Miércoles, 04 de Agosto de 2021

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A Copa Llena

Alma de almacenista

Unos 130 almacenistas contribuyeron al esplendor del jerez de la primera mitad del siglo XX. En los 80 había unos 70 y ya existían desde el siglo XIX. Hoy es una figura enológica en peligro de extinción

Interior de Lustau, bodega almacenista en sus orígenes que pasó a ser marquista

Interior de Lustau, bodega almacenista en sus orígenes que pasó a ser marquista / A Copa Llena

El lenguaje de los “jereces” –como el de casi todos los vinos de España- es bastante confuso. Conocida es la riqueza expresiva de nuestra lengua española que dispone de unos 100.000 vocablos, pero a la hora de aplicarlos al universo enológico, resulta bastante cicatera. Lo suficiente como para confundir al consumidor no demasiado avezado.

En el universo del vino y por regla general, siempre se han utilizado vocablos excesivamente generalistas que pueden ser aplicados a muchas otras tipologías de vinos. Por ejemplo, antes que existieran los organismos reguladores en materias enológicas, los vinos finos podían ser tintos de Rioja o de Valladolid, de Burdeos o de cualquier sitio. Eran vinos que se consideraban más elegantes y sutiles… que de esta manera intentaban destacar su finura. Por otro lado, oloroso es un término muy generalista, cualquier vino puede ser oloroso…. Y si nos vamos a vinos tranquilos de Rioja y Ribera del Duero especialmente, la palabra reserva tiene gran cantidad de lecturas, de todo tipo y condición. Está llena de acepciones. Podría ser una reserva de mi padre, reserva especial del día que se casó mi prima, reserva de la familia… Con el término crianza, más de lo mismo. Se puede usar para definir una tipología concreta y reglamentada de vino tranquilo, ya sea blanco, rosado, tinto - como todos ustedes saben- o se puede utilizar para denominar un vino con crianza bajo lías, o crianza en hormigón o en tinaja de barro, que no tiene porqué ser un crianza oficial.

Extiendo esta pequeña ceremonia de la confusión a una palabra muy, muy relacionada con el vino de Jerez. Se trata de almacenista, que según la RAE es el dueño de un almacén o la persona que despacha el género que se almacena en él.

Amontillado del Castillo, de la gama de Almacenistas de Lustau / A Copa Llena

Porque hablando de almacenes, mi infancia son recuerdos de un almacén de ultramarinos que existía en Jerez, en la calle Guadalete casi esquina con la plaza del Mamelón. No tenía nombre. Era el almacén y por tanto, el almacenista era Alejandro, que así se llamaba el propietario, siempre enfundado en una impecable bata de color marrón clarito.. Vendía legumbres secas, aceite de oliva a granel sin nombre –en aquellos años no existían aún marcas propias- en un surtidor Mobba transparente que despertaba todo mi interés, junto con la guillotina para cortar el bacalao… ; café (o más bien malta de España La Braña), botellas de gaseosa, sardinas en arenque en un barril de madera …. Es posible que vendiera algún vino, pero yo todavía no me había aficionado; era demasiado “chica”. Lo que está claro es que Alejandro, el almacenista de mi infancia, nada tenía que ver con la elaboración y crianza de jereces, nada que ver con esa figura de importancia fundamental en la historia del jerez, la del Almacenista con mayúscula. Unos 130 Almacenistas contribuyeron al esplendor del jerez de la primera mitad del siglo XX. En los años 80 había unos 70 por lo menos y ya existían desde el siglo XIX. Hoy el Almacenista es una figura enológica en peligro de extinción. Quedan muy pocos, creo que no me equivoco si digo que se pueden contar con los dedos –eso sí- de las dos manos…

Los Almacenistas vendían muy buenos vinos sin rostro; es decir, que ellos cardaban la lana y otros llevaban la fama, pero estaba así estipulado y tanto el Almacenista como el cliente (la firma bodeguera) se beneficiaban y esta metodología funcionaba mientras el mercado era favorable. Los Almacenistas vendían vinos a las bodegas más importantes de Jerez y éstas podían hacer con ellos lo que quisieran. Bien utilizarlos para enriquecer sus soleras, bien embotellarlos tal cual con una marca propia. El Almacenista nunca podía embotellar ni tener marca porque entre otras razones, debía disponer de una gran cantidad de botas de vino envejeciendo para conseguir embotellar y vender sus vinos con nombre y etiqueta.

La crisis de ventas del Jerez fue minando la figura del Almacenista. Las bodegas clientes no necesitaban comprar vino fuera porque les bastaba y sobraba con los suyos. La ley cambió y a los Almacenistas que iban sobreviviendo se les permitió tener su propia marca, vender, exportar… Varios fueron los que se convirtieron en bodegueros con nombre y apellidos, con marca, etiqueta, diseño y estilo más o menos propio, y se lanzaron a conquistar su cuota de mercado.

