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Miércoles, 21 de Agosto de 2019

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Un palmarés timorato para un futuro incierto

Cannes ha celebrado por todo lo alto su 70 cumpleaños, que ha tenido aroma de entierro, donde los grandes cineastas del siglo XX se han reunido para celebrar la influencia que una vez tuvieron

El presidente del jurado del Festival de Cannes, el director Pedro Almodóvar. / ()

Este domingo dijo Pedro Almodóvar que lo que más odia es la tiranía de la corrección política, y sin embargo, el veredicto de su jurado fue timorato. El palmarés fue tan correcto políticamente como lo que supuestamente critica The Square del sueco Ruben Östlund, una comedia negra que se mofa de la obsesión de los nórdicos por la tolerancia, y que se queda muy lejos de su anterior película Fuerza Mayor (2014). De hecho, es una comedia con destellos, que sigue los pasos (a mucha distancia) de Tony Erdmann, que el año pasado pasó de largo por Cannnes, sin premio ni gloria.

También es brillante 120 latidos por minuto del francés Robin Campillo, Gran premio del Jurado. Este director, guionista de La Clase (2008), repite la misma fórmula con un grupo de activistas a favor de los enfermos de SIDA, estigmatizados en la década de 90. Y así podríamos repasar todo el palmarés de una edición sin película milagro, ni mirlo blanco, que no ha marcado un camino nuevo, ni ha sabido ver la encrucijada política y social donde nos encontramos y que ha salido del paso repartiendo premios a diestro y siniestro.

A Sofia Coppola le queda grande el premio de dirección para la preciosista, pero fría, La Seducción, en la que un reconocimiento a la fotografía hubiera bastado. En cambio, el ruso Andrey Zvyagintsev y el griego Yorgos Lanthimos hubieran merecido más contundencia en los galardones a sus películas, Loveless y The Killing of the Sacred Deer, que enfocan con firmeza visual y narrativa la putrefacción de la familia burguesa occidental del siglo XXI. Ahí estaba el tema central, la semilla del horror –alienación y aislamiento- que tenemos tan cerca, y que estos dos directores encuadran de forma distinta, pero con certera precisión.

Los premios de interpretación a Diane Krueger (In The Fade), Joaquin Phoenix (You Were Really Never Here) y el premio especial a toda la carrera para Nicole Kidman, también son correctos y hasta convenientes para un festival que necesita ser relevante, y no quedarse como un reducto de glorias envejecidas.

La realidad es que este certamen lo tiene muy difícil en el siglo XXI. Cannes ha celebrado por todo lo alto su 70 cumpleaños, que ha tenido aroma de entierro, donde los grandes cineastas del siglo XX se han reunido para celebrar la influencia que una vez tuvieron. El cine ya no es relevante, sencillamente porque la actualidad es triturada y engullida sin cesar. No hay posibilidad de que nada permanezca en el primer plano, y mucho menos, el cine de autor que requiere una atención pausada y su consiguiente digestión.

Cannes se ha aferrado a su condición de templo sagrado hasta que las costuras le han estallado. La entrada de Netflix en la competición era una inevitable, no por el riesgo de que le arrebatase los premios, sino porque el debate ya muy está superado por los espectadores. Ha sido un certamen con tintes freudianos, con directores enfurruñados, actores pragmáticos, jóvenes intentando conseguir su legítima atención. Algunos viejos zorros, como Polanski, aceptan que los tiempos cambian, pero la experiencia compartida del espectáculo sobrevivirá. Sin la gloria que su generación disfrutó en el siglo XX.

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