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Vox. Y sus amigos y socios

A Casado le tenemos tan de los pelos que hasta nos pide que no nos presentemos en algunas plazas, pobrecito, mientras Rivera no sabe por dónde tirar

El indio ennegrecido que llevaba en su patrulla el apuesto teniente de uniforme azul, se llamara Walter, Hunter o similar, ponía una oreja en el suelo y lo descubría: los siux vienen por allí. Es que los caballos hacen mucho ruido. Aquí también se reconoce enseguida a los de la extrema derecha, porque a pesar de que tratan de ocultarse tras la escasa vegetación de los campos yermos y sonreír con cara beatífica, siempre acaban apareciendo en la puerta de la cantina insultando a los parroquianos, preferentemente al sheriff, y rompiendo la cristalería de las baldas de atrás. Es lo de clavar el aguijón a la tonta rana. No pueden evitarlo.

Trata Vox, decíamos ayer, de aparecer en nuestras urnas como de tapadillo, no nos miren mucho, y sobre todo no nos analicen de ninguna manera, no vaya a ser que descubran lo que todavía nos interesa ocultar, que aún tenemos que acabar de convencer de nuestra innata bonhomía al respetable, que nuestros íntimos amigos de la derecha ya están al cabo de la calle.

A Casado le tenemos tan de los pelos que hasta nos pide que no nos presentemos en algunas plazas, pobrecito, mientras Rivera no sabe por dónde tirar. Es igual: canten lo que canten, oculten lo que oculten, el 10 de febrero en Colón lo dijeron alto y claro: Queremos gobernar. El trío.

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