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Neorrurales de vuelta a la ciudad

Muchos decidieron cumplir su sueño de vivir en el campo y poner su granito de arena para repoblar parte de la España vacía pero cuando llegaron allí se dieron de bruces con la realidad: no es fácil emprender en un pueblo

Blanca pastoreando cabras en Robregordo, el pueblo con menos habitantes de la Comunidad de Madrid /

El 60% de los municipios españoles tiene menos de 1.000 habitantes. Uno de esos pueblos es Arroyomolinos de León, en Huelva. En los años 30 tenía casi 3.000 habitantes, en la década de los 60, unas 600 personas se fueron de esa localidad y desde entonces el goteo ha sido incesable: ahora viven concretamente 965 vecinos. De allí es la familia de Juan Diego. Es técnico forestal y, muy a su pesar, acabó trabajando en Madrid. Cuando se quedó en el paro en 2012 decidió que era el momento de cumplir su sueño e irse al pueblo: “Ayudaba a mi tío con las cabras y monté un colmenar con abejas. Me di un plazo de tres años para intentar que saliera la cosa para adelante”. Durante ese tiempo, su pareja, que seguía trabajando en Madrid, iba a menudo a verle. Tenían claro que si Juan Diego lograba una fuente de ingresos estable, ella también se iría allí porque además tiene la suerte de poder trabajar desde casa. Estaban en la treintena y las ganas de formar una familia empezaban a pesar.

Juan Diego, en el pueblo con dos cabritos / CADENA SER

Pero los tres años pasaron, a Juan Diego se le acabó el paro y seguía sin tener grandes ingresos. Pagaba una cantidad irrisoria por el alquiler de la casa en el pueblo, pero la leche de las 30 cabras de su tío que vendían a una cooperativa y las 25 colmenas no daban beneficios: “Tenía que haber invertido mucho dinero que no tenía y me daba miedo tirarme a la piscina porque no sabía si iba a estar llena o vacía”, reconoce. No le compensaba darse de alta como autónomos y no se planteaba el Plan de Empleo Rural, el famoso PER andaluz: “El PER tiene sentido si tú trabajas en todas las peonadas pero, si no, sacas dinero al Estado por un tiempo en el que no estás trabajando. El PER es el cáncer de Andalucía, aunque cuando lo he dicho en el pueblo me han intentado correr a gorrazos”.

Finalmente le salió un trabajo cómodo en Madrid de lunes a viernes de 7:00 a 15:00 y terminó haciendo la mudanza hace cuatro años. Vive a 65 kilómetros de su trabajo e intenta no pisar la ciudad: “Me mudé con todo el dolor de mi corazón porque yo vivo mejor en el pueblo. En cuanto pueda, yo me vuelvo”, asegura. Espera hacerlo antes de la jubilación.

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El vegetariano que se volvió carnívoro

Javier estudió Ambientales en Madrid y, un día, hablando con unos amigos de la facultad, decidieron irse de la ciudad. Les hablaron de Piñuécar, un pueblo al norte de Madrid donde ya habían ido otros jóvenes para encargase del “bar social” que alquilaba el ayuntamiento, y se fueron para allá. “Mis amigos querían tener cabras y, junto a otros chavales que estaban en el pueblo de al lado, nos compramos un rebaño de 20. Construimos un chamizo en una tierra que nos cedió un vecino y nos íbamos turnando cada día para pastorearlas”. Vendían cabritos y hacían queso pero reconoce que con 20 cabras “no daba para mucho” por eso él dejó las cabras pronto y se puso a hacer pan, que era lo que le apetecía: “Lo hacíamos en una habitación de la casa y lo vendíamos a grupos de consumo de Madrid. Te daba para vivir, para pagar el alquiler y algunos gastos pero nunca te daba para ahorrar. Al final en verano tenía que hacer algún trabajo de temporada”, recuerda.

Hacer pan no daba mucho dinero pero sí tiempo libre: “Lo hacíamos un día y bajábamos al día siguiente a Madrid, es decir, dos días de trabajo a la semana y el resto lo teníamos libre para hacer lo que quisiéramos. Lo malo es que aunque tuvieras cinco días libres no tenías dinero para hacerte un viaje, por ejemplo, que era lo que a mí me gustaba”, cuenta Javier.

En Piñuécar viven unas 50 personas. La llegada de diez jóvenes forasteros en muy poco tiempo se acogió con recelo: “La gente del pueblo al principio regular porque éramos los hippies que veníamos a quitarles las casas y las tierras pero cuando pasó el primer año y vieron que madrugábamos y currábamos en la huerta y ayudábamos en las tareas del pueblo, mucho mejor. El tema del riego va por turnos y el primer año nos daban los peores, en cambio luego nos cedían sus turnos de agua. Poco a poco nos ganamos su confianza”.

