Sin la labor pionera de Filipo, no podemos entender la gesta de su hijo, hecho que en algunos momentos de la campaña asiática le llegan a reprochar algunos de sus generales. Según Diodoro, fue el “más importante de los reyes de Europa de su época” (DS, XVI, 95).

Su tumba

En noviembre de 1977 un equipo de arqueólogos dirigido por Manolis Andrónicos accedía por primera vez a la tumba de Filipo II en el gran túmulo de la necrópolis real de Vergina, ciudad que, gracias a estos hallazgos, se acabó por identificar con la antigua Egas, la originaria capital del reino de Macedonia. La hipótesis, que había sido lanzada en 1968 por N.G.L. Hammond, no pudo ser verificada hasta entonces.

La tumba de Filipo II presenta la estructura habitual de las tumbas macedonias. Una construcción abovedada compuesta por dos cámaras separadas por una puerta de mármol a la que se accede franqueando una fachada monumental a la que conduce un dromos. La tumba está cubierta por un gran túmulo delimitado por un perímetro bien definido, llamado periboloi.

Lo primero que llamó la atención de los arqueólogos fue la gran acumulación de ladrillos que se encontraban amontados en el sector oeste de la bóveda, algunos de ellos con claras señales de haber sido dañados por el fuego. Al comenzar a investigar en detalle los restos que contenía esta estructura, aparecieron dos espadas incineradas, puntas de lanza de hierro y partes de arreos de caballo. Un estudio más detallado, reveló también la presencia de fragmentos de marfil, relieves con figuras humanas y restos de animales, todos ellos también incinerados. La conclusión, por tanto, era muy diferente: el equipo de investigadores estaba ante los restos de una gran pira funeraria.

La fachada monumental, con una puerta de mármol flanqueada por dos columnas de estilo dórico, daba acceso al interior de la tumba. En su parte superior, un friso decorado con un fresco, en un aceptable estado de conservación, representa una magnífica escena de caza en la que aparecen Alejandro Magno, a caballo, en el centro de la escena, y Filipo II, a pie, alanceando a un león. Se trata de la simbolización de la sucesión al trono encarnada en un acto que constituía una costumbre ancestral y de gran importancia para los macedonios: la caza. La actividad cinegética era la protagonista principal de una institución de gran importancia en la sociedad macedonia: la ephebeia. Un rito de paso que tenían que afrontar todos los jóvenes varones macedonios antes de considerarse adultos y tener derecho, por tanto, a portar armas. El cometido no era otro que matar un animal con sus propios medios. Esta escena que presenciamos en la fachada de la tumba de Filipo es la expresión simbólica de otro paso, el que convierte a Alejandro en rey, manifestado a través de una costumbre que se enraíza en los orígenes del propio reino.

El interior está dividido en dos cámaras. En la primera aparecieron improntas de muebles de madera, ya desintegrados, en el suelo. A uno de los lados se encontró un sarcófago de mármol, en cuyo interior había un cofre de oro con la estrella argéada. Al abrir el cofre, los arqueólogos encontraron una corona de oro y unos tejidos, que protegían restos humanos incinerados. En el suelo, justo en el umbral de la puerta de mármol que da acceso a la cámara principal, aparecieron algunas armas, entre ellas un gorytos y flechas que todavía conservaban partes de madera.

La cámara principal presentaba un aspecto parecido. Improntas de muebles de madera en el suelo, un sarcófago de mármol que contenía una urna de oro decorada con la estrella argéada en cuyo interior había también restos humanos incinerados y una corona de hojas de roble de oro, al estilo de la realeza macedonia. A la izquierda del sarcófago se encontró una espada, grebas, fragmentos de un escudo y una vajilla de bronce, destinada probablemente al baño del difunto. A la derecha se halló otra vajilla, esta vez de plata, probablemente utilizada para las libaciones. Bajo el sarcófago apareció la gran coraza de la panoplia de Filipo. La tónica general de la decoración de estos objetos era la figura de Heracles, de quien la dinastía argéada se consideraba descendiente a través de Témeno, de ahí que también fueran llamados Teménidas.

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