Fino del Puerto de Almacenista José Luis González Obregón / A Copa Llena

Muy pocos años antes -los años 80- la bodega jerezana Lustau -que había empezado como Almacenista desde su fundación en 1896- y que posteriormente –más o menos por los años 50- pasó a ser marquista, exportadora y a llamarse Lustau, decidió crear una nueva gama a la que bautizó como Lustau Almacenista” como sincero homenaje a esos anónimos criadores de vinos que tan bien conocían, ya que ellos mismos habían nacido como almacenistas y durante más de 50 años lo fueron. Y lo hicieron enfatizando enormemente el papel de éstos y colocándolos en la pole position de los vinos de prestigio, pues esta gama sirvió de vehículo para situar a Lustau como abanderada de los vinos de Jerez de muy alta calidad.

Seleccionaron y embotellaron en elegante diseño especial creado para esta nueva gama, vinos de una serie de escogidos almacenistas de aquellos años 80. Algunos de ellos ya no existen y otros han pasado a ser marquistas. Sus nombres son Fernando Carrasco, desaparecida. Actualmente sus cascos bodegueros lo ocupan bodegas Tradición; Viuda de Antonio Borrego, era la recientemente fallecida Pilar Plá, propietaria junto a su hija, Carmen Borrego, de la actual bodega Maestro Sierra; Alberto Lorente Piaget, Maria Rosario Farfante y Viuda de Coveñas, tres almacenistas hoy desaparecidos; Pilar Aranda, actualmente es la bodega Alvaro Domecq S.L; Angel Zamorano, que pasó a ser bodegas Juan Piñero y actualmente es la bodega San Francisco Javier, de Peter Sisseck y Carlos del Río; Miguel Fontádez Florido, farmaceútico que continúa criando y cuidado su diminuta y peculiar bodega; María Loreto Colosía, que actualmente son las bodegas Gutiérrez Colosia, del Puerto de Santa María, con sus propias marcas; dejó de ser almacenista; Vides, bodega que actualmente no parece tener actividad…. Y los almacenistas que continúan hoy surtiendo esta espléndida gama son los siguientes:

Manuel Cuevas Jurado, de Sanlúcar de Barrameda. desde hace poco tiempo, el Grupo Caballero, propietario de Lustau ha adquirido parte de la misma para preservar su existencia. Tienen viñedos propios en el prestigioso pago sanluqueño de Callejuelas. De ellos son la Manzanilla Pasada 1/80 y Amontillado de Sanlúcar 1/21.

Manzanilla pasada de Almacenista Cuevas Jurado / A Copa Llena

González Obregón, del Puerto de Santa María. El actual sobrino del fundador de esta pequeña bodega, Manuel González Verano, continúa siempre proveedor. Fino del Puerto 1/143, Amontillado del Puerto 1/10 y Oloroso del Puerto 1/110.

Juan García-Jarana, de Jerez. Bodega de un importante empresario del motor que mantiene esta recoleta bodega llamada El Aljibe casi como "hobby". De ella procede el oloroso Pata de Gallina 1/38.

Cayetano del Pino, de Jerez. Bodega histórica y de gran importancia –tenía más de 150 empleados-. Fundada en el XIX con sus propias marcas y gran prestigio, en los años 70 del siglo XX se convirtió en almacenista. Un caso casi único. Ahora dispone de doble militancia. Es decir, provee a Lustau el Palo Cortado 1/22 para su gama de almacenista y también ha vuelto a exportar y vender sus propias marcas.

Oloroso Pata de Gallina de Almacenista García Jarana / A Copa Llena

Antonio Caballero y Sobrinos, del Puerto de Santa María. Un pariente de la familia Caballero, enamorado de los vinos de Jerez que a finales del siglo XIX creó unas pequeñas soleras para su consumo privado. Actualmente estas botas se encuentran en el espléndido Castillo de San Marcos, rodeadas de halo y misterio. De ellas proviene el Amontillado del Castillo 1/38.

En las etiquetas de los Almacenistas de Lustau –no en la contraetiqueta- siempre figura el nombre de la bodega de la que procede. Y en letras grandes, ocupando un sitio preferencial, a título de marca. Los vinos elegidas para formar parte de esta selección de lujo permanecen en su bodega de origen, la bodega almacenista, hasta el momento de ser trasladados a la planta de embotellado de Lustau, donde directa e inmediatamente se embotellan y salen al mercado. No hay stocks, se van embotellando según necesidades y son “en rama” puesto que van directamente de las botas a la botella. No se tocan; tal cual. Mantienen su propia personalidad y esta es otra de las muchas virtudes que tiene esta magnífica gama, puesto que aparte de proporcionarnos un enorme deleite organoléptico, aporta historia y sensibilidad hacia estas figuras anónimas que tan fundamentales fueron para el vino de Jerez. Un verdadero acto de amor a los almacenistas que se sienten verdaderamente orgullosos de la elección de sus vinos para conformar esta prestigiosa gama.

Ojalá nos hubieran tratado tan bien a nosotros cuando éramos almacenistas”, me confiesa un alto responsable de la bodega…

Otra imagen del interior de las bodegas Lustau / A Copa Llena

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