Javier, a la izquierda, a punto de plantar unas cebollas con un amigo / CADENA SER

En el huerto tenían cebollas, patatas, calabacín, tomate y coles, exclusivamente, para autoconsumo. Cuando llegaba la temporada de uno de los productos, lo comían todos los días así que de vez en cuando intercambiaban verduras con otros amigos con huerta de otros pueblos para que hubiese más variedad en su dieta. Además, Javier se fue a Piñuecar siendo vegetariano y dejó de serlo en el pueblo: “Lo era por un tema más ecologista que animalista. Allí la carne que comía era la de las vacas del vecino o la matanza de los de enfrente. Además, también era un tema económico: no tenía dinero y si iba a las fiestas de los pueblos se invitaba a una caldereta, comía. Era carne buena, no de explotación ganadera en condiciones horribles”. Ahora, si le ponen una tapa de carne en un bar se la come pero no compra nunca.

Los amigos con los que se fue a vivir a Piñuécar se fueron yendo a otros pueblos y llegó un momento en el que Javier se fue "quedando sin energías" y notó que necesitaba irse de allí. Ahora vive en pleno centro de Madrid y lleva muy mal el ruido. No descarta volver a vivir en un pueblo en el futuro pero buscaría uno más grande: “Me quemó ver siempre a las mismas personas todos los días y la poca oferta cultural. No había muchas cosas que hacer aparte de quedar y tomarse algo. El primer año fuimos a todas las fiestas de todos los pueblos, pero al final ya nos cansamos”.

"En algunas zonas se quejan de que solo se montan bares y peluquerías"

Alma Natura trabaja en el empoderando de la población rural desde 1997. Durante cuatro meses estuvieron investigando sobre qué tipo de personas son las que deciden irse a vivir al pueblo y llegaron a la conclusión de que existen cuatro tipo de neorrurales: “La persona que está muy en contacto con la tierra, con un perfil muy ecológico; los jubilados, prejubilados o que ha sufrido algún tipo de ERE y tienen 50 años y no saben qué hacer; gente joven con un hijo/a muy pequeño que no quieren que viva en la ciudad o que se han separado y que quieren un cambio de vida y, por último, migrantes de América Latina que han visto una oportunidad en los pueblos”, detalla Juan José Manzano, responsable de comunicación y desarrollo de Alma Natura.

Juan Diego y Javier encajarían en el primer perfil de neorrural: los dos querían ir al pueblo y emprendieron en el sector primario pero sin tener un modelo claro de negocio. Desde Alma Natura insisten en que es necesario ser previsor antes de tomar una decisión como la de ir a vivir a una zona rural y pensar hasta en el más mínimo detalle: “Por ejemplo, algo tan básico como tener carnet de conducir. Si no tienes coche, tienes un problema en el pueblo si tienes que desplazarte de vez en cuando para obtener algún tipo de servicio”.

Los esfuerzos se centran en que el neorrural lleve ideas y talento al pueblo y hay multitud de trabajos que se pueden desarrollar sólo con una conexión a internet y, ahora mismo, está garantizada al 100% en todo el territorio español gracias a HISPASAT, que lleva red gracias al satélite de forma automática. Ya que técnicamente no hay problemas, muchas veces el freno se produce al comenzar la burocracia para emprender: “En algunas zonas se quejan de que solo se montan bares y peluquerías y que las ideas que llegan no dan respuesta a una necesidad real del territorio. Hace falta una mayor formación de los responsables técnicos porque no ofrecen una visión del mínimo viable. Si una persona va una ventanilla de la administración y dice que quiere montar una casa rural y le echan las cuentas y le dicen que hacen falta 200.000 euros, lo más probable es que esa persona nunca monte una casa rural. Pero se puede buscar una solución intermedia, más viable, un alojamiento más pequeño. Muchas veces los emprendedores se frustran y no acaban emprendiendo”, lamenta Juan José.

Por último, hay que tener en cuenta que, los habitantes de esa localidad suelen acoger con recelo al de fuera. Blanca estuvo dos años viviendo en el pueblo más despoblado de la Comunidad de Madrid, Robregordo: "Éramos 25 personas viviendo todo el año y la media de edad es bastante alta, de unos 60 años. En general, bastante mal con ellos. La gente del pueblo te decía abiertamente que no quieren que vaya gente que no sea de allí". Desde Alma Natura piensan que hay que tener en cuenta que “todas estas personas llegan al pueblo con una necesidad tremenda y el pueblo ya tiene de por sí infinidad de problemas”. Después de tantos años trabajando en el entorno rural, consideran que es imprescindible que haya “paz en el pueblo para que siga adelante”. Ese es el punto de partida para que, quien vaya al pueblo, decida quedarse allí para siempre.

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