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Ignacio Echapresto: el chef con estrella Michelin que aprendió a cocinar mientras superaba un cáncer

Tras considerarla un tabú durante más de 20 años, por fin se atreve a hablar de su enfermedad

Ignacio Echapresto.

Ignacio Echapresto. / VENTA MONCALVILLO

"Comer sano para vivir mejor" es el mantra que predica el cocinero Ignacio Echapresto, del restaurante Venta Moncalvillo, distinguido con una estrella Michelin, a partir de propuestas gastronómicas en las que no falta el producto de temporada para lograr una dieta saludable que permita prevenir enfermedades como el cáncer, una dura experiencia que él vivió con apenas 18 años.

Tras superar un linfoma, se refugió en la cocina del restaurante familiar para pasar la convalecencia, pero esas horas compartidas con su madre entre fogones despertaron una vocación inesperada que le ha encumbrado en el mundo de la gastronomía y ha puesto en el mapa el pequeño pueblo de Daroca de Rioja (La Rioja), donde se ubica la Venta Moncalvillo.

Aparte de las secuelas físicas del cáncer y los efectos del tratamiento en el cuerpo, él reconoce que experimentó también cambios psicológicos, ya que en plena juventud su escala de valores cambió y comenzó a dar importancia a lo que realmente merece la pena: "Las personas, la amistad y los pequeños momentos vividos con intensidad".

Tras considerar su cáncer durante muchos años como un tema "tabú", más de dos décadas después por fin se atreve a hablar en público de su enfermedad, porque cree que su experiencia puede "hacer de espejo" para ayudar a otras personas que ahora pasan por esa situación.

Cuando su familia puso en marcha el restaurante, Ignacio estaba llamado a ser el jefe de sala, mientras su hermano Carlos era quien se afanaría en la cocina. El perIodo de recuperación del cáncer de Ignacio obligó a Carlos a salir a sala, lo que orientó su profesión hacia el mundo del vino y, providencialmente, este sumiller comenzó a brillar en su nuevo oficio, gracias al cual logró en 2016 el Premio Nacional de Gastronomía.

Ignacio (i) y Carlos (d) Echapresto. / VENTA MONCALVILLO

"Un paciente con cáncer no tiene mucho apetito", ha recordado, por lo que él aboga por dejar al enfermo decidir en qué momentos del día hace las cinco comidas necesarias para recuperarse, siempre bajo la supervisión de sus médicos.

Ha recalcado que no se debe hacer caso de todos los "bulos" que se difunden sobre cómo frenar el cáncer con determinados alimentos "mágicos", porque la única solución la tiene la medicina.

"Hablar de cocina y cáncer es muy complejo", ha reconocido, porque cada tipo de cáncer requiere una alimentación diferente, de modo que él recomienda recurrir a entidades especializadas, como la Fundación Alícia de Sant Fruitós de Bages (Barcelona), que cuenta con publicaciones muy especializadas en esta enfermedad.

Como vecino de un municipio de apenas sesenta habitantes, él siempre ha defendido que "en los pueblos se come muy bien, porque sus huertas ofrecen producto de cercanía, de temporada, con un mínimo tratamiento y muy sanos".

Aunque actualmente la gente pretende comer mejor, "cada vez se cocina menos en las casas y se recurre más a los alimentos procesados y precocinados", lo que es "un error" para este cocinero, quien aboga por hacer la compra en los mercados tradicionales.

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