, 26 de de 2021

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Joke J. Hermsen: "La pérdida de la vida comunitaria ha propiciado la llegada de una epidemia de depresión"

Charlamos con la filósofa holandesa, autora de 'La melancolía en tiempos de incertidumbre' (Ediciones Siruela), que reflexiona acerca del abuso de los fármacos antidepresivos y de cómo ha influido el pensamiento neoliberal y la cultura del rendimiento sobre la felicidad de las sociedades

Joke J. Hermsen, filósofa holandesa que el pasado año 2019 publicaba su primer libro traducido al español, ‘La melancolía en tiempos de incertidumbre’, de Ediciones Siruela

Joke J. Hermsen, filósofa holandesa que el pasado año 2019 publicaba su primer libro traducido al español, ‘La melancolía en tiempos de incertidumbre’, de Ediciones Siruela / Cadena SER

Ahora es el coronavirus, pero desde hace años otra epidemia acecha a las sociedades occidentales: la depresión. Y es que de acuerdo con los datos de la Organización Mundial de la Salud, dentro de 10 años la depresión será una de las enfermedades más comunes. Los datos hablan por sí mismos. Se calcula que en la actualidad más de 400 millones de personas en el mundo padecen trastornos relacionados con la ansiedad y en los últimos 25 años se ha multiplicado por cuatro la producción y el consumo de antidepresivos.

La filósofa holandesa Joke J. Hermsen lleva toda una vida investigando en qué momento las sociedades occidentales decidieron transformar el sentimiento de melancolía que, según ella, siempre nos acompaña, en una verdadera epidemia de depresión. “Todo empezó hace 100 años con Sigmund Freud. Él fue el primero que utilizó la palabra depresión. En sus libros cada vez escribió menos sobre el concepto de melancolía y se centró más en el concepto de depresión”, afirma.

En su último libro La melancolía en tiempos de incertidumbre analiza de manera pormenorizada ese sentimiento que nos genera una mezcla de inquietud, miedo, nostalgia del pasado, inseguridad… pero que, en cualquier caso, tenemos por el hecho de ser conscientes del paso del tiempo y de que todo tiene un principio y un final, incluso nosotros mismos. Defiende que, a lo largo del siglo XX, el paradigma científico dominante ha reducido todo lo relacionado con el tratamiento de esta enfermedad a criterios neurobiológicos y que ha sustituido progresivamente el término “melancolía” por el de “depresión” sin distinción. ¿El resultado? En Holanda, el país de nacimiento de la Hermsen, se prescribieron antidepresivos a más de un millón de personas en el año 2014, el 7,5% de la población. Exactamente el mismo porcentaje de españoles que toman una dosis diaria de estos fármacos: “La depresión no es solo una cuestión médica. Todo el ámbito de la melancolía se ha convertido en una enfermedad. La sociedad occidental es una sociedad neoliberal que no recompensa los valores sociales, el pensamiento reflexivo o cosas que no tienen interés desde un punto de vista económico”.

Durante décadas, relata la filósofa en el ensayo, la industria farmacéutica ha invertido ingentes cantidades de dinero en influir para que se prescriban medicamentos antidepresivos con mayor facilidad y ahora, cuando comprobamos que los resultados distan mucho de los esperados “tenemos una población enganchada a las pastillas y a una industria que no quiere saber nada del tema”. Para Hermsen, muchas de las depresiones diagnosticadas no son más que sentimientos de melancolía pasados por el filtro de un sistema capitalista que durante años ha presionado a las instituciones que vertebran la sociedad: la sanidad y la educación. “En esta sociedad hipercapitalizada no hay espacio para el duelo ni para la tristeza. Si nuestro jefe no nos da los suficientes días para llorar la muerte de nuestra pareja, nuestro familiar o nuestro amigo, no podremos procesar el duelo. Y, si no lo procesamos, no aceptamos la pérdida que hemos sufrido y entonces es cuando terminaremos desarrollando una depresión”, reflexiona. Sostiene que es urgente dotar de un enfoque más humanista al tratamiento de la enfermedad.

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En un mundo en el que se premia más a la persona que actúa de manera rápida que a la que hace un análisis pausado y meditado, en un momento histórico en el que prevalece lo medible y lo cuantificable por encima de la imaginación, resulta complicado encontrar el silencio y pensar. “La sociedad capitalista exige mucho a la gente. De hecho, nos enseñan a ver al prójimo no como un amigo, un compañero o un vecino, sino como un rival, como un competidor, como alguien a quien tenemos que ganar”, razona.

Es precisamente en los valores que fomenta el actual sistema económico, como la competición o el individualismo, y en la soledad no buscada donde Hermsen sitúa el comienzo de los males en las sociedades occidentales: “La pérdida de la vida comunitaria es uno de los motivos que ha propiciado la llegada de una epidemia de depresión”. Reivindica la necesidad de pararse a pensar en medio de la vorágine frenética de un mundo en el que muchas personas necesitan tener dos o tres trabajos para llegar a fin de mes y en el que “la espera es una forma de protesta moderna y la búsqueda del silencio una necesidad”.

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La sensación continua de que nos falta tiempo, de que “el tiempo es oro” y de que vivimos bajo la dictadura del reloj no hace sino acrecentar el estrés y el miedo. Un miedo que, a su vez, genera grandes beneficios económicos y sirve de herramienta política para populismos que acrecientan la ansiedad y el cansancio social y que sacan provecho del desarraigo colectivo. “Hay mucha gente en los países occidentales que se sienten dejados de lado, que sienten que nadie los escucha. Si la gente piensa que las autoridades políticas no los ven y no los escuchan, puede facilitar la entrada de líderes totalitarios”, manifiesta.

Hannah Arendt, tras la derrota nazi en la II Guerra Mundial, afirmó que teníamos que seguir alerta para impedir que “las malas hierbas de la tiranía, el despotismo y la demagogia volvieran a echar raíces”, pero la realidad es que hay mucha gente que prefiere abrazar una mentira consistente a una verdad compleja. Para Hermsen, “tenemos que empezar a crear nuevas comunidades y averiguar qué es lo que nos une y nos conecta (…) la vida humana no gira entorno a conseguir más dinero porque eso no nos satisfará. Lo que queremos es que nos quieran, conectar con el prójimo y ser capaces de contar historias mediante la música o mediante la literatura… eso es lo verdaderamente importante y es lo que el capitalismo no nos ha enseñado”, concluye.

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