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Sábado, 25 de Enero de 2020

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Thomas Piketty, el último brote del "socialismo científico"

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Piketty ha conseguido que un libro de 1.000 páginas (en la edición francesa) titulado El Capital (con el añadido en letras menores de “en el siglo XXI”) se haya convertido en un best seller en general y en EEUU en particular. Que un libro de un intelectual francés, con el mismo título que el que escribió Carlos Marx haya tenido éxito en el país del capitalismo más puro, es uno de esos triples acontecimientos de probabilidad casi nula que terminan produciéndose contra todo pronóstico.

Para buscar una explicación a ese éxito solo hay que mirar alrededor y ver el éxito que las encuestas prometen a Podemos en España: el hartazgo de todo lo existente. Un hartazgo acentuado por la crisis y la decadencia del sistema; en fin, por la añoranza de tiempos económicamente mejores que, aunque volverán, nadie los atisba en un momento tan negro.

El libro de Piketty trata de dar una explicación al origen de ese hartazgo y lo encuentra en una ley que podría resumirse así: la tasa de rentabilidad que proporciona el capital invertido crece más deprisa que la tasa de crecimiento económico, con lo que los beneficios crecen más deprisa que el PIB y eso hace que los ricos sean cada vez más ricos y los pobres más pobres.  En suma, la tasa de acumulación del capital crecería más rápidamente que la del crecimiento económico. Y eso estaría aumentando la desigualdad como no ocurría desde antes de la II Guerra Mundial, haciendo recordar lo que sucedía en el siglo XIX.

El libro de Piketty pone sobre la mesa una discusión que estaba casi olvidada. Sus conclusiones son irrebatibles puesto que son indemostrables. Tanto ellas como las contrarias: el método utiliza series históricas (algunas se remontan a hace 200 años) que es difícil tomarse seriamente salvo que se sea un devoto de las conclusiones.

Desde otros ámbitos las críticas a Piketty han sido mucho más duras: se le acusa de confundir la tasa de rentabilidad del capital invertido con la tasa de crecimiento de los beneficios de las empresas. Y se le recuerda la contradicción en que incurre al creer que éstos últimos pueden crecer permanentemente a mayor ritmo del que lo hace la economía: eso llevaría a la conclusión de que algún día todo el PIB sería beneficio. Lo que es una reducción al absurdo de su argumento (en algo parecido se sustentaban hace 85 años las teorías sobre el derrumbe final del sistema).

También se le reprocha a Piketty que haga hipótesis que prácticamente le llevan al resultado deseado cuando pronostica que hasta finales de este siglo el ahorro crecerá mucho más rápido que la renta, con lo que para entonces se habrá llagado globalmente a una relación entre renta y capital parecida a la del siglo XIX. Es decir, a las fechas del capitalismo más descarnado. El sistema capitalista ha utilizado la apertura de nuevos mercados para seguir reproduciéndose “de forma ampliada” como hubiera dicho Marx. Pero esos mercados a su vez han generado más acumulación, lo que ha provocado aumento de la desigualdad en Occidente y aumento de la igualdad entre éste y muchos de los países del antes llamado del Tercer Mundo.

En mi caso, suscribo las implicaciones de política fiscal que tiene el libro de Piketty. A saber, que un impuesto global sobre el patrimonio, si es que eso fuera factible en un plazo razonable, podría ser una herramienta adecuada para intentar reducir la desigualdad. Yo añadiría que es una de las posibles herramientas de que dispondría un embrión de gobierno mundial. Pero su metodología me parece que no es lo bastante firme como para sustentar una conclusión tan potente como es la de que el patrimonio de los ricos crece de manera continuada más rápidamente que la economía.

Si nos fuéramos 100 años atrás, yo hubiese sido alemán y hubiera conocido a Rosa Luxemburgo, seguro que se hubiera disgustado con esta conclusión mía. Ante argumentos parecidos que cuestionaban algo de la metodología de Marx ella respondía que con tales razonamientos se le hundía “al socialismo el suelo granítico de la necesidad histórica objetiva”. El principal activo (o pasivo, según quien lo mire) de Piketty es haber intentado encontrar de nuevo ese suelo granítico, a la vez que ponía de actualidad la vieja discusión sobre si la tasa de acumulación del capital puede prolongarse indefinidamente.

Desde un punto de vista práctico (aunque sin despreciar en absoluto las especulaciones) el enfoque, sin embargo, es otro. Y lo ponía de relieve John Kay recientemente en un artículo en el Financial Times: “El hombre más rico de la Historia era más pobre que nosotros”. Ese hombre era Nathan Rothschild (en realidad era el segundo, pues el primero, según Forbes, queda demasiado lejano: Marco Licinio Craso, el rico amigo de Julio César) murió de septicemia en 1836, algo que ahora no le hubiera sucedido gracias a los antibióticos.

Desde 1836, a la vez que la prosperidad dibujaba una curva ascendente, se producía otro fenómeno simultáneo: el aumento de la desigualdad. Y recientemente, como fruto de la globalización, también tenía lugar un fenómeno contrario: el aumento de la igualdad entre países distintos, todo gracias a que si hace 35 años trabajaban para el mercado mundial 500 millones de personas, ahora lo hacen 2.000 millones. Es decir: 1) Todos a mejor y, a la vez, más desiguales dentro de los países y, 2) todos a mejor y, a la vez, más iguales al comparar países distintos. Aunque la crisis haya hecho que todo esto parezca haber desaparecido, y que solo aumenta la desigualdad, y de manera generalizada.

Las dos tendencias mencionadas a veces se aceleran y otras se moderan. De eso trata el libro de Piketty. De lectura deliciosa, a veces, y un poco en exceso técnica en otros momentos, ha salido en el momento adecuado. En la hora más oscura (de ahí su éxito) que es la hora que precede al amanecer. Si no se filosofa cuando crece la miseria, ¿Cuándo se podría hacer?

Juan Ignacio Crespo, estadístico del Estado y autor del libro Cómo acabar de una vez por todas con los mercados

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