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Miércoles, 17 de Julio de 2019

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El capitán Kidd

¿Dónde iban a parar los suculentos sacos de doblones rapiñados por piratas de la talla de Francis Drake, Morgan, Kidd o Barbanegra? La mayor parte iba a las arcas de los reyes de Francia y de Inglaterra, el resto era alegremente gastado en ron y mujeres o enterrado en alguna isla desierta del Pacífico o del Atlántico (como la isla de la Tortuga) a la espera de un buen momento para recobrarlo. Pero casi nunca sucedía porque morían en refriegas o ejecutados. Todo lo cual alimentó la leyenda de que existen ciertos lugares recónditos en el mundo donde se encuentran esta clase de tesoros aún por descubrir

Cuando el capitán William Kidd fue ahorcado en Londres el 23 de mayo de 1701 dejó algo más que una herencia de muerte, dejó la ilusión por encontrar su tesoro perdido. Una serie de novelistas se inspiraron en sus hazañas, como James Fenimore Cooper, Edgar Allan Poe y Robert Louis Stevenson con La isla del tesoro. Esta novela contiene todos los ingredientes para un buen relato de piratas: un mapa ininteligible, una isla misteriosa, conspiraciones, mutilaciones, asesinatos y mucho oro enterrado.

En un intento desesperado de salvar su vida, Kidd escribió al portavoz de la Cámara de los Comunes del Parlamento inglés prometiéndole revelar la situación de una parte de sus riquezas, por valor de cien mil libras, a cambio de que no le ejecutaran. No aceptaron la “generosa oferta” de Kidd y el pirata tuvo que afrontar su suerte en el patíbulo. Algunos creyeron que esa carta no era más que un farol, pero otros pensaron que no exageraba y que su tesoro o tesoros estaban escondidos en varias partes del mundo. La leyenda del tesoro se propagó tras su muerte y fueron muchos los aventureros que se embarcaron con la idea de encontrar estos escondites.

Tan solo después de 200 años, en 1929, apareció la primera prueba de que no era un farol. Hubert Palmer, abogado jubilado inglés, compró un escritorio de roble del siglo XVII con la siguiente inscripción: “Capitán William Kidd. Galera Adventure, 1699”. Hacía referencia al nombre del pirata y el barco en el que hizo sus tropelías por diversos océanos, el Adventure. Palmer buscó compartimentos secretos y encontró uno que contenía un estrecho tubo de latón con un mapa de pergamino enrollado. En el mapa aparecía una isla rodeada por el Mar de la China, con las iniciales “WK” y la fecha 1699, con una caligrafía que coincidía con la de otros escritos de Kidd. Este hallazgo fue el punto de partida de una serie de expediciones a varias regiones de la costa oriental americana, del océano Indico y del mar de Japón en busca del fabuloso tesoro. Uno de esos lugares fue la isla de Gardiner, frente a las costas de Nueva York.

Todo esto ha generado una gran cantidad de peripecias rocambolescas, de traiciones, asesinatos y bancarrotas a la par que una serie de enclaves en los que se ha creído a pies juntillas que allí estaba enterrado el tesoro. Daba igual, lo importante era hacerse rico a costa de Kidd, Morgan, Drake o del que fuese y eso a pesar de las maldiciones y las numerosas muertes que planeaban –y planean- sobre esos tesoros ya teñidos de sangre desde su origen.

 

 

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