Martes, 04 de Agosto de 2020

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Coronavirus Covid-19

Las 14 llamadas que evitan un contagio: así trabajan los rastreadores del coronavirus en Madrid

Los profesionales que se dedican a la detección precoz se pasan el día pegados al teléfono

Además de evitar nuevos casos, calman ansiedades y aconsejan sobre la cuarentena

C. G. CANO / BEA POLO

A los rastreadores no les gusta que se les llame así. Muchos son médicos especialistas en medicina preventiva y su trabajo, lejos de una supuesta audacia al estilo Sherlock Homes, consiste en realizar muchas llamadas y preguntar de forma sistemática para recoger pequeñas dosis de información: fiebre, tos, sensación de ahogo, pérdida de olfato, contactos sociales... Solo así, tras cientos de horas pegados al teléfono, acaban obteniendo algo parecido a una pieza de puzzle. Una pieza suelta que, eso sí, multiplica su valor al ensamblarse con el resto.

El equipo de 11 rastreadores que coordina Andrés Aragón trabaja en un centro situado en Valdezarzas, un barrio del noroeste de la capital. Pero el dónde da un poco lo mismo porque otros muchos teletrabajan desde casa. La mayoría son médicos jóvenes que, en algunos casos, han vivido las consecuencias del COVID-19 en primera línea y que, ahora, llamada a llamada, intentan prevenir nuevos contagios para evitar un nuevo colapso hospitalario.

Salvo en contadas ocasiones, el trabajo de los epidemiólogos es invisible. Muchos trabajaban en la Dirección General de Salud Pública y, más que con pacientes, tratan con otros médicos. Pero otros muchos rastreadores son enfermeros o médicos de atención primaria que han tenido que formarse a marchas forzadas y cuentan con una experiencia muy escasa que, probablemente, no se corresponde con la responsabilidad que han asumido porque, al fin y al cabo, de sus aciertos y errores va a depender que millones de españoles puedan disfrutar de sus vacaciones en la playa o que la economía se recupere.

Preguntar sin inducir

La primera llamada siempre es la más exhaustiva y, de media, puede durar 30 minutos. Al otro lado del teléfono, además, puede encontrarse gente muy diversa: octogenarios sin apenas estudios, niños pequeños (por lo que responde un adulto), trabajadores en activo, otros sanitarios... "Hay que preguntar por los síntomas sin que la pregunta induzca ninguna respuesta", detalla Aragón. "Eso es importante".

Andrés Aragón. / C. G. CANO

Pero los rastreadores no solo hacen preguntas. También calman ansiedades y bucean en los contactos laborales, sociales o familiares, dedicando buena parte de su tiempo a explicar minuciosamente los detalles de la cuarentena que debe seguir todo aquel que haya dado positivo en un test de COVID-19.

De cada llamada, además, obtienen nuevos nombres y números de teléfono: compañeros de piso, familiares, amigos, gente del trabajo... Esa información les permite tiar del hilo y, poco a poco, delimitar el alcance de un posible rebrote. A cada persona, de hecho, se le llama durante 14 días consecutivos para preguntarle cómo está y que, si fuese necesario, se le haga de inmediato un test PCR.

"Pero también sabemos que no siempre podemos extraer toda la información", reconoce el epidemiólogo. "Tenemos que conocer nuestras limitaciones. A veces te hablan de alguien con quien han coincidido en un bar, pero solo saben que se llama Pepe. Ni apellido, ni teléfono, ni nada. ¿Qué puedes hacer entonces? ¡Nada!".

Abrazos, no

María Ordobás, jefa de Epidemiología de la Comunidad de Madrid. / C. G. C.

El trabajo con los pacientes asintomáticos siempre resulta más complejo y, en cierto modo, algo aleatorio, pero Aragón pone en valor lo que sí están consiguiendo. También lo hace su jefa, María Ordobás, que dirige el Departamento de Epidemiología de la Comunidad de Madrid y tilda de "fundamental" el trabajo de quienes se dedican a la "detección precoz de casos y seguimiento de contactos".

"La situación epidemiológica no ha empeorado y eso ya es algo", dice Ordobás. "Llevamos días con libertad de movimientos, pero estamos estables con tendencia a la mejora. Eso ya es mucho porque el virus sigue estando ahí. Hay que hacer un buen uso de la libertad. Por eso hay que evitar los abrazos con quienes no convivimos, respetar la distancia física y usar las mascarillas".

Miedo, cansancio y orgullo

Aragón explica que la mayoría de la gente a la que ha llamado últimamente no está muy asustada. Él, en cambio, sí lo está: "Me da un poco de miedo, la verdad. Hay gente cuidadosa que procura guardar la distancia y lleva mascarilla, pero también hay gente que ya se siente segura y se salta los protocolos. Eso es peligroso porque, si un grupo de 20 personas hay una que sea contagiosa, se puede difundir".

"Además hay cierta discordancia entre lo que vemos en los medios y la percepción que nosotros tenemos. Para buena parte de la sociedad, esto ya ha pasado. ¡Pero no ha pasado! ¡En abosluto! En el resto del mundo se están detectando una cantidad inmensa de casos y, aunque ahora en España estemos un poco mejor, los virus no saben de fronteras y no sabemos qué va a pasar en septiembre".

Rastreadores en acción. / C. G. CANO

Tras cada pregunta, Andrés Aragón se toma su tiempo. Da la sensación de que, antes de responder, querría poner en marcha un pequeño estudio epidemiológico en el que basar su respuesta. Pero nada le deja tan fuera de juego como el interés por su estado de ánimo y el de su equipo. "Estamos agotados. Las cosas como son", acaba diciendo. "No es que hayamos podido pensar mucho en ello, pero hemos estado peor. Hemos llegado a estar muy mal. A mediados del mes de marzo estábamos tan mal que creo que no nos dimos ni cuenta de lo mal que estábamos".

Pero el jefe de los rastreadores habla con orgullo del trabajo realizado. "Los políticos no sé si se acordarán, pero la gente sí. Quedará el recuerdo de que muchos sanitarios han trabajado en una situación difícil y de mucho riesgo. Esto va a quedar en el subconsciente colectivo. No se olvidará".

"Yo ya soy mayor", dice Ordobás. "He vivido la gripe pandémica y he trabajado mucho en enfermedades transmisibles como la tuberculosis justo cuando empezamos con el VIH. Pero lo que he vivido este invierno lo había vivido nunca. Ha sido una experiencia muy relavante, con un estrés profesional muy alto".